Por Pola Grijalva Hay que decirlo sin rodeos: la revisión del T-MEC no se trata solamente de comercio. Trata del lugar que México ocupará en el nuevo orden geoeconómico mundial. Washington está utilizando la negociación del tratado para algo mucho más ambicioso que redefinir reglas de origen o resolver desequilibrios comerciales. Quiere asegurarse de que México no se convierta en la plataforma preferente para entrar al mercado estadounidense, a través de las ventajas arancelarias del T-MEC. La acusación del reporte oficial de fraude por “transshipment”(triangulación) publicado este mes por el Gobierno de EU, plantea en sus conclusiones una amenaza política: Estados Unidos exige saber qué contiene realmente cada producto que cruza la frontera mexicana y, sobre todo, quién está detrás de cada cadena de suministro. El siguiente paso, de cumplirse, tendrá implicaciones que pueden parar el tráfico transfronterizo, pues se trata de utilizar la inteligencia artificial aplicada al control documental y a la trazabilidad comercial. Facturas, certificados de origen, proveedores, componentes, rutas logísticas, precios, volúmenes y operaciones históricas serán los datos que podrán analizarse mediante sistemas algorítmicos capaces de identificar patrones que, bajo criterios unilaterales, podrán ser considerados fraudulentos. En otras palabras, la frontera del futuro será una frontera de datos. Aclaremos que una cosa es combatir el fraude aduanero y otra muy distinta permitir que la política comercial estadounidense determine con quién puede comerciar México. Por ejemplo, Japón, Corea del Sur y China son proveedores fundamentales para la industria mexicana. Componentes críticos de estos orígenes están presentes en prácticamente todas las cadenas exportadoras: automóviles, electrónicos, maquinaria, equipos eléctricos, baterías y numerosas industrias intermedias. Pretender desacoplar estas cadenas de proveeduría de un día para otro, es inviable y, además, podría sacar de competencia a lo Hecho en México. Aunque estamos de acuerdo en el criterio de que, si una mercancía no cumple con las reglas de origen no debe recibir indebidamente los beneficios del T-MEC, la diferencia fundamental está en quién establece las reglas y quién controla los datos. México no debe aceptar que la lucha contra la triangulación termine convirtiéndose en una herramienta para imponer el rompimiento de sus relaciones comerciales con los países asiáticos y en particular con China, que es con quien conserva una proveeduría de partes, componentes, insumos y equipos que hoy sostienen la competitividad de la industria exportadora. Es decir que México necesita algo mucho más sofisticado: una política de Estado de diversificación comercial y autonomía estratégica. Y aquí quiero llamar la atención sobre una diferencia importante con Canadá. Mientras Ottawa parece dispuesto a utilizar una posición más confrontativa frente a Washington, México ha elegido negociar bilateralmente y evitar una ruptura. La estrategia mexicana puede ser pragmática y hasta razonable, pero tiene un riesgo: que Washington termine negociando por separado con cada socio y que México acepte condiciones que posteriormente se conviertan en precedentes para un rompimiento del arreglo trilateral. México necesita negociar, sí. Pero debe negociar con líneas rojas perfectamente definidas: Primero: defender el carácter trilateral del T-MEC. Segundo: establecer controles contra el fraude, pero exigir reciprocidad, transparencia y reglas verificables. Tercero: desarrollar infraestructura mexicana de trazabilidad y certificación digital que permita demostrar el origen de las mercancías. Cuarto: fortalecer el contenido nacional de las exportaciones mexicanas. La verdadera respuesta a Washington no es sustituir importaciones chinas mediante decretos, sino crear proveedores mexicanos capaces de competir en precio, calidad e innovación. Y quinto: mantener abierta la relación económica con todos los países del orbe, sin cortapisas ni restricciones poniendo el acento en la diversificación, la red de tratados comerciales y los vínculos convenientes con Asia. Estados Unidos quiere que México sea su socio industrial y México necesita convertirse en una potencia manufacturera por derecho propio. México no tiene que escoger entre Washington y Beijing. La rivalidad entre las dos grandes potencias puede convertir a nuestro país en un simple territorio de disputa o en uno de los grandes beneficiarios de la reorganización de las cadenas globales de suministro. La diferencia dependerá de nuestra capacidad para negociar. Porque si dejamos que otros definan el origen de nuestras mercancías, controlen nuestros datos comerciales y decidan con quién podemos hacer negocios, habremos conservado el T-MEC, pero habremos perdido una parte esencial de nuestra soberanía económica. El desafío es conseguir que, en la nueva geopolítica mundial, México esté primero con México. Miembro de Por México Hoy Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.