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Cuando falta justo un año para las primarias presidenciales -si es que no se suspenden, como quiere el Gobierno- el Presidente parece haber quedado solo frente a un espejo que lo aterra. Ser o no ser Milei, esa es la cuestión. Su administración se mantiene en vilo. Hay funcionarios que presionan para que acepte que, en política, hacer giros tácticos no implica traicionarse ni traicionar el modelo, pero existen otros que pulsean para que el rumbo, pase lo que pase y aunque haya que decir adiós en 2027, no se mueva un milímetro.
El dilema abarca dos dimensiones: los rasgos individuales y el marco de acción política del primer mandatario. Milei enfrenta una disyuntiva: priorizar la pureza de sus dogmas económicos y su estilo violento o bajar un cambio y construir soluciones consensuadas para evitar que su imagen sufra nuevos retrocesos. Cada vez más gente, dentro y fuera de la órbita gubernamental -con buenas y malas intenciones-, sigue su comportamiento cotidiano. La preocupación de unos, y la ilusión de otros, es que se agite la posibilidad de un cambio de signo político el año próximo y que eso alimente los fantasmas que ya merodean los mercados.
Por ahora, en el plano de su impronta personal, Milei ha decidido mantener su matriz procaz, con insultos destinados a quienes someten a revisión su gestión o critican sus formas, no importa si son periodistas, empresarios, economistas o personas anónimas con menos de cien seguidores en X. Ni siquiera repara en si alguno de ellos fue confidente suyo en el pasado reciente o si le hacía entrevistas amigables hasta hace un tiempo. El que esboza críticas pasa súbitamente al bando enemigo.







