Me planto ante Lucía con una lista de temas bastante ambiguos que me apetece tratar con ella, nos sentamos y la llamo Lucía aunque no esté segura de si ese es su nombre. Mitad escéptica mitad curiosa respecto a si su personalidad es parecida a lo que intuyo de ella en sus reels, nos hacemos un par de comentarios de rigor sobre gente en común y casas donde hemos vivido (porque en realidad es ella quien se planta delante de mí, le estoy abriendo la puerta de mi casa, y es mi balcón el lugar donde nos sentamos para hablar).Lucía Carnero (@lu.antimorbo) hace vídeos cortos en TikTok y en Instagram —donde acumula casi 100.000 seguidores— y en ellos relata casi siempre en clave de humor cosas que le pasan en el día a día y pensamientos sobre la actualidad. Tiene un año menos que yo (nació en 1999) y un novio en Moratalaz. No lo diría (o no lo diría ahora, tan pronto) si no fuera porque yo también lo tengo. Le digo, “pero eres bisexual” y ella me responde: “Claro”. Y nos reímos de nuestro recién estrenado club. Ambas llevamos muchos años en Madrid, así que apenas comentamos sobre los sitios en los que nos criamos. Ella es de Guadalajara. No es la primera vez que coincidimos, pero no somos amigas.Voy directa al meollo, me lanzo con decisión y le pregunto sobre su trabajo, sobre la palabra influencer y la so called “creación de contenido”. Me visualizo a mí misma con un brillo algo diabólico en los ojos, dando muchas vueltas alrededor de la cuestión para que no piense que la juzgo, pero deseosa de juzgarla. Ella me confirma un pensamiento que yo, en realidad, casi la obligo a confirmar: son términos horribles, odiosos, un poco indignantes. Ella me aclara: “Yo escribo, pienso mucho cuando estoy sola, me gusta cantar, me gusta actuar, tener ideas. La realidad es que la forma más simple de hacer eso y llegar a la gente son las redes sociales, no hay más”, y me habla con franqueza de la dificultad de traducir ese tráfico en redes a público en una sala o a oyentes en plataformas de streaming, porque siente “que la gente te sigue porque no le molestas tanto como para no seguirte”, pero que “les cuesta salir de Instagram, ver tu curro en otro sitio o siquiera ir a otra app”.Fue justo esa frustración la que la empujó en primer lugar a hacer un reel: “Fui a un casting y me preguntaron cuántos seguidores tenía. Pensé: si no puedes con el enemigo, únete a él”. El formato de Lucía es bastante reconocible para la gente crónicamente online como yo. Si bien cuenta anécdotas y hace comedia a menudo comentando la coyuntura social, creo que sus reels cantando con autotune son su marca personal. Me dice que, claro, se mete a su habitación a grabar y sus compañeras de piso y amigas están más que acostumbradas al ruido y a la locura que se cuela por debajo de la puerta de su cuarto, eso no le da vergüenza, pero que se moriría si yo le abriera la puerta y la recibiera viendo un reel suyo. Hablamos sobre el bochorno de ser una misma en internet, de tener que escuchar tu propia voz, y también sobre no poder llorar tranquila en público: “Yo siempre voy con gafas de sol. Va a sonar a que soy tonta, y quizá es solo una persona en el vagón la que me reconoce o le sueno, pero ya me arruina toda la experiencia de llorar tranquila”.Lucía utiliza la ultraconcreción para contar problemas que sabe que no son ni deben ser privados. El alquiler, la presión estética, las fricciones con amigos o la clase vertebran la gran mayoría de las situaciones que presenta. Al plantearle mi diatriba sobre la infantilización del público con vídeos muy masticados o mis dudas respecto a la capacidad de la ironía para movilizar políticamente a la gente, me confiesa que ella también está muy frustrada con internet: “Todo está demasiado moldeado por el engagement. Es una locura. Incluso los discursos antifascistas, muy necesarios, sí, pero ¿estás usando un gancho para denunciar esta cosa que me enfada tanto?”. Al preguntarle sobre el revuelo alrededor de la figura de los influencers en las últimas semanas, ella dice: “Ricos y pobres ha habido siempre, pero la forma de llegar ahí evoluciona junto con el consumo. Lo que antes era tele, ahora es Tiktok. Es completamente lógico y además se veía venir que los influencers se convirtieran en personajes a los que rechazar porque, básicamente, representan todo lo malo e injusto del capitalismo. Igual estoy escupiendo hacia arriba, pero lo pienso así. Ver que una persona se está forrando y, citando al Xokas, ganando con una publi lo que tus padres ganan en un año es delirante y genera hastío. Normal”. Lejos de pensar en esto como un problema individual, me aclara: “No creo que sea envidia, ni siquiera creo que sea algo con los influencers de forma personal. Pero sí es cierto que ellos son el reflejo de una sociedad que premia de manera obscena a personas que, a simple vista, no hacen absolutamente nada por merecerlo”. Volviendo sobre lo de escupir hacia arriba, le pregunto a lucía cómo de cerca se siente ella de estos perfiles: “A ver. Si me preguntas si yo me considero influencer, te diría que pertenezco (como otra gente a la que sigo) a un porcentaje de chavalas que en un momento quisieron vivir del arte y acabaron entrando en la rueda de las redes sociales al darse cuenta de que era la forma más viable de ser vista por un mundo en el que sólo importan dos cosas: cuántos números mueves y quiénes son tus padres”. Comentamos sobre el sintagma concreto “caída de los influencers”, y ella me dice que le hace gracia que el hecho de que los propios creadores estén subiendo vídeos hablando de esto sea su estrategia para desligarse. “Me gusta pensar que esto servirá para que la gente delsector se ponga las pilas y haga contenido más orgánico y menos publis. Que agradezcan su privilegio y sean más transparentes con ello. Y si deciden mojarse con temas políticos, que lo hagan con conciencia y sabiendo lo que dicen, porque abrir instagram y escuchar bulos de esta gente forrada que habla como si fueran la libertad guiando al pueblo hace que den ganas de bloquear a todo el mundo”. Le cuento (porque me encanta sentar cátedra incluso siendo la que hace las preguntas) que yo estoy aburrida de Instagram, de la falta de espontaneidad, de lo brandeado y lo cutre que es todo, incluso la azuzo un poco para que me dé la razón sobre lo desilusionante que es estar en internet ahora mismo. Ella se ríe y me dice que intenta no pensarlo, mantenerlo lo más natural posible: “La gente flipa un poco porque yo improviso bastante. Si algo se me ocurre y me hace gracia, me grabo y lo subo directamente, no lo pienso nada”. Pero también tiene una lista, me aclara, con ideas o temas de los que tirar cuando está triste o no tiene ánimo para ser graciosa.“Intentar ser divertida y dinámica todo el rato es difícil… Hay que estar bien de la cabeza para reírte de tu miseria y hacer algo con ella. Cuando sufro no hay chiste”. Sobre esta dicotomía de la imagen mostrada en redes vs. la personalidad IRL (in real life para las que no hayan escuchado I’m a girl you can hold IRL de ML Buch y no estén familiarizadas con el acrónimo), me cuenta que no piensa que haya un gran espacio entre ambas, su yo online y su yo que está aquí conmigo: “Sí que es cierto que a veces no me apetece ser la graciosa de la fiesta, y a lo mejor vienes a saludarme, que me encanta saludar a gente y hablar con gente, pero justo está pasando algo, estoy pasándomelo genial, o estoy buscando a mi amiga, pues no voy a ponerme a contarte un chiste. Pero diría que puede intuirse perfectamente cómo soy o qué pienso de las cosas en base a lo que hay en mis redes”.En realidad, caigo en que sí hay una naturalidad obvia en su forma de estar frente a su móvil y, por consecuencia, en su forma de aparecer en el mío. Con delicadeza y sin parar de pensar que va a parecer que la estoy llamando fea, le pregunto sobre la presión estética, sobre no producirse demasiado para grabar, sobre que cada vez pasa menos y todo se vuelve más más y más profesional. Ella sabe a lo que me refiero, y me confiesa que hace ya tiempo que dejó de hacer de grabarse un ritual para el que hay que prepararse (maquillarse, iluminar el plano, cambiarse de ropa): “Al principio lo hacía, pensaba en que me iba a ver un montón de gente, me arreglaba para grabar a modo de defensa personal, para evitar insultos, humillaciones. Pero llegó un punto en que me di cuenta de que yo estoy intentando contar pedacitos de vida, problemas de chicas normales, desde el salón de mi casa. ¿Por qué iba a ajustarme tanto a un canon que no tiene nada que ver con lo que me interesa? A conciencia decidí esforzarme en no tener miedo. Y a lo largo del tiempo se ha desdibujado esa presión; es mi rutina, esta soy yo”. Asiento. Ahí sentadas en el suelo de mi balcón, me gusta un poco nuestro nuevo club.