Cuando su novio rompió abruptamente con ella y su relación quedó al desnudo, con todos sus desequilibrios de poder y sus dinámicas perversas, a Catherine Lacey le perseguía una pregunta como una sombra: “¿Cómo pude ser tan estúpida?”. La autora estadounidense (Tupelo, Misisipi, 41 años) tuvo que sacudirse ese sentimiento de humillación antes de llegar a la conclusión que desembocaría en su nuevo libro: si hay algo de lo que merezca la pena escribir es de las cosas “demasiado vergonzosas o demasiado cargadas de dolor”. En su historia había un poco de ambas y esos textos que en un primer momento no tenían un destino preciso terminaron convirtiéndose en su nuevo experimento, tras el rotundo éxito de su Biografía de X (2024). El libro moebius (Alfaguara) es un híbrido en el que escarba en su propio duelo y confusión para indagar en el amor, la amistad y la fe. La novela está compuesta de dos partes, un ensayo y un relato corto, cuyo orden es intercambiable. Ambos están presentados bajo el mismo título y tratan de responder las mismas preguntas, cada parte con diferentes herramientas. Son, en esencia, la misma cosa (como una cinta moebius que inspira el título), y en ellos se entrelazan las experiencias de la autora y los demás protagonistas con sus reflexiones sobre la identidad, en un momento en el que todo parecía estar rompiéndose a su alrededor. “Hace falta mucha fe para estar en pareja, incluso para tener una amistad estrecha o formar parte de una familia”, reflexiona Lacey en una cafetería céntrica de la Ciudad de México, su lugar favorito para trabajar fuera de casa. Esa intersección le resulta especialmente familiar, pues su infancia y adolescencia estuvieron profundamente marcadas por la religión. “De pequeña no veía a las estrellas del pop como ídolos; mis ídolos eran más bien personajes de la Biblia”, recuerda. Ese legado religioso ha impregnado su visión del mundo y su escritura, que hoy mira la fe desde un lugar “secular y flexible”, lejos de cualquier iglesia. Hay toda una generación, sin embargo, virando de nuevo hacia estos espacios e instituciones en busca de orden y certezas. “Entiendo ese hambre”, dice Lacey, cuya espiritualidad se ha desprendido de los dogmas. “Me gustan la astrología, el tarot y todas esas cosas no porque te digan lo que va a pasar, sino porque te ayudan a tomar conciencia de lo poco que sabes. Eso es parte del problema que tengo con las religiones, que se basan en unas creencias del tipo: ‘Esto lo sabemos”.Catherine Lacey depositó su fe en una relación que, tras la ruptura, se reveló como profundamente problemática. “Con el tiempo, él fue insinuando cosas que hicieron que empezara a vestirme como él. Ya no me maquillaba, no llevaba tacones, no me arreglaba de cierta manera porque él estaba en contra, aunque esa era yo cuando nos conocimos”, reconstruye ahora, con la lucidez de quien mira desde la distancia. “Al final, toda mi ropa era prendas monótonas, sin forma, que ocultaban mi cuerpo”. Todas las mujeres se han sometido en algún momento a algún tipo de relación desigual, apunta Lacey. Ella forma parte de la camada de autoras que se han empleado a fondo en desenmarañar los sofisticados —y no tan sofisticados— mecanismos de ese tipo de dinámicas de poder. En palabras de la escritora Bibiana Collado, las mujeres están narrando “la larga y angustiosa vuelta” a sí mismas después del amor. “Nuestra Odisea es más interna”, concuerda Catherine Lacey, que, sin embargo, abre el abanico de opciones hacia otro tipo de relaciones. “Antes solía escribir siempre sobre mujeres que huían de determinadas situaciones. Ahora me parece que, incluso en mi ficción, siempre son mujeres a las que ha abandonado su pareja, un amigo, un padre… y están intentando averiguar cómo sentirse bien consigo mismas”, reflexiona. En esa búsqueda también se ha encontrado con sorpresas. La novia de su expareja (bautizada como La Razón en la parte ensayística) se puso en contacto con ella cuando rompieron, prácticamente de la misma forma, y le pidió que leyera el libro, que todavía no estaba publicado. “Se lo envié y luego tuvimos una charla. Fue increíble, muy catártico y muy bonito. Siento que, en cierto modo, lo escribí para ella”, cuenta luminosa. Tras publicar su primera novela, Nunca falta nadie, en 2014, Lacey fue seleccionada por la revista Granta como una de las nuevas voces de referencia en Estados Unidos, una fama que la ha perseguido desde entonces y que terminó eclosionando con Biografía de X, 10 años después, su gran obra maestra. Elegida novela del año por múltiples medios, como The New York Times, la autora jugaba en ella con las zonas grises que delimitan cada género. Quizá, una solución intermedia a un dilema que todavía no ha logrado resolver: querer escribir sobre el mundo pero sentirse más cómoda en la ficción. “Leo muchos ensayos y memorias, pero me cuesta encontrar cierto sentido de libertad en la no ficción de una forma que no me pasa cuando escribo relatos cortos”, confiesa. Sigue buscando esa voz.Nostálgica hasta la médula, su cuerpo se ha convertido en un mapa de constelaciones que emiten luz desde el pasado. Cada tatuaje, grande o pequeño, grita desde su parcela de piel: “Esto ocurrió, no lo olvides”. Como para casi todos los que comienzan a tatuarse, en algún punto dejó de darle demasiadas vueltas a si se arrepentiría más tarde. “Me recuerdan momentos en los que me gusta pensar, incluso los peores momentos de mi vida, porque creo que hay algo que aprender de ellos. Las cosas mejoran, cambian, sigues aquí. Pensabas que tu vida se acababa y luego te das cuenta de que no”, explica. Señala el que se hizo cuando su hermanastra murió: “Hay algunos dolores de los que no debes deshacerte”. Ese trayecto hacia el centro del duelo y de la incertidumbre, Lacey lo atraviesa agarrada del brazo de sus amigos, el vínculo primero y más elevado y la tercera pata de un libro que disecciona los gestos mínimos que retratan esa clase de intimidad. “La amistad consigue volver a revelarte lo que ya sabes de tal manera que solo puedes aceptarlo”, dirá desde el ensayo. “Se entregaba sin tensiones a la amistad, respetaba a sus amistades lo suficiente para permitir que la cambiaran”, dialogará de vuelta desde el relato. “Tengo amistades de más de 20 años. Amo a Daniel, mi marido, pero nunca será lo mismo. No es que sea mejor o peor. Es simplemente que hay aspectos de esa amistad que siempre serán así. Es casi como una familia”, resume. Su esposo, también escritor, es el responsable final de que Catherine Lacey se quedara en México tras visitar a otra de sus amigas escritoras. Está convencida de que su lengua adoptiva le está influyendo de algún modo, aunque todavía no sabe del todo cómo. “Me siento más feliz viviendo aquí de lo que me he sentido en Estados Unidos, y en parte quizá sea por la relación, pero también por el idioma”, señala: “Es agradable tener una lengua en la que no se espera que te expreses con precisión. Me está enseñando a escuchar de otra manera, y eso es lo más importante”. Su tatuadora es precisamente una de las personas con las que más practica y “la primera persona” con la que usó el subjuntivo, bromea la autora.Lacey ya trabaja en un nuevo ensayo que funciona como “una especie de secuela” de El libro moebius. “Es como si se hubiera producido algún cambio sutil después de publicarlo”, explica a tientas. Todavía batalla con esa voz de no ficción. Ya tiene, en cualquier caso, su siguiente novela terminada, que verá la luz en EE UU en 2028. Su protagonista es una mujer que ronda los 60 años y que, recogiendo las cosas de su despacho en la universidad, encuentra un libro que le regaló una amiga con la que ya no se habla. De vuelta el duelo, la amistad, el abandono. Las obsesiones recientes de Lacey, que siempre encuentra un ángulo nuevo, una estrategia distinta o un experimento con el que desafiar al lector.
Catherine Lacey, escritora: “Hace falta mucha fe para estar en pareja, incluso para tener una amistad estrecha”
La autora estadounidense vuelve con ‘El libro moebius’, un híbrido entre novela y ensayo en el que indaga en el amor, la espiritualidad y la amistad a partir de una abrupta ruptura amorosa






