Hay algo que está cambiando en la política y quizá no le estamos prestando suficiente atención. Ya no basta con defender unas ideas. Ahora parece necesario defender también, y casi siempre sin matices, a quienes dicen defenderlas. Si gobiernan los nuestros, hay que justificar sus errores. Si se equivocan, hay que buscar una explicación. Si alguien de nuestro espacio político los critica, hay que preguntarse inmediatamente para quién trabaja, a quién beneficia su crítica y qué intereses ocultos puede haber detrás. No es política. Es hooliganismo.Hooligans rusos TercerosEl artículo de Elizabeth Duval sobre la dificultad creciente para criticar al PSOE desde la izquierda ha puesto el dedo en una llaga que va mucho más allá de la polémica concreta que lo originó. Porque el problema no es que una persona de izquierdas critique al PSOE. El problema es que haya quienes consideren que hacerlo convierte automáticamente al crítico en sospechoso de estar ayudando a la derecha o, peor aún, a la extrema derecha. Es una lógica peligrosa. Y no pertenece exclusivamente a la izquierda.También la derecha democrática está padeciendo esa misma enfermedad. Quien cuestiona determinadas posiciones del PP puede ser acusado de favorecer a la izquierda. Y quien reclama distancia respecto a Vox puede ser tachado de tibio, de ingenuo o de traidor. Así, poco a poco, los partidos dejan de escuchar las críticas que proceden de su propio espacio y empiezan a atender únicamente a las voces más estridentes de su lado del campo. Hasta que el campo acaba desplazándose.La democracia tiene, entre otras, una virtud esencial: permite que quienes comparten unas ideas puedan discutirlas, cuestionarlas y corregirlas. Esa capacidad de autocuestionamiento no es una debilidad. Es precisamente uno de los mecanismos que permiten mejorar la acción política.Un partido democrático debería preguntarse constantemente si lo que está haciendo responde a las necesidades de los ciudadanos, incluso cuando la respuesta resulte incómoda. Y debería escuchar especialmente a quienes, compartiendo buena parte de sus principios, le advierten de sus errores. Pero hemos convertido demasiadas veces la política en un partido de fútbol.Los nuestros siempre tienen razón. Los otros siempre se equivocan. Si un ministro hace algo mal, se explica. Si lo hace el ministro contrario, se denuncia. Si un Gobierno de nuestro color toma una decisión equivocada, se busca el contexto. Si la toma el adversario, se exige su dimisión. Y si alguien de nuestro propio equipo se atreve a decirlo en voz alta, entonces deja de ser un crítico para convertirse en un problema. Es el hooliganismo político: hablar bien de nuestro partido aunque lo haga fatal.El problema es que la mayoría de la sociedad no funciona así. La inmensa mayoría de los ciudadanos no está afiliada a un partido político. No vive pendiente de defender cada declaración de un dirigente ni necesita justificar cada decisión del Gobierno. Vota, observa, compara y, sobre todo, padece las consecuencias de las decisiones políticas.Esa mayoría puede estar preocupada por la vivienda, por el precio de la cesta de la compra, por la sanidad, por la educación, por la inmigración, por la seguridad, por la gestión de una catástrofe o por el funcionamiento de las instituciones. Y puede cambiar de opinión. Puede votar a la izquierda en unas elecciones y a la derecha en las siguientes. Puede estar de acuerdo con Vox en una cosa y con el PSOE en otra.La realidad es mucho más compleja que nuestros equipos.. Y cuando los partidos dejan de escuchar esa complejidad porque están demasiado ocupados en defenderse unos de otros, se rompe algo fundamental: la conexión con la sociedad. La historia ofrece, además, alguna advertencia.En la Europa de entreguerras, el avance de las fuerzas populistas y fascistas provocó en muchos sectores democráticos un progresivo cierre de filas. La amenaza era real y, ante ella, muchas organizaciones políticas entendieron que había que proteger el propio espacio. La socialdemocracia sufrió sus propias tensiones y la derecha democrática tampoco quedó al margen de esa dinámica. El problema llegó cuando la defensa frente al adversario empezó a sustituir al juicio sobre la realidad.Cuando criticar a los propios se convirtió en una amenaza para la unidad. Cuando se confundió la discrepancia con la deslealtad. Cuando se consideró que cualquier crítica podía beneficiar al enemigo. El resultado, como sabemos, no fue precisamente la fortaleza de la democracia. En Alemania, Hitler llegó al poder por una vía formalmente democrática y terminó destruyendo desde dentro buena parte de las instituciones que habían permitido su ascenso.No pretendo comparar la Europa de los años treinta con la España de 2026. Sería absurdo. Las circunstancias son radicalmente distintas. Pero la historia no tiene por qué repetirse para ofrecer una advertencia. Basta con que nos recuerde algunos mecanismos. Uno de ellos es este: cuando los partidos democráticos dejan de escuchar a quienes les critican desde dentro, otros ocupan ese espacio.Y algo parecido empieza a ocurrir también con la comunicación pública. Las redes sociales han convertido el debate político en una sucesión de trincheras. Se descalifica al discrepante, se le señala, se le atribuyen intenciones y, finalmente, se intenta expulsarlo del propio espacio. La crítica deja entonces de ser una herramienta para mejorar y se convierte en una prueba de fidelidad. Pero una democracia sin crítica interna se vuelve progresivamente ciega. Y una sociedad democrática en la que nadie puede cuestionar a los suyos acaba escuchando únicamente a los más radicales.La izquierda no debería tener miedo de que alguien de izquierdas critique a la izquierda. La derecha democrática tampoco debería temer que alguien de derechas cuestione a la derecha. Al contrario: deberían preocuparse cuando dejan de hacerlo. Porque quizá el verdadero problema no sea que haya demasiados críticos. Quizá sea que cada vez quedan menos; unos por agotamiento, otros por presiones e incluso los hay que por pura decepción.Porque las democracias no suelen morir porque alguien las critique demasiado. A veces empiezan a debilitarse cuando nadie se atreve a criticarlas. Y eso es lo que, tal vez, esté sucediendo.Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991
No es política, es “hooliganismo”, por Salvador Enguix
Hay algo que está cambiando en la política y quizá no le estamos prestando suficiente atención. Ya no basta con defender unas ideas. Ahora parece necesario defender también, y casi siempre sin matices, a quienes dicen defenderlas. Si gobiernan los nuestros, hay que justificar...







