En la adolescencia descubrimos a Jack London. Siempre es bueno recordar lo que nos dio felicidad. Fue cuando leímos por primera vez El llamado de la selva.Hace ciento diez años London se fue de este mundo feroz. Nace en San Francisco en 1876 bajo el nombre de John Griffith Chaney. En su hogar de la infancia lo lastima la pobreza extrema. De niño es repartidor de diarios, marinero y trabajador en fábricas de conservas. En la bahía de San Francisco busca ostras furtivas para tener algo que vender. Como Bradbury, ve las bibliotecas públicas como un espacio encantado. Los libros gratuitos en los anaqueles lo hechizan durante muchas horas de lectura. Se da una formación gratuita, se educa a sí mismo. A los 21 años, escucha el llamado del oro. Con esperanza viaja al Yukón, en Canadá. Sube y baja varias veces el paso de Chilkoot, un sendero helado y mortal. Pasa un invierno con temperaturas de -40 °C. Sufre de escorbuto y se le caen los dientes. Experimenta dolores insoportables. Por el deterioro de su salud, vuelve con los bolsillos vacíos. No encuentra oro que se pueda pesar, pero descubre otro metal dorado: el de la escritura. Escribe la historia de tramperos e indios, de buscadores de oro y la supervivencia en la naturaleza violenta; vive al borde de acantilados y sabe hacer sociedad con los perros de trineo. Esta es la fuente de muchos de sus cuentos y de sus novelas, como El llamado de la selva o Colmillo blanco. Es escritor por la poesía ruda de la vida.
Elige tu propia aventura
De las bibliotecas públicas de San Francisco a los hielos del Yukón, de los barrios miserables del East End londinense a los escenarios de la Revolución Mexicana, Jack London convirtió su propia existencia en materia literaria. Aventurero, marinero, corresponsal de guerra, fotógrafo, militante socialista y escritor profesional, atravesó la pobreza, el alcoholismo, la enfermedad y la obsesión por el trabajo para construir una obra en la que la naturaleza aparece como una fuerza salvaje e indiferente y la supervivencia como una lucha permanente. A 110 años de su muerte, sus perros de trineo, sus buscadores de oro, sus vagabundos y sus hombres derrotados siguen hablando de una misma pregunta: qué queda del ser humano cuando desaparecen las seguridades que lo protegen.








