Cuando se cierra una puerta, los malos siempre buscan (y encuentran) una ventana. Si antes para evadir capitales, ocultar fondos o pagar actividades inconfesables se recurría a sociedades pantalla, metales preciosos, obras de arte o, casi siempre, fajos de billetes, hoy el fenómeno se ha vuelto más etéreo, abstracto y digital. Aún más con las stablecoins, un tipo de criptomonedas ligadas al valor del dólar (aunque también las hay del euro) con las que el dinero no ocupa espacio y se transmite por sus propios canales. Los pagos son instantáneos, baratos y globales y, en ocasiones, ajenos a los ojos de los supervisores. Esta nueva forma de dinero digital se ha convertido en una herramienta útil para mover fondos fuera del sistema financiero tradicional. A diferencia de otras criptomonedas extremadamente inestables (bitcoin perdió la mitad de su capitalización en cinco meses), las stablecoins mantienen un valor fijo, permiten transferencias instantáneas a escala global y pueden saltar entre múltiples plataformas sin necesidad de intermediarios. No sorprende, pues, que este tipo de monedas sean el dinero oficioso de los malos: las stablecoins concentran el 84% de todo el volumen asociado a transacciones ilícitas en 2025, según un informe de Chainalysis. “Un blanqueador no puede jugarse el dinero de una organización criminal con una cripto que puede perder gran parte de su valor de la noche a la mañana”, reconoce un agente de la UDEF. Las que más aparecen en las investigaciones de Guardia Civil y de Policía Nacional son las más comunes y más grandes del mercado: como USDT emitida por Tether y USDC de Circle. Ambas están reguladas en las principales jurisdicciones, como Europa o EE UU y, por eso, ampliamente aceptadas por las plataformas que operan con criptomonedas. Es decir, quien quiere usarlas tiene la garantía de que podrá comprarlas, venderlas o intercambiarlas donde sea. Pero al estar reguladas, también están en el radar de las autoridades, con las que las plataformas habitualmente cooperan a la hora de congelar fondos sospechosos o ilícitos. Precisamente esa mayor supervisión ha impulsado la aparición de alternativas oscuras. En un mundo en el que crear un token que represente dinero puede hacerse en un chasquido de dedos, los delincuentes también han empezado a fabricar sus propias divisas digitales. Son las stablecoins hechas a medida, por y para actores criminales, como la rusa A7A5 o la camboyana USDH. Fuentes próximas a las investigaciones evitan detallar casos de uso específicos, ya que las pesquisas siguen abiertas. No obstante, se utilizan principalmente en el comercio de bienes y servicios ilícitos, para evadir sanciones internacionales, y también están relacionadas con la trata de personas. Es un circuito limitado: las plataformas cripto de los principales países están sujetas a regulación y no pueden incluir este tipo de activos en su oferta. “En lugar de transaccionar con miles de millones de personas, solo pueden hacerlo entre malos, entre quienes tienen el mismo objetivo”, explica Fernanda Restrepo, responsable de Forensic Investigations en Kroll Iberia. Pero están diseñadas para eso: eludir controles, sanciones y esquivar mecanismos de supervisión. Aprovechando jurisdicciones donde los controles son más débiles, los promotores de estos activos dejan ventanas para convertir estas divisas en stablecoins respetables y, por tanto, en dinero. El Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI) las define como stablecoins proprietarias, activos diseñados específicamente para eludir la intervención de las fuerzas de seguridad: la rusa A7A5, vinculada al rublo, es el mejor ejemplo de ello, ya que ha sido clave para construir una infraestructura financiera paralela, aislada de la supervisión occidental. De Moscú a Phnom Penh Su origen es tan enigmático como su nombre. Fue lanzada en febrero de 2025 en Kirguistán por la empresa rusa A7, respaldada por Moscú, con el objetivo de facilitar las operaciones transfronterizas de empresas y usuarios rusos y eludir las sanciones internacionales. Detrás de la compañía está el empresario moldavo Ilan Mironovich Shor, prófugo en Rusia tras estar implicado en el robo de 1.000 millones de dólares del sistema bancario moldavo en 2014, el mayor fraude bancario de la historia del país y uno de los mayores de Europa.El patrón horario de uso de esta moneda, según la empresa de análisis de datos en la blockchain Chainalysis, sugiere un uso empresarial: funciona como un activo puente mediante el cual los usuarios depositan rublos y reciben tokens A7A5 que luego pueden intercambiar por otras criptomonedas. “Esta secuencia permite que los fondos ingresen al ecosistema de stablecoins sin pasar por los canales bancarios corresponsales tradicionales”, detalla el Centro de Análisis de Defensa y Seguridad de Reino Unido.Pero su uso ha ido más allá. Una investigación de la policía moldava reveló que Shor colaboró con Promsvyazbank, un banco estatal ruso también sancionado a nivel internacional, para comprar votos en las elecciones clave de 2025. Según la investigación, utilizó A7A5 para transferir al menos 39 millones de dólares a ciudadanos moldavos a cambio de sus votos, tal y como reporta un informe del Parlamento británico. Fuentes cercanas a las investigaciones también aseguran que este activo se ha utilizado para pagar usuarios y crear bots en campañas masivas de desinformación. Varias jurisdicciones internacionales, como EE UU y la Unión Europea, han sancionado esta stablecoin, su empresa emisora y las principales plataformas donde se puede comprar o vender. No obstante, el token continúa circulando. En su primer año de vida, el activo movió 93.000 millones de dólares, la mayoría a través de plataformas estrechamente vinculadas a Rusia, según el Crypto Crime Report de Chainalysis. La stablecoin rusa no es la única de este tipo. Huione Group, un conglomerado financiero fundado en 2014 con sede en Phnom Penh (Camboya), considerado como un nodo clave de blanqueo de capitales para redes de delincuencia organizada transnacional, opera todo un ecosistema financiero fraudulento: desde una plataforma de pago hasta un proveedor de servicios cripto, pasando por un mercado que ofrece identidades falsas, al estilo de Silk Road, la antigua web utilizada para traficar droga y contratar a sicarios (y cuyo fundador fue indultado por Donald Trump). La empresa lanzó la stablecoin USDH y la promocionaba como inmune al congelamiento de activos y ajena a la supervisión de las autoridades reguladoras tradicionales. Este grupo ha sido señalado en múltiples ocasiones por trata de personas y como epicentro del timo online: miles de personas de varias nacionalidades fueron forzadas a trabajar en call centers masivos para engañar a sus víctimas a través de estafas románticas con criptomonedas en Telegram o en apps de citas como Tinder, señalan varios informes. Autoridades internacionales como Interpol o el FBI han intentado parar a estos estafadores y en mayo de 2025, Huione Group anunció que había cerrado su actividad, si bien solo cambió de nombre y de estructura. Hasta la fecha, ha canalizado más de 102.000 millones de dólares y entre sus principales clientes, figura Ilan Shor, impulsor de la stablecoin A7A5, según fuentes del sector. Para que stablecoins como A7A5 y USDH existan y circulen, necesitan un entero ecosistema que las acepte. Exchanges cripto ubicados principalmente en Asia incluyen estos activos en su oferta: “Los malos lavan dinero, pero también necesitan hacerse con efectivo. Y cambiarlo con activos tradicionales es más sencillo”, detalla Alberto Redondo, jefe del Grupo de Ciberinteligencia Criminal de la Unidad Técnica de Policía Judicial. Aunque no es frecuente, en las investigaciones de las autoridades españolas han aparecido estos activos. Cuando ocurre, se encienden las alarmas: la investigación está comprometida. “Cuando nos encontramos ante un activo de ese tipo, es mucho más difícil nuestro trabajo”, reconoce Restrepo. La stablecoin no se puede bloquear y suele circular en plataformas cripto de jurisdicciones opacas que no cooperan con las autoridades internacionales. “No obtenemos respuesta en absoluto”, insiste. Para añadir otra capa de complejidad, las redes criminales disponen de herramientas para borrar el rastro de sus transacciones. “Es imposible trazarlo, y sobre todo imposible poder intervenirlo, porque lo controlan ellos”, reconoce un agente de la UDEF. La historia de A7A5 y USDH muestra que el desafío de los investigadores ya no es únicamente seguir el rastro del dinero, sino hacerlo incluso en un sistema diseñado para que su recorrido desaparezca. Pero ya no solo en maletines, sino en la nube. La tecnología ha cambiado, pero el objetivo es siempre el mismo: mover, ocultar y blanquear dinero lejos de la mirada de quienes tratan de seguir su rastro.