Detrás de la guerra, del acuerdo y de la duda sobre si el estrecho de Ormuz sigue abierto, en los apartamentos de Irán pasa otra cosa: una mujer en Rasht le cuenta los bocados de comida a su gato. Otra, en Teherán, se despierta a las tres de la madrugada con el latido de su propio corazón. Un hombre en Karaj termina su jornada en una agencia de publicidad y sale de nuevo a la calle, esta vez al volante, para trabajar en una aplicación de transporte. La guerra, en la vida cotidiana de los iraníes, no hizo más que empezar.
La economía del país entró en crisis en cuanto Estados Unidos impuso un bloqueo naval sobre Irán, cortando buena parte de las exportaciones de petróleo y las importaciones de las que depende la vida diaria, desde medicinas hasta pienso para el ganado. El régimen saca a sus partidarios a la calle a cantar victoria, pero la vida de la gente cuenta otra historia. Todo empezó con un alto el fuego temporal que, de hecho, beneficiaba a Teherán: la guerra terminaba, el estrecho de Ormuz se reabría, caían las sanciones petroleras. El sector más radical del régimen no lo aceptó. Las amenazas y las violaciones del alto el fuego llevaron a Washington a atacar de nuevo, y el bloqueo volvió. Irán no está ni en guerra ni en paz, y esa situación puede virar en cualquier dirección; lo que ocurre dentro de las casas, sin embargo, no se va a arreglar pronto con ninguno de los dos escenarios.






