El debate chileno sobre inteligencia artificial parece temer una sola cosa: que la máquina piense por nosotros, que nos vuelva perezosos. Es un temor atendible, pero mira en la dirección equivocada. La IA no es sólo un sofá donde el pensamiento se duerme; es también un examinador implacable de quien la utiliza.Formule una instrucción confusa, una idea a medio cocinar, y vea qué ocurre: el modelo no le dirá que no entendió, ni le pedirá aclaraciones. Responderá con fluidez impecable y tono de serena certeza, devolviéndole su propia confusión vestida de seda. No castiga a quien ignora lo que quiere negándose a contestar: lo castiga contestando siempre. Ahí reside la trampa. La IA no reemplaza necesariamente nuestro pensamiento: lo amplifica. En manos rigurosas puede ser una herramienta extraordinaria; en manos descuidadas o perezosas produce errores más seductores, caros y difíciles de detectar.Por eso conviene mirar con cautela el orgullo nacional del momento. Chile capacita a decenas de miles de personas y a miles de funcionarios en el uso de la IA, con metas al 2027. La escala es un logro. Pero extender certificados no es lo mismo que formar criterio, y la diferencia no es menor.Lo que hoy se enseña es operatoria: redactar prompts, moverse en una interfaz, obtener resultados en menos intentos. Todo eso sirve. Pero deja intacta la pregunta previa: ¿con qué clase de entidad estoy hablando? Un modelo de lenguaje no es un interlocutor. Cuando dice «yo considero» o «mi análisis», esa primera persona es una ilusión gramatical: no hay mente, ni criterio, ni intención autónoma, sino un mecanismo probabilístico que predice texto, y orientado por reglas que sus entrenadores fijaron. Atribuirle agencia es el error del que nacen todos los demás.Si la máquina carece de agencia, el agente es usted, con sus fines, su comprensión y su responsabilidad: no hay a quién transferirlos. Galileo lo entendió con el telescopio: hubo que educar la mirada para distinguir el dato valioso del ruido óptico que el propio aparato introducía. La ampliación traslada la exigencia al ojo, no la disuelve. En manos sin criterio, el mejor instrumento sólo produce errores más caros y difíciles de detectar.La alfabetización que necesitamos no enseña primero a conversar con la máquina, sino a interrogarla y a interrogarse. Saber qué se busca y, sobre todo, saber qué se ignora: eso decide si el oráculo digital ilumina o sólo embellece nuestra confusión. Sócrates no fue a Delfos por más respuestas del oráculo, sino a examinar la que ya tenía, midiendo su ignorancia y atreviéndose a juzgar. Esa clase de disciplina no caducará cuando cambie la herramienta, porque no vive en el artefacto, sino en quien lo gobierna.Mientras tanto seguiremos contando «certificados en IA», y el oráculo, dócil y puntual, seguirá devolviendo a cada cual una versión enchulada de su propia confusión.Por José Antonio Errázuriz, investigador del área de Filosofía de la USS.NEWSLETTEROpiniónSábado, AMIdeas en tensión, miradas contrapuestas y un análisis claro: elementos para develar los temas que dividen opiniones y marcarán la agenda.Al suscribirte estás aceptando los Términos y Condiciones y las Políticas de Privacidad de La Tercera.