El caos climático en el que nos encontramos ya no es un aviso alarmante sino una realidad. Con una superficie afectada de más de 140.000 hectáreas y la evacuación y confinamiento de cerca de 100.000 personas, los megaincendios que han acontecido hasta la fecha en el Estado, en un contexto de olas de calor sin precedentes, marca la cruda realidad en la que nos encontramos. En estas circunstancias, son frecuentes las respuestas institucionales que tratan de dar con una solución inmediata y centradas en la adaptación o en cómo minimizar los daños. Si bien comprender cómo afrontar las llamas ya prendidas es clave, no se pone en cuestión el combustible que las alimenta, que no es otro que un sistema económico que pone por encima el crecimiento y el lucro privado sobre las vidas y la vida misma. El desplazamiento de la población rural, el calentamiento de la atmósfera por las emisiones o el estrés hídrico son mencionados como hechos en sí sin el trasfondo del sistema capitalista que las provoca. Además, estas respuestas tienen en común un enfoque tecnocrático que asume la pasividad de los colectivos más afectados, sin cuestionar las relaciones de poder que hacen que unos territorios y personas sean sacrificadas a expensas de otras.