Entrevista¿Quién es el hombre que le habla al oído al presidente Abelardo De La Espriella? Carlos Suárez habló con la revista BOCAS.Carlos Suárez está en la nueva portada de la revista BOCAS. Foto: Ricardo Pinzón / Revista BOCAS30.08.2026 22:01 Actualizado: 30.08.2026 22:01

Es uno de los mejores amigos del presidente Abelardo De La Espriella y fue el cerebro de su campaña presidencial. No aceptó ningún cargo público, pero continúa en línea todo el tiempo con él. Es hijo de Daniel Suárez Hernández, que fue presidente del Consejo de Estado, pero no vivió con él ni de niño ni de adolescente y apenas vino a estar cerca de él cuando fue su alumno de Derecho en el Externado. Tiene una confrontación pública con el expresidente Álvaro Uribe. Fue abogado de Salvatore Mancuso y no se arrepiente. Es un apasionado de la Segunda Guerra Mundial y ha visitado sus principales escenarios, desde Normandía, Auschwitz hasta Hiroshima. Le gustan los perros y todavía responde con los dichos de su abuela materna. Este es el hombre que le habla al oído al presidente.A las 7 y 34 de la mañana, el pasado 10 de agosto, en el momento en que empezaba a sentirse en el país uno de los peores sismos de las últimas décadas, el presidente Abelardo De La Espriella hablaba por teléfono. Era el primer día hábil de su gobierno y comenzaba a organizar la agenda. Al otro lado de la línea estaba su hombre de confianza, uno de sus amigos más cercanos y el cerebro que tuvo a su cargo la estrategia de campaña que lo llevó a convertirse en el primer mandatario de Colombia: Carlos Suárez Rojas. “Después de que colgamos y pasó el sismo, lo que correspondió fue salir manos a la obra, a ponerle la cara a la crisis”, dice Suárez, que a esa hora se encontraba todavía en Cali, donde se había llevado a cabo la posesión presidencial. Suárez no tiene un puesto en el nuevo gobierno, pero no cabe duda de que es y será el hombre que le hable al oído a De La Espriella. Su amistad suma más de veinte años, han compartido proyectos empresariales y, sobre todo, comparten una identidad ideológica.Carlos Suárez está en la nueva portada de BOCAS. Foto:Ricardo Pinzón / Revista BOCASNació en Bogotá, aunque se define como un “cachaco arrepentido”. Pasó la niñez con su abuela materna —una mujer de campo que le enseñó a hablar con refranes—, la adolescencia la vivió en Pamplona, Norte de Santander, donde estudió como interno en el Seminario Menor —su madre había migrado a Venezuela en busca de “una mejor vida”— y volvió a Bogotá a estudiar Derecho en el Externado. Era un objetivo que tenía entre ceja y ceja: formarse en esa carrera y en esa universidad. En sus aulas daba clases su padre, el abogado Daniel Suárez Hernández, que era un referente de la profesión y llegó a ser presidente del Consejo de Estado. Suárez no había tenido relación con su padre, ni en la niñez ni en la adolescencia, y anhelaba sentarse en un salón de clases como su alumno. LEA TAMBIÉN Con el título en sus manos, trabajó en la Fiscalía, en el DAS, litigó en su propia oficina de abogados. Fue en medio de esa actividad que conoció a Abelardo De La Espriella y desde entonces han mantenido una amistad sin fisuras. “Lo que hay entre los dos es una simbiosis de ideas, de carácter, de principios. Cada uno es caja de resonancia del otro”, dice Juan Carlos Gossaín, uno de sus amigos cercanos. En cuanto al carácter no se parecen mucho: a Suárez le gusta más manejar las cosas en la sombra que estar iluminado por los focos. Sin embargo, durante la campaña presidencial —sobre todo por su enfrentamiento en redes con el expresidente Álvaro Uribe— debió acostumbrarse a lo segundo. Carlos Suárez es uno de los mejores amigos del presidente. Foto:Ricardo Pinzón / Revista BOCASEn 2010, cuando sintió que “ya había hecho todo en el derecho”, decidió dejar el litigio e irse a vivir a Australia con su esposa, Liliana Sandoval. Quería darle un cambio a su vida. Su último caso como abogado fue la defensa de Salvatore Mancuso, a quien representó durante cinco años tras la desmovilización del exjefe paramilitar. “Un día, en Washington, me hice la pregunta de si lo que hacía me daba felicidad”, dice Suárez. Como la respuesta fue no, salió a buscar nuevos aires. Cuando regresó a Colombia llegó con otro proyecto en su cabeza: dedicarse a la consultoría y al marketing político y empresarial del más alto nivel: fundó la agencia Estrategia y Poder, desde donde ha asesorado a figuras políticas y organizaciones privadas y públicas. En más de una ocasión ha sido ganador en los Napolitan Victory Awards, uno de los reconocimientos internacionales más prestigiosos en el mundo de la consultoría y la comunicación política. LEA TAMBIÉN Pero su momento definitivo llegó con la campaña presidencial. Si bien sus contradictores le señalan falta de contenido programático y un exceso de polarización e incluso de artificio, les resulta difícil desconocer que fue una campaña innovadora y disruptiva. Tuvo dos de los ingredientes que a Suárez más le gusta utilizar: las herramientas tecnológicas y las emociones. “Todo lo que hizo en la campaña, Carlos lo tenía medido. Es una persona metódica —agrega su amigo Gossaín—. No conozco a nadie que disfrute tanto lo que hace como él”. Y trabaja a su manera. Alejado de la modestia, se jacta de haber controlado hasta el más mínimo detalle de la campaña desde su casa en La Florida y por whatsapp. Tan pronto llegó el triunfo, Suárez le dijo a su esposa que quería viajar lo más lejos posible. Se fueron a un safari en Tanzania. Ese destino no solo le permitía cumplir un sueño de infancia, sino dar en ese momento lo que ha descrito como “un grito de libertad”: no quería estar en la repartición de puestos que viene tras la llegada al poder. El presidente De La Espriella lo tentó con un alto cargo, pero él se mantuvo en su decisión de no aceptar. “Carlos siempre ha dicho que le gustan las campañas, no los gobiernos”, dice su esposa Liliana. Lo que está claro es que seguirá atento a asesorar a su amigo a la hora en que lo necesite. Con intención o no, su nombre tuvo protagonismo en la campaña. Según me han dicho, a usted no le agrada estar en primera plana. ¿Es así?Totalmente. Esta campaña fue tan extraña, tan disruptiva y tan loca, que no solo nosotros rompimos paradigmas: también los rompieron las otras partes. Me refiero a que nunca se había puesto al estratega como objeto que flotase sobre el ambiente. Hay reglas de honor no escritas en las batallas, en las guerras, y las campañas son eso. Una de ellas es que el estratega no sea blanco de los ataques en el fragor de la contienda, ni parte de la refriega pública. Por alguna razón decidieron romper esa regla. No sé si les salió bien o mal. Lo que sí sé es que me pusieron a flotar, y uno tiene dos posibilidades en la vida: adaptarse a lo que viene, o sucumbir. A mí me fascina adaptarme. ¿El deseo de no figurar lo llevó a no aceptar ningún cargo público? Tengo entendido que De La Espriella lo tentó con un nombramiento. ¿Qué le propuso?No te voy a contar el cargo. Pero, por supuesto, él quiso que lo acompañara en uno de los cargos más altos del Estado. Abelardo me molestaba mucho en campaña, porque desde ese momento evaluábamos esas posibilidades. Yo siempre le decía: nunca voy a estar en un gobierno porque ese no es mi papel. Su frase favorita era: “Tú no le podrás decir que no a un presidente”. Pero hay decisiones en la vida que uno tiene que tomar y respetar. Mi vocación no es la de ser funcionario o servidor público. Ese no es el lugar desde donde puedo aportar. Él tiene unos sueños para cuando terminen sus cuatro años. Yo tengo los míos. Uno de ellos es poder seguir siendo, tras ese periodo, el mismo amigo del Abelardo de toda la vida. ¿Cómo nació esa amistad? Porque me dicen que usted cuida su círculo íntimo y no deja que muchos entren en él...Esa es una historia loca y larga. Comenzó a principios del 2000, cuando Abelardo era muy joven y yo ya era un abogado, no viejo, pero sí con más años que él. Un día, alguien que era parte del gobierno de ese momento —que era el de Uribe— me dijo: por aquí está de moda un abogado, pero es un tipo que no tiene mayor cosa, es muy hablantinoso. Me lo describió de forma despectiva. El tema quedó ahí. Días después, un exjefe mío, Marco Tulio Gutiérrez, me dijo que había conocido a un tipo brillante y que me lo iba a presentar porque sabía que nos volveríamos grandes amigos. Nos invitó a almorzar. Ahí conocí a Abelardo. Era todavía un pelado, tendría veintitantos años. Me pareció un tipo interesante, con una personalidad arrolladora. Cada uno siguió en su litigio y nos encontrábamos de vez en cuando. Yo me retiré del derecho por ahí en el 2010 y me fui a vivir a Sídney, Australia. Quería desconectarme y descubrir qué quería en mi vida. Cuando regresé, me lo volví a encontrar. Ese reencuentro fue maravilloso porque yo venía con la idea de que los procesos judiciales no se ganaban en las barandas de los juzgados, sino en las de la opinión pública. Empezamos a hablar del tema. Abelardo siempre ha sido muy proclive a comprar ideas novedosas. Comenzamos a hacer cosas juntos. Usted acudió a él en una ocasión en la que estuvo muy enfermo. Una crisis que se le presentó en medio de un viaje a Túnez. ¿Cómo fue esa historia?Nuestra amistad iba en ping-pong hasta un día en que me enfermé fuertemente. Seguro venía mal desde antes, pero durante un viaje a Túnez tuve desmayos y la cosa se puso más compleja. Me llevaron a una clínica y ahí me estuve desangrando dos semanas. Me hicieron transfusiones, nunca supieron lo que me pasaba. El regreso fue difícil, por la situación médica. Cuando llegué a Colombia, me pasó todo lo contrario: me dijeron que un trombo se me había subido al pulmón. Una locura, por un lado desangrándome y por otro el trombo. Sentí que me iba a morir porque el diagnóstico que me dieron no era bueno. Lo primero que pensé fue en mi mujer: Liliana se iba a quedar sola. Llamé a Abelardo. Sentí que era el man en quien podía confiar. Llegó diez minutos después. Movió cielo y tierra para que los médicos hicieran todo lo necesario. Y me dio la tranquilidad de que, si yo me moría, él se encargaría de cuidar a mi esposa. Ahí tuvimos un clic especial. No se me olvida lo que hizo por mí. LEA TAMBIÉN Al leer las columnas que usted escribía en La Silla Vacía, o revisar sus antiguos comentarios en redes, queda claro que entre los dos hay una identificación ideológica que viene de atrás. Es decir, no se trata de una relación en la que un estratega se adapta a lo que piensa un candidato. Tienen posiciones muy parecidas en lo político...Y más allá. Creo que lo político es la consecuencia de tener una identidad filosófica frente a la vida, pese a que somos totalmente distintos. A él le fascina estar afuera, rodeado de amigos; es el centro de atracción en todas partes. Yo soy meridianamente antisocial. No me gusta salir, no me gustan los cocteles ni las fiestas. Vivo más encerrado en mi casa y con los míos. Pero pensamos de forma similar frente a la vida, frente a valores que son inalienables, como la lealtad, la amistad, la familia. Me nombró padrino de su hijo Filippo, y siento que lo hizo como un símbolo de que soy parte de su familia. Él dice que los dos somos como un grupo de jazz, porque tocamos sin necesidad de hablarnos. Carlos Suárez. Foto:Ricardo Pinzón / Revista BOCAS¿Es posible que usted se haya dado cuenta, incluso antes que él, de que podía ser candidato y llegar a ganar unas elecciones presidenciales?Nosotros hemos hablado de política toda la vida, pero sin pensar en hacer política. No sé si fue antes o no, pero en el 2020, en plena pandemia —en ese desocupe en que quedaba uno, porque de un momento a otro terminamos encerrados—, se nos ocurrieron cosas, como ayudar a la gente con el proyecto de Cosecha Solidaria. Empezamos a hacer el manejo digital para juntar a los productores que vendían sus cosechas con la gente que no tenía qué comer. En ese momento había otra coyuntura, y era la crítica por el manejo de la economía y del país en general. En eso sí tenemos posiciones distintas: Abelardo es amigo y le tiene mucho aprecio al expresidente Iván Duque; yo todo lo contrario. Usted le dio duro en sus columnas...Todo el tiempo. Entonces, mientras seguíamos con Cosecha Solidaria, hacíamos contenidos con lecturas económicas y macroeconómicas para poner el asunto sobre el tapete y tratar de dar soluciones a lo que estaba pasando. Ahí empezaron los pinos de toda esta locura, porque la conversación en las redes sociales traspasó las fronteras de la solidaridad y de la opinión. La gente empezó a decir: venga, Abelardo, láncese a la Presidencia. Por ahí arrancaron las mediciones. Las alertas de que había algo posible las dieron las redes en el 2020. Vamos un poco a su historia, antes de todo esto. Usted comentaba que en el 2010 dejó el litigio. Empezó a definirse como “ex abogado”. ¿Hubo algún detalle específico que lo llevó a esa decisión?Fue un cúmulo de cosas. En el 2009 estaba terminando un caso en Washington y llegué a la conclusión —errada o no— de que ya lo había hecho todo en el Derecho. Había llevado casos importantes, que fueron claves en la vida del país, y lo había hecho desde el servicio público y desde mi propia oficina de abogados. Ya tenía libertad económica. Un día me bajé en un parqueadero y pensé: ¿estoy siendo feliz? La respuesta fue no. Tenía que buscar mi felicidad en otra parte. Y es que yo, entre mamadera de gallo y tal vez en serio, me había puesto la meta de que cuando cumpliera 40 años debía poder tener una independencia económica como si hubiera sido magistrado de la Alta Corte. A los externadistas de mi generación nos enseñaban que lo más importante que podíamos lograr en la vida era llegar a ser magistrado de la Corte Suprema de Justicia o de alguna de las altas cortes. Y también era costumbre querer pensionarse con la pensión de magistrado. Yo decía: tengo que lograr lo mismo, pero no a los 60 años, ni a los 65. Quiero hacerlo a los 40. Ya había cumplido esa meta y lo que hacía no me daba felicidad. Así que dije, listo, no más con esta película. Me fui con mi esposa a Sídney, a buscar otros aires, a ver el mundo distinto, a reencontrarnos. Cuando regresamos a Colombia —porque al final nos aburrimos allá—, surgió el tema de la asesoría.Carlos Suárez. Foto:Ricardo Pinzón / Revista BOCAS¿En la decisión de estudiar Derecho influyó la figura de su padre, Daniel Suárez Hernández, que fue presidente del Consejo de Estado?A veces me he hecho esa pregunta y no me la sé responder. No lo tengo claro. Me acuerdo que de niño me encantaba ver una serie de televisión que se llamaba Paper Chase. Con el profesor Kingsfield. Me parecía la octava maravilla del mundo. Yo no viví con mi padre ni de niño, ni de adolescente. Pero sí sabía que era un abogado muy importante. Nunca tuve esa relación, nunca lo vi leyendo un código, nunca lo vi saliendo a trabajar. Pero quizás las dos cosas se juntaron: la leyenda de mi padre —porque él era una leyenda— y el profesor Kingsfield, de Paper Chase. Siempre quise ser abogado. Cuando terminé el bachillerato, solo apliqué a una universidad y fue al Externado. En el subconsciente, mi padre tuvo que haber influido. Pero no fue el ejemplo. No vivió con él de niño ni de adolescente. ¿De adulto llegó a tener una relación?Fue algo bien complejo. Él era mi profesor en la universidad. Estudié en el Externado en contra de su deseo. Como no quería que yo entrara allá, me empeñé más en hacerlo. Recuerdo que había dos cursos: el A y el B. En el primer año entré al A. Ahí me di cuenta de que mi papá dictaba clase en el B. Cuando se iba a acabar el periodo, busqué a la secretaria general y le dije: cámbieme al B, por favor. Quería sentarme en primera fila y que mi papá me viera siendo su alumno. Y creo que fui buen alumno. No en todas las materias. Pero en Bienes y Pruebas, que era lo que él dictaba, intentaba sacar las mejores notas. En ese momento no teníamos todavía una buena relación. A mediados de los noventa, yo trabajaba en la Unidad Especial Permanente de la Fiscalía y tuvimos un caso importante: hicimos una recaptura de un narcotraficante que se había fugado del DAS, un puertorriqueño llamado Fernando Montañez Bultrón. Cuando llevamos al recapturado, Ramiro Bejarano —que estaba recién nombrado director— me dijo: véngase a trabajar aquí conmigo. No sé si por la celebración o por lo que fuera. El hecho es que me nombró asistente del subdirector. Después, cuando Marco Tulio Gutiérrez llegó como director del DAS, me puso a hacer diferentes cosas. Una era montar el esquema de seguridad de los personajes. En 1996, a mi papá lo eligieron presidente del Consejo de Estado y a mí me tocó armarle su seguridad. A través de un primo, me mandó el mensaje de que me invitaba a su posesión. Ahí pude reencontrarme con él, y conocer a mis tías y a mis abuelos. Él murió a principios del 2002, así que tuvimos poco tiempo de relación.Su abuela materna tuvo una influencia muy grande en su niñez. Incluso dicen que todavía suele repetir sus refranes...Me crie con mi abuela. Era una mujer de campo. De esas primeras migraciones que llegaron a Bogotá cuando se empezaba a construir la modernidad urbana del país. Ella venía del Huila profundo, de una vereda llamada Oritoguaz, cercana a Pitalito. No era una mujer que hubiese estudiado, pero tenía la sabiduría de esa generación. Siempre me dijo que yo era inteligente, que debía salir adelante, ser el mejor estudiante. Me trabajó mucho la autoestima. Se comunicaba con adagios populares y hoy, cada vez que se me presenta alguna situación, hablo con esos refranes. Lo tengo como impronta. Ella sufría de diabetes y, cuando yo tenía 11 o 12 años, no pudo tenerme más a su cargo. Me dolió no seguir a su lado. Pero después me di cuenta de que era la decisión más sabia, como todas las que tomó. LEA TAMBIÉN ¿Y su mamá dónde estaba?En Venezuela. Se fue en busca de una mejor vida. Trabajaba allá, se casó allá. Mandaba lo que podía, cuando podía. Mi abuela le dijo que tenía que hacerse cargo de mí, porque estaba muy enferma y yo permanecía solo mientras ella estaba en el hospital. Así que me fui con ella, pero muy pronto me mandaron a Pamplona, Norte de Santander, a estudiar como interno en el Seminario Menor. Sentí que me estaban exiliando. Pero eso me duró un par de meses. Mi mejor época en la vida fue ser interno en Pamplona. Los curas me querían, los profesores también. Yo era medio calavera, pero hice grandes amigos y siempre encontré quien me adoptara. Sobre todo una profesora, Amparo Sánchez Parga. Esa señora, que era española, encontró que en medio de mi rebeldía debía haber un talento. Me llevó al grupo de teatro, me puso a protagonizar las obras. Yo sentí ahí una figura maternal. Me encariñé muchísimo con ella. Fue la que me crio en esa época en la que uno no tiene padre, no tiene madre, y alguien debe empezar a llevarlo por la vida. Ya después me tocó generar una vida solo y la aprendí a vivir así. Cuando salía a vacaciones ya no me gustaba ir a ver a mi madre. Prefería quedarme con mis amigos en Pamplona. Luego llegué a Bogotá a estudiar en el Externado, pero mis vacaciones las seguía pasando allá. Usted nació en Bogotá, pero se define como un “cachaco arrepentido”. ¿Se siente más de otra ciudad?Para mí Bogotá fue muy dura. Mis días de universidad fueron difíciles, mi situación económica era muy mala. Y era una ciudad más agreste. Cada vez que podía, huía a otro lugar. Conocí el Caribe y me enamoré. Ahí empecé a sentir que soy un cachaco arrepentido. Me gusta la manera de ver la vida que tienen los costeños. También tiene que ver con que, cuando busco en mi mente y en mi corazón, no encuentro en Bogotá momentos muy felices. Siempre ha sido la ciudad en la que tocaba estar, en la que uno debía rebuscarse, darse codo para salir adelante. Me dio todas las posibilidades, sí. Porque Dios está en todas partes, pero hace los milagros en Bogotá. Eso ya es otra cosa. Antes decía que en Washington tomó la decisión de darle un cambio a su vida y dejar de litigar. ¿Fue en el momento en que era abogado defensor de Salvatore Mancuso? Ese fue mi último caso, sí. ¿Cómo llegó a ser su abogado?Te voy a contar la historia, pero hay unos nombres que mejor no digo porque la gente no se va sentir a gusto. Ahí hubo unos temas del destino. Mi padre murió en el 2002, siendo candidato al Senado de la República. Él tenía una oficina de abogados prestigiosa y no había quien tomara sus riendas. Su socio, el doctor Abraham Casallas, me dijo: venga y reemplace a su papá en el bufete. Era una tarea difícil, pero acepté el reto. Por esa oficina pasaba todo el mundo. Un amigo que participó en el proceso de paz —y que no es Abelardo, ni tenía nada que ver con él— me empezó a decir: allá están necesitando abogados, penalistas nuevos, diferentes. Yo le contestaba: usted está loco, cómo me voy a meter en eso. El bogocentrismo rechazaba cualquier posibilidad de que un abogado bien, que estuviera haciendo una carrera como la que yo estaba haciendo, fuera asesor de los paracos. Mi amigo duró un año echándome el guante. Y yo diciéndole que no. Hasta que un día me llamó y me dijo: “aquí está su profesor fulanito de tal, que tiene todo este palmarés en Bogotá. Lo están contratando y está cobrando una plata importante. Pero él no quiere poner la cara. Por lo menos venga y conozca esta vaina”. En ese momento ya se habían desmovilizado, el proceso estaba en otra etapa. Cuando me tiró el dato de quién era el que estaba ahí, reflexioné: ah, entonces el más bobo soy yo. Pontifican en Bogotá de corbata, pero se van a Ralito a llenarse los bolsillos de manera vergonzante, sin que nadie sepa. Acepté una primera reunión. Fui con la convicción de ser lo suficientemente sincero, repelente y cobrar muy bien, para que me dijeran que no. Recuerdo que llegué y les dije: a ustedes los van a terminar metiendo presos en una cárcel de máxima seguridad, les van a quitar los bienes y los van a extraditar. Porque la ley que hicieron les quedó mal hecha y no tienen blindaje constitucional. Por supuesto, eso no era lo que les decía ninguno de los abogados emperifollados. Pero yo había hecho una lectura jurídica de la ley 975 y les di un concepto. Les canté la tabla. ¿Y funcionó la estrategia que dice que llevaba?No. La repelencia, la sinceridad y lo que pedí no fueron obstáculo. Salvatore Mancuso decidió contratarme. Estuve a cargo de su defensa durante cinco años. Ese fue un proceso que me sirvió para conocer el país real, el país de las regiones, y compararlo con el ‘bogocentrismo’, que en la capital se viste de corbata, pero en las regiones se viste de otra cosa para tener complicidades que son inenarrables. Creo que cumplí con lo que era mi papel en ese momento, que no era otra cosa que facilitar la reconstrucción de la verdad, porque la ley 975 pedía verdad, justicia y reparación. Del lado de mi representado, en ese entonces, lo único que podía hacerse era cumplir con la verdad y la reparación. Lo demás lo tenía que hacer el Estado. La historia y el país juzgarán si hubo o no, o qué paso con eso.El expresidente Uribe dijo que usted “había demostrado sus dotes de estratega” cuando coordinó la reunión de Piedad Córdoba, Rodrigo Lara e Iván Cépeda con Mancuso en una cárcel de Estados Unidos. ¿Usted estuvo detrás de esa visita?Sobre eso no me quiero pronunciar. Tengo mi propia versión del asunto. Pero, como ya he dicho, paso la página y quiero cumplir con mi palabra. Las pullas entre Uribe y usted caldearon buena parte de la campaña. Pocos días antes de la posesión de Abelardo De La Espriella, usted publicó un tuit que fue interpretado como una “bandera blanca” enviada al Centro Democrático. ¿En realidad llegó a sentirse como ‘el florero de Llorente’?Yo soy un accidente en medio de una confrontación en la que —como el país lo está viendo— hay una puja política literal. Hago parte de ese esquema y, obviamente, es más fácil dispararle al que está ahí en lugar de hacer un enfrentamiento directo. Más allá de sacar una bandera blanca, lo que hice fue una invitación reflexiva a que se entienda que hay una nueva realidad política. Y que debe tenerse la grandeza de aceptar la convivencia con los nuevos actores que hemos llegado. En democracia es perfectamente válido coexistir. Lo que hice fue un llamado a la civilización de la contienda en un espectro que compartimos. Al final es el ciudadano el que va a terminar tomando la decisión, es el único que va a decir quién subsiste y quién no en esa batalla política.¿Llegó a pensar que algunas de las palabras que le dirigió al uribismo, como “dinosaurios” o “fósiles”, pudieron generar un ambiente difícil para ustedes? Porque el primer pulso —con la elección del presidente del Senado— terminaron perdiéndolo...El ambiente difícil lo pudo generar el haberme catalogado como bandido y como aliado de Iván Cepeda. Esa era la narrativa que se había generado en torno a la campaña. Lo que pude haber dicho se tomó como el gran detonador, pero si uno echa hacia atrás la línea de tiempo y empieza a ver dónde nació todo, la pregunta debería hacerse del otro lado. Ahora, más allá del calificativo, lo que sí creo es que estamos iniciado una nueva era. Eso implica, por lo menos, poder discutir y poner el asunto sobre la mesa. Hay adjetivos que generan titulares, pero creo que lo de dinosaurio es más amable que lo de bandido y aliado del terrorismo. Otra crítica que le cayó en medio de la campaña fue por el contenido de las piezas de 'marketing', hechas con inteligencia artificial. ¿Cree que se le pudo ir la mano, con Paloma Valencia o Juan Daniel Oviedo, por ejemplo?No creo. Lo que ocurre es que la campaña fue más visible porque fue exitosa, novedosa, disruptiva. En la batalla política hay que defenderse. De aquel otro lado dirán que ellos se estaban defendiendo, y de este lado diremos lo mismo. Que la historia juzgue en dónde arrancó el tema y cuál fue la estrategia más exitosa. Porque el daño que intentaron hacerle a Abelardo fue con todo, y con sevicia. Pero lo hicieron con viejos métodos y no les dieron resultado. Hablan de excesos, o de supuestos excesos, pero al final terminaron copiándonos, o haciendo una mala copia de lo que nosotros hacíamos de manera vanguardista. Lo peor que puede hacer cualquier campaña es intentar copiar a otra. Cada candidato, cada sociedad, cada elector es distinto. Yo he terminado en un problema monumental para mi futuro porque hoy todo el mundo quiere hacer lo que hizo el Tigre, pero eso no necesariamente le sirve a otro personaje.El ‘firme por la patria’, el ‘póngale la raya al tigre’, la camiseta de la Selección, la manada... ¿Se les quedó algo entre el tintero?Nada. Yo he venido diciendo una cosa que me la han criticado mucho, pero el método probó que es cierto: las campañas políticas no son otra cosa que un show business. No se ganan con propuestas, sino con emociones y sentimientos. Lo que las sociedades eligen es un tipo de líder que sea capaz de cumplir el sueño colectivo. Para las propuestas están los ministros, que las van a ejecutar. Los grandes equivocados son los que han leído las campañas y las elecciones como un proceso racional cuando, en realidad, son un proceso emocional. Y eso no es nuevo. Hay ejemplos desde Moisés, que entendió cuál era el sueño colectivo de aquellos que habían sido su pueblo. Esos manes querían volver a la tierra prometida. Moisés se la pilló y los guio. Lo racional habría sido otra cosa, no pasar cuarenta años en el desierto. Pero no, porque ese era el sueño colectivo. Casos como esos hay muchos en el mundo político. Cuando se acabó la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill era el símbolo de haber derrotado el mal, el tipo que había arrodillado a Hitler. En su mayor esplendor, se lanzó a las elecciones y las perdió con los laboralistas. Porque el sueño colectivo ya no necesitaba un líder de la guerra, sino un líder para la paz. ¿Qué eligen las sociedades? Tipos de líderes, no propuestas. ¿Qué dimos nosotros? Emociones, sentimientos. La crítica que nos han hecho viene de esos biempensantes que no han sido capaces de entender cuáles son los anhelos del pueblo colombiano. El Tigre vino y los interpretó de manera genial.¿Y es verdad que hacían mediciones milimétricas de cada cosa, cada día?Las mediciones nos decían a todos lo mismo: ¿qué necesitamos? Seguridad, salud, mejorar los ingresos. Esos eran los tres puntos clave que había que ofrecerle al elector. ¿Pero tú crees que un Juan Daniel Oviedo podía convencer al país de que él era el líder que generaría seguridad? ¿O que una lideresa como a la que nos enfrentamos —pese a que lo tratara de decir en todos los tonos y quisiera impostar su voz— podía dar esa credibilidad? Si tú no tienes el tipo de líder para poder cumplir el sueño colectivo, desactiva tu campaña porque no te van a elegir.Dice que las campañas no las gana el que más acierta, sino el que menos se equivoca. Y que algunas situaciones que pudieron verse como errores de De La Espriella se voltearon a su favor. ¿Entre ellas estuvo, por ejemplo, decir que iba a “destripar a la izquierda”, o el episodio de la fotografía con la periodista en el programa radial Piso 8?Correcto. Lo que pasa es que tú tienes que saber a quién le estás hablando. El periodista, lastimosamente, se volvió parte del establecimiento y se cree el dueño de la opinión y de la verdad porque es el dueño del micrófono. Y siente que haber dicho “destripar” en esa entrevista es negativo y que va a poder acabar con el candidato. Pero resulta que el periodista y el medio no son sino eso: un medio para hablarles a millones de personas que están del otro lado. Y los millones de personas del otro lado —no los que no iban a votar por nosotros, sino los otros, a los que había que conquistar— estaban teniendo ese mismo sentimiento y esa misma emoción. Así se catapulta un candidato. No es hablándoles a los medios, sino a los que están del otro lado y que dicen: este tipo es distinto, este tipo dice lo que pienso. Nosotros sí sabemos que hay que venir a acabar con ese relato, con esa impronta cultural, más allá de la palabra o del significado. Eso era lo que pedía el país en ese momento. Claro, nos decían: qué bruto, mire lo que dijo, ahí demostró lo radical. Pero los millones que estaban escuchando pensaban otra cosa. ¿Y el caso de la fotografía?Lo que pasó en Piso 8 fue distinto. Eso sí no fue premeditado, ni pensado para hablarle al público que estaba del otro lado. Fue un poco el efecto de lo que digo que era “la cacería del Tigre”. Previamente a eso había dos o tres personas, actores políticos muy importantes, que llamaban a varios medios de comunicación y sembraban historias. Ya después lo contaré en un libro que estoy escribiendo. Todo eso generaba llevar al Tigre a unos escenarios donde buscaban que saliera mal librado. Por supuesto, esa no fue la mejor salida de él. Ahí hubo un error. Pero lo que ocurrió después en las redes y en el mundo digital, cuando vieron que era una encerrona, fue que las mediciones que comenzaron siendo un noventa por ciento negativas terminaron un sesenta y pico positivas.¿Cuándo va a salir ese libro que está escribiendo? Espero tenerlo listo antes de los próximos cien días, para hacer el lanzamiento. Es sobre lo que pasó en la campaña. Ya lo tengo listo, ya tiene título, pero no te lo puedo contar. Vendrán sorpresas.¿Usted manejó todo desde La Florida? ¿Controló la campaña desde allá?Sí. Yo tengo un problema con la modestia, porque no juego con ella, no me gusta. Así que me precio de que manejé la campaña desde la oficina de mi casa a través del celular. Manejé todo desde el whatsapp y la piscina de mi casa. Al terminar las elecciones, tomó la decisión de viajar con su esposa a un safari en Tanzania. ¿Cómo fue eso?Todos son símbolos, al final de cuentas. Lo primero es que yo tenía aplazado ese sueño. Los animales me fascinan. Ya casi no consumo televisión, pero siempre tengo uno para ver los programas de Discovery o National Geographic. Me encantan los libros de Dian Fossey, leer sobre el comportamiento de los chimpancés. Se me parecen mucho a la construcción de las sociedades de los humanos, esas historias de los primates, de las manadas. Además de cumplir mi sueño del safari, en ese momento quería dar un primer grito de libertad. Todo el que gana una campaña política se quiere quedar a repartirse el poder. Eso es innato al que está en esa película. Yo quería alejarme. A mí sí me interesaba que Abelardo ganara la Presidencia. Era mi gran objetivo. Pero hay que dar ejemplo de desprendimiento real de las tentaciones del poder. Irme lejos, donde no hubiera ni señal, en la mitad del Serengeti o del Ngorongoro, fue pegar ese grito de libertad. ¿De dónde viene el amor por los animales? De hecho, se hizo un tatuaje de una perra que tuvo. Sí, el tatuaje de Electra lo tengo en mi gemelo izquierdo. Siempre digo —mamando gallo, aunque creo que es en serio— que no tengo una buena relación con los seres humanos. No me gusta mucho relacionarme con las personas. Cuando conecto con alguien soy el más abierto, el más amigo, voy hasta la muerte. Pero en general soy muy crítico de las personas. Con los animales, en cambio, tengo una relación impresionante. Sobre todo con los perros. En ellos hay nobleza, entrega, lealtad. Cuando me casé con Liliana, tuvimos a Electra, nuestra primera perrita. Duró dieciséis años con nosotros. En esa época dejé de fumar, no volví a tomar trago, empecé a cuidarme el peso. Era una pointer inglés y le fascinaba correr. Yo entrenaba para hacer dos medias maratones al año. Corría con ella kilómetros y kilómetros. Después me tocó acompañarla en su vejez. Me dolió muchísimo cuando se fue. Hace un rato hablaba de Churchill. La Segunda Guerra Mundial es una de sus obsesiones, incluso ha recorrido varios de los sitios simbólicos de ese periodo. ¿Por qué ese interés?Me apasiona la ebullición que hubo en ese periodo. No por las batallas —en eso no soy militarista—, sino por lo que ocurrió políticamente. Ver cómo, por ejemplo, se creó el fascismo y el nacionalsocialismo a partir de una derrota bélica que hubo en Alemania en 1914, y cómo esa sociedad terminó sucumbiendo a un llamado, ahí sí, entre marketing y mesianismo, para crear semejante monstruo y semejante máquina de guerra. El ser humano es capaz de todas las maldades. En la Segunda Guerra lo demostramos. Pero también ocurrió lo impensable, y es que desde el otro lado hubo la necesidad de unirse para poder atajar esa locura que estaba conquistando Europa y el mundo. Se dejaron atrás toda clase de problemas políticos, económicos, ideológicos, y se hizo una alianza para detener al mal mayor. Ese fenómeno me fascina. Me sirve para leer las fuerzas políticas y cómo se van moviendo de un lado para otro. He viajado por sitios emblemáticos. Inglaterra, las playas de Normandía, los cuarteles generales de Churchill, Hungría, Polonia, Auschwitz, la ruta de lo que fue el genocidio. Hay lugares en los que siento como si ya hubiese estado, quizás por haber leído y visto tanto. En Japón me pasó algo muy extraño: cuando nos bajamos del tren en Hiroshima se me salieron las lágrimas y me puse a llorar. Todavía no sé por qué.Liliana, su esposa, lo acompaña en esos viajes. Me han dicho que ella es su polo a tierra... Eso dicen mis amigos, pero no he entendido lo que significa, porque es como si yo viviera en las nubes. Voy más allá: Liliana es todo. Sin mi esposa, soy meridianamente inútil. Liliana administra mi vida y lo hace de la mejor manera, porque es el amor verdadero. Vamos a cumplir veinticuatro años de matrimonio.Después del triunfo en las elecciones, ¿lo han llamado otros candidatos, del país o del exterior, para que los asesore en sus campañas?He estado muy buscado, sí. Ahora tengo un mánager y un gerente comercial para poder atender las diferentes solicitudes. Pero ya habrá más exclusividad a la hora de aceptar nuevos clientes. Mientras el presidente me quiera tener como estratega, necesito estar disponible 24/7. Ayer mi última reunión empezó a las once y media de la noche y terminó hacia las dos de la mañana. Lo que va a haber es trabajo.¿Es decir que seguirá como asesor permanente?Sí. Cuando pedían mi cabeza, yo pensaba: bueno, ¿y qué vamos a entregar? Porque no tengo cargo, no vivo en Colombia, no soy un actor político. ¡Me tocará entregar mi whatsapp! Esa sería la opción: que el presidente me desinstalara de su teléfono. Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.