Entre el trabajo y las mil tareas del día a día, muchas personas apenas dedican unos minutos para comer: es habitual hacerlo delante del ordenador, mientras se consulta el móvil o incluso de pie. Es decir, no paran conscientemente para darle nutrientes al cuerpo y eso, junto con la velocidad a la que ingerimos los alimentos puede influir más de lo que pensamos tanto en la cantidad que comemos como en la forma en la que hace la digestión nuestro organismo.La doctora Andrea Reyes explica que dedicar al menos unos 20 minutos a la comida no es un capricho, es una forma de dar tiempo al cuerpo para poner en marcha los mecanismos que regulan el apetito: "Si comes en menos de 20 minutos, es posible que tu cerebro todavía no haya procesado las señales de saciedad", señala.La saciedad no llega de forma inmediataAunque muchas personas creen que la digestión empieza cuando la comida llega al estómago, el proceso comienza mucho antes. La masticación desempeña un papel clave tanto para preparar los alimentos como para activar las señales que indican al cerebro que estamos comiendo. "La digestión empieza mucho antes de que los alimentos lleguen al estómago. Cada vez que masticas, los alimentos se mezclan con la saliva, se facilita su digestión y se da tiempo a que hormonas como la CCK, el GLP-1 y el PYY envíen al cerebro el mensaje de que ya has comido suficiente", explica la especialista.Por eso, cuando terminamos el plato en apenas unos minutos, el organismo todavía no ha tenido tiempo de activar completamente ese mecanismo de saciedad. El resultado es que podemos seguir teniendo sensación de hambre y acabar comiendo más de lo que realmente necesitamos.Qué ocurre cuando comes rápidoMás allá de ingerir más calorías de las necesarias, comer a toda velocidad también puede repercutir en el bienestar digestivo. Según la doctora Andrea Reyes, este hábito puede tener varias consecuencias:Es más fácil comer de más porque el cerebro aún no ha recibido la señal de que está satisfecho.​​Se traga más aire durante la comida, lo que puede favorecer la sensación de hinchazón.​​Los alimentos llegan menos triturados al intestino, aumentando el trabajo que debe realizar el aparato digestivo.Aunque ninguno de estos efectos suele aparecer de forma inmediata tras una comida puntual, convertir las prisas en una rutina sí puede hacer que las molestias digestivas sean más frecuentes.Un pequeño gesto con grandes beneficiosLa buena noticia es que no hace falta seguir una dieta especial para empezar a notar cambios. En muchos casos basta con prestar más atención a la forma en la que comemos. "Masticar mejor y comer más despacio puede ayudarte a sentir más saciedad y mejorar tu digestión. A veces el problema no es qué estás comiendo, sino la velocidad con la que lo haces, concluye la doctora Andrea Reyes. Sentarse a la mesa sin distracciones o dejar los cubiertos entre bocado y bocado son pequeños gestos que pueden marcar la diferencia. Al fin y al cabo, no solo importa qué ponemos en el plato, también el tiempo que damos a nuestro cuerpo para procesarlo.