A principios de verano, una delegación barcelonesa viajó a dos ciudades chinas, ambas portuarias. Una es archiconocida, Shanghai, mientras que la otra, Wenzhou –quinientos kilómetros más abajo- requería una explicación. De aquel rincón de China proceden más del 80% de sus inmigrantes en España. Más concretamente, del condado escarpado de Qingtian, a una hora. Xinhe explica en catalán de Vic que aquella orografía arrojó a los suyos a hacer las Europas. “Somos emprendedores, sí, aunque no tanto como los del sudeste de China. ¡Ese es otro nivel!”.El joven, con experiencia en importación de patinetes eléctricos, se refiere a los cantoneses en general y a los hakka, hokkien y taochew en particular. Estos últimos son mayoría entre los empresarios chinos de Tailandia, mientras que los hokkien dominan en Malasia, Singapur y en la propia Taiwán. Los cantoneses a secas, por su parte, levantaron algunos de los barrios chinos más famosos del mundo, desde San Francisco y Vancouver al Soho de Londres. Su lengua es también la de Hong Kong y su cine, aunque allí se escriba con caracteres tradicionales, no simplificados. El caso es que el gen mercantil chino se halla en Cantón elevado a la enésima potencia. En el Museo de Guangdong -nombre de la provincia- las hordas de turistas locales devoran los expositores como alumnos modélicos. La sección de Geología se centra en sus riquezas minerales, su precio y su aplicación en objetos concretos para necesidades específicas. El sentido práctico de los cantoneses es proverbial. De ahí que prosperen en todas partes, incluida la propia Cantón, donde sin embargo hay debate. Con sus dos milenios de tradición mercantil, debería rentabilizar el ascenso de China más que nadie. Pero no es exactamente así, ni se ha convertido en una postal, como Shanghai, Pekín o Hong Kong, ni desprende un aroma difuso de modernidad como Shenzhen. No lo ha logrado ni con el tercer edificio más alto de China (CTF), ni con la segunda torre de telecomunicaciones más alta del mundo. Pero no le da más vueltas. Cantón está claro que no vive de la imagen, sino de las cosas. Aunque estas se fabriquen cada vez más en las vecinas Foshan y Dongguan, con las que forma una conurbación de casi 40 millones de habitantes. Cantón, además, sigue jugando el papel de centro logístico y de capital cultural y administrativa de una provincia de marcada identidad, aunque el cantonés esté retrocediendo entre los jóvenes (no así en Hong Kong o Macao). No es como para tirar cohetes. Vista aérea de Guangzhou, la cuarta ciudad más poblada de China, según el último censo de 2021, con Shenzhen pisándole los talonesWikipediaPero Cantón -sin poder político pero bien conectada con el exterior, laboriosa y prágmatica, materialista y gurmet- aguanta el tirón. En el caso de su puerto, como sexto del mundo. Bastante mejor que el de Hong Kong, que fue número uno y hoy no está entre los diez primeros. Sí se manteien en el Top 10 mundial el aeropuerto de Cantón, tanto en volumen de pasajeros como de mercancías. Algo que ver en ello tiene la Feria de Cantón , que sigue siendo la primera de China y, en algunos parámetros, del mundo. Dos veces al año, importadores de todas las naciones de África y de Asia llegan a la verdadera cueva de Ali Baba que son las naves de Cantón. Un ejecutivo que frecuenta su feria y que prefiere no revelar su nombre ni el de su multinacional barcelonesa, cree que la Feria de Cantón “mantiene su gancho”. También tiene una opinión particular sobre los cantoneses. “¡Está claro que son los catalanes de China!”. Otro habitual, Greg, estadounidense con fábricas de muebles en Tailandia, observa algún progreso. “En mis primeras ferias había que llevarle un 'tributo' al responsable. Hace 35 años era una videocámara japonesa. Pero eso se acabó hará una docena de años”.Luego están los goles en propia puerta. Los cantoneses, a pesar de su fuerte identidad y lengua propia, no son precisamente estetas. Más allá de algún distrito ultramoderno, nada atempera la fealdad de barrios enteros de su capital. No ya en la periferia, sino en su centro histórico, destrozado por la piqueta y los viaductos. Cuesta encontrar algo más antiguo y con más carácter que Shamian, que en realidad es occidental. El barrio que sustituyó a las Trece Factorías -arrasadas en distintas guerras- y que los europeos convirtieron en isla artificial con un canal. El actor Van de Grac -que hizo de Cantón su hogar durante veinte años y trabajó para varias producciones chinas- recuerda desde Barcelona que “cuando vivía en Shamian hace veinte años era precioso, pero daba miedo”. El gobierno ha rescatado Shamian del abandono con hordas de restauradores y acto seguido los practicantes de taichi, ya sin miedo a fantasmas blancos, lo han reconquistado. Ahora, con sus exóticas iglesias, graníticas sedes bancarias y mansiones de época, se ha convertido en un foco predilecto de instagramers chinos. Allí se fotografían posando frente a un costoso cappuccino, aunque dejen para un lugar más castizo sus dim sum. Esa exportación cantonesa que tampoco es soft power pero por lo menos es blandita y que en su lengua significa “que toca el corazón”. Es decir, el estómago.La Nao de ChinaCantón era donde la plata española se transformaba en seda y porcelanaDurante uno o dos milenios, Cantón fue el portal de China para el resto del mundo. Un papel que se institucionalizó entre los siglos XVII y XVIII, hasta la Guerra del Opio, con las Trece Factorías. Una especie de consulados de mar de un puñado de naciones, entre las que estaban España, Reino Unido, Francia, Holanda, Dinamarca y Prusia y a las que luego se añadió Estados Unidos. Portugal ya disponía de Macao. La verdadera terminal para la plata del galeón de Acapulco -no en vano conocida también como nao de China- no era Manila, sino Cantón. Hasta su puerto fluvial descendían, por el río de las Perlas, las mercancías de todo el sudeste de China. Entre ellas la seda, la porcelana y, más adelante, el té. Este costaba tanta plata a la hacienda británica que Londres decidió que el opio que extraía de India serviría para compensarlo, dando origen a las Guerras del Opio. Estas multiplicaron los puntos de comercio con China, pulverizando la exclusividad de Cantón. Así arrancaron varias concesiones territoriales -junto a otras potencias- además de la colonia de Hong Kong. Y así empezó el “siglo de la humillación”, que la China republicana lleva otro siglo intentando revertir. Jordi Joan Baños (Sabadell, 1971) es corresponsal de La Vanguardia en Bangkok. Previamente ha sido corresponsal del diario en Lisboa, Nueva Delhi y Estambul.
El proverbial sentido práctico cantonés
La metrópolis del sur de China busca su sitio entre una Shenzhen creciente y una Hong Kong menguante







