EditorialLa coyuntura marcada por desastres hace más exigente el reto en esta materia, que sigue siendo crucial.29.08.2026 21:51 Actualizado: 29.08.2026 23:20 El presidente Abelardo De La Espriella lleva algo más de 20 días en el solio de Bolívar. Pocos para conocer bien su estilo de gobierno, y menos para hacer evaluaciones. Sin embargo, como ocurre en la música, desde los primeros acordes puede sospecharse el concierto. Y en seguridad, esos primeros acordes ya están sonando.El nuevo gobierno fue sorprendido, como todos los colombianos, apenas tres días después de su posesión por el terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, cuyas consecuencias alteraron la carta de navegación de una administración que apenas comenzaba. Después llegaron los incendios que, en pocos días, han consumido más de 33.000 hectáreas y abierto otro frente de enormes costos y repercusiones.Pero De La Espriella fue elegido con una propuesta centrada en asuntos que, aun ante estos inesperados desafíos, no pueden quedar relegados. Uno es la seguridad, quizás, junto con la salud, el campo en el que millones de colombianos expresaron en las urnas su deseo de un cambio urgente.Es justo reconocer que el Gobierno ha comenzado a actuar. Algunas decisiones despiertan polémica, pero hay voluntad de modificar lo que venía sucediendo. Empezó por trasladar y aislar a capos del narcotráfico que desde las cárceles han podido seguir manejando sus negocios e incluso ordenando extorsiones. A ello se suman extradiciones y la controvertida propuesta de recluir a algunos en barcos prisión en aguas nacionales. Todo tendrá que sujetarse a la Constitución, la ley y el respeto de los derechos fundamentales. Pero lo que venía ocurriendo no podía continuar.Buena parte del desafío de seguridad sigue teniendo en el narcotráfico uno de sus grandes motores. El Gobierno ha anunciado el regreso de las fumigaciones contra los cultivos ilícitos, bajo las condiciones que ordenó la Corte Constitucional, y ha endurecido la ofensiva contra los grupos armados, algunos declarados organizaciones terroristas, categoría que otorga al Estado más dientes para combatirlos. A lo cual se agrega ahora la utilización de bombardeos contra sus estructuras.Son decisiones que permiten advertir un cambio de rumbo. Pero precisamente ahora conviene recordar una lección aprendida después de décadas de enfrentar guerrillas, paramilitares, narcotraficantes y organizaciones criminales: la seguridad no se construye solamente mediante la suma de acciones contundentes. Se construye también con presencia estatal para brindar bienestar y una política cuidadosamente trazada que consiga que cada acción contribuya al mismo propósito.El desafío es colosal. La medida definitiva del éxito será cuánto territorio recuperó el Estado, cuánto disminuyeron el miedo y la violencia y, sobre todo, cuánta tranquilidad recobraron los ciudadanosSe sabe que de poco sirve un resultado operacional importante si no hace parte de una estrategia capaz de aprovecharlo. Una fumigación, un bombardeo o el aislamiento de un cabecilla no pueden convertirse en fines en sí mismos ni adoptarse por la reacción que despierten. Antes de cada medida debe estar claro qué busca, qué lugar ocupa dentro de la estrategia y cuál será el paso siguiente. Cada pieza tiene que encajar en un engranaje minuciosamente armado.Eso exige sincronía. Las Fuerzas Militares, la Policía y los organismos de inteligencia deben trabajar en una misma dirección. Cada institución tiene capacidades y responsabilidades distintas, y por ello la coordinación resulta indispensable.También la Rama Judicial, desde su independencia y dentro del respeto por la separación de poderes, tiene un papel fundamental. Los éxitos operacionales pierden valor cuando las investigaciones no avanzan, los procesos fracasan o las organizaciones criminales encuentran cómo recomponerse.El desafío es colosal. Colombia conoce el costo de las estrategias cambiantes, los esfuerzos dispersos y las victorias que no se convierten en avances duraderos. Pero también sabe que con dirección clara, continuidad y coordinación es posible recuperar territorios y devolverles la anhelada tranquilidad a sus habitantes.Apenas comienzan a conocerse los primeros acordes de la política de seguridad del nuevo gobierno. Hay decisiones que apuntan hacia una recuperación necesaria de la autoridad y merecen respaldo, siempre que permanezcan dentro de los límites del Estado de derecho. El reto es conseguir que formen parte de una misma partitura y no sean notas fuertes tocadas por separado.En suma, la medida definitiva del éxito será cuánto territorio recuperó el Estado, cuánto disminuyeron el miedo y la violencia y, sobre todo, cuánta tranquilidad recobraron los ciudadanos, en especial aquellos que en los últimos años han padecido verdaderos infiernos de extorsión, confinamiento y peligro de que sus hijos terminen siendo reclutados. La gran meta sigue siendo aquella sencilla y poderosa imagen del recordado político tolimense del siglo pasado, Darío Echandía: un país en el que los colombianos puedan volver a pescar de noche.EDITORIALeditorial@eltiempo.com Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. Mantente informado con lo que realmente te importa.EL TIEMPO GOOGLE NEWSSíguenos en GOOGLE NEWS. 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