Hace mucho que no viajo sola. Por un lado, esa libertad que se siente sin las prisas, presiones, apuros o disgustos de los compañeritos de viaje. Por el otro, esa especie de incomodidad que implica el viajar en solitario, las miradas raras de otros viajeros, por ejemplo, que aunque cada vez se dan menos, se dan. A mí me gusta inventarle historias a la gente que va y viene y se pierde y luego no hay a quien preguntarle sobre todo en los aeropuertos, los vuelos de conexión. ¿Quién no se ha encontrado en algún país lejano, a medianoche, en un aeropuerto semivacío? La última vez me pasó de regreso a Valencia, en Estambul, uno de esos lugares con aeropuertos que necesitan un día entero para visitarse. Una pobre mujer tratando de conectar a Moscú hablando entre español, ruso e inglés, desesperada por no saber hacia dónde ir y su madre enferma en el hospital. En otra ocasión y, sabiendo de las sorpresas que me esperaban en el aeropuerto, llegué en la mañana a Chiangi, en Singapur, a pasar el día. Mi vuelo salía cerca de las 23:00 y ni así acabé de recorrer tiendas, restaurantes, exhibiciones y esquivar a los niños que corren por todos lados como en la feria.Algo increíble que hasta hace muy poco he empezado a poder poner bajo control es el ansia terrible que me entra con solo pensar en los documentos: pasaportes, boletos, visas, en número de la sala. Una sola vez he perdido el pasaporte y una sola vez se me ha ido el avión. ¿Por qué este temor irracional? ¿Por qué la pérdida de sueño dos noches antes? Una vez, cuando tenía como 20 años, iba camino a Laussane, en Suiza, del pueblo de Angers, en Francia. Me fui en tren calculando llegar justo a una fiesta a la que estaba invitada mi amiga la suiza. Mastico el francés, pero el alemán me es totalmente ajeno. Y así, feliz en el tren unas horas, paramos, algunas personas se bajaron, yo me quedé hasta el final de las vías al no haber entendido una sola palabra de las instrucciones. Y estando en mi carro sin saber qué hacer, llegó un individuo tan sorprendido de verme como yo a él. Resultó ser suizo-alemán, taxista, y en las noches se encargaba del correo que llegaba por tren. Nos entendimos como pudimos y me explicó que tendría que esperar hasta las 4 a.m. por el siguiente tren que me llevaría a mi destino. Ya no llegué a la fiesta, por supuesto, y el sacón de onda fue tal que al día siguiente regresé a mi pueblo.El viaje que ahora emprendo promete estar de lo más interesante. Mucha gente, mucha agua, mucho calor, mucha historia. Un crucerito por aquí cerquita para después poder presumir fotos y postales de los monumentos visitados. Estoy bastante tranquila considerando la logística, pero no lo estaré por completo hasta estar metida en mi camarote con documentos y equipaje a mi lado. La hora de la cena también me angustia un poco. El cruzar ese umbral y decir “Mesa para uno” sin temor ni vergüenza, degustar los alimentos sin prisa, a veces incluso terminar con un café y no hacerlo pegada al teléfono tiene mucho mérito. Ya sé que pasadas las primeras dos noches todo me parecerá normal y seguro me preguntaré por qué no lo hago más seguido, pero luego pienso en mi huella de carbono y me siento fatal. Lo que menos quisiera es parecerme a esas celebridades que dicen desvivirse por el medio ambiente, pero viajan en avión privado…Bueno, tal vez un poquito de parecido muy de vez en cuando.Únete a nuestro canal
De viajes y viajeros, escribe Elsa Saavedra
Hace mucho que no viajo sola. Por un lado, esa libertad que se siente sin las prisas, presiones, apuros o disgustos de los compañeritos de viaje. Por el otro, esa especie de incomodidad que implica el viajar en solitario, las miradas raras de otros viajeros, por ejemplo, que aunque cada vez se dan menos, se dan. A mí me gusta inventarle historias a la gente que va y viene y se pierde y luego no hay a quien preguntarle sobre todo en los aeropuertos, los vuelos de conexión. ¿Quién no se ha encontrado en algún país lejano, a medianoche, en un aeropuerto semivacío? La última vez me pasó de regreso a Valencia, en Estambul, uno de esos lugares con aeropuertos que necesitan un día entero para visitarse. Una pobre mujer tratando de conectar a Moscú hablando entre español, ruso e inglés, desesperada por no saber hacia dónde ir y su madre enferma en el hospital. En otra ocasión y, sabiendo de las sorpresas que me esperaban en el aeropuerto, llegué en la mañana a Chiangi, en Singapur, a pasar el día. Mi vuelo salía cerca de las 23:00 y ni así acabé de recorrer tiendas, restaurantes, exhibiciones y esquivar a los niños que corren por todos lados como en la feria.Algo increíble que hasta hace muy poco he empezado a poder poner bajo control es el ansia terrible que me entra con solo pensar en los documentos: pasaportes, boletos, visas, en número de la sala. Una sola vez he perdido el pasaporte y una sola vez se me ha ido el avión. ¿Por qué este temor irracional? ¿Por qué la pérdida de sueño dos noches antes? Una vez, cuando tenía como 20 años, iba camino a Laussane, en Suiza, del pueblo de Angers, en Francia. Me fui en tren calculando llegar justo a una fiesta a la que estaba invitada mi amiga la suiza. Mastico el francés, pero el alemán me es totalmente ajeno. Y así, feliz en el tren unas horas, paramos, algunas personas se bajaron, yo me quedé hasta el final de las vías al no haber entendido una sola palabra de las instrucciones. Y estando en mi carro sin saber qué hacer, llegó un individuo tan sorprendido de verme como yo a él. Resultó ser suizo-alemán, taxista, y en las noches se encargaba del correo que llegaba por tren. Nos entendimos como pudimos y me explicó que tendría que esperar hasta las 4 a.m. por el siguiente tren que me llevaría a mi destino. Ya no llegué a la fiesta, por supuesto, y el sacón de onda fue tal que al día siguiente regresé a mi pueblo.El viaje que ahora emprendo promete estar de lo más interesante. Mucha gente, mucha agua, mucho calor, mucha historia. Un crucerito por aquí cerquita para después poder presumir fotos y postales de los monumentos visitados. Estoy bastante tranquila considerando la logística, pero no lo estaré por completo hasta estar metida en mi camarote con documentos y equipaje a mi lado. La hora de la cena también me angustia un poco. El cruzar ese umbral y decir “Mesa para uno” sin temor ni vergüenza, degustar los alimentos sin prisa, a veces incluso terminar con un café y no hacerlo pegada al teléfono tiene mucho mérito. Ya sé que pasadas las primeras dos noches todo me parecerá normal y seguro me preguntaré por qué no lo hago más seguido, pero luego pienso en mi huella de carbono y me siento fatal. Lo que menos quisiera es parecerme a esas celebridades que dicen desvivirse por el medio ambiente, pero viajan en avión privado…Bueno, tal vez un poquito de parecido muy de vez en cuando.Únete a nuestro canal








