La separación de una pareja no debería significar la destrucción de una familia. En todo caso, debería significar la reorganización de su dinámica. Pero sabemos que no siempre es así. Hay parejas que después de separarse quedan atrapadas en un conflicto que no cede, que vuelve una y otra vez sobre los mismos temas (con quién van a estar los chicos el fin de semana, quién los lleva al colegio, por qué no se respetó tal horario, cuantas horas de pantalla se permiten) y que termina consumiendo años de vida, de energía y de bronca. Cada audiencia se parece a la anterior. Cada acuerdo dura poco. Y en el medio de todo eso, siempre, están los hijos y las hijas.

Esa realidad se complejiza cuando la situación económica y social del país está en crisis. Todo cuesta mucho más, la violencia viene de arriba y afrontar la pérdida del poder adquisitivo o la inestabilidad laboral no contribuye en el día a día.

Cuando una pareja se separa mal, es común que cada uno construya su propia versión de lo que pasó: la historia de uno y la historia de otro. Dos relatos, muchas veces enfrentados, donde cada quien tiene sus razones, sus heridas y sus reproches. El problema es que, mientras esas dos historias siguen chocando, hay una tercera historia que casi nunca se cuenta: la de los chicos y las chicas que están viviendo ese conflicto desde adentro, sin haberlo elegido.