Llegó a España con los bolsillos vacíos y se fue de este mundo igual que la primera vez que pisó el suelo de Madrid. Así se puede resumir de una manera muy escueta, y tal vez bastante injusta, la vida fuera de los cuadriláteros de José Legrá (Baracoa, 1943), el boxeador cubano que ostentó en dos ocasiones el título de campeón del mundo del peso pluma y en otras siete el de Europa. "Fue de esas personas que no valoraban el dinero porque pensaba que nunca se acabaría", comenta el periodista especializado en boxeo Jaime Ugarte. Su habilidad en el ring le hizo convertirse en un hombre bastante rico. "No tengo tanto como Onassis, pero sí lo suficiente para vivir bien", afirmó después de retirarse a los 30 años durante una entrevista con el mítico José María Iñigo en TVE. Aunque solo sean habladurías, se calcula que su fortuna llegó a alcanzar, como poco, los 80 millones de pesetas de la época (unos 480.000 euros), "lo que le hubiera dado para comprarse un chalet en El Viso, tener dos o tres coches de lujo y vivir de las rentas varias generaciones posteriores", apostilla Ugarte.

Lo que ocurre es que siempre se rodeó de amigos y sobre todo de amigas, a quienes agasajaba con perfumes caros, relojes o abrigos de visón, dispuestos y dispuestas para ayudarle a dilapidar su fortuna. "Le gustaban más las mujeres que a un tonto un lápiz", indica el periodista vasco. Era algo que ni el propio púgil cubano se molestaba en disimular. "Lo mejor que me ha dado el boxeo fueron grandes satisfacciones sexuales", llegó a asegurar en el diario Marca. Se dedicó a vivir la vida loca sin mirar nunca hacia atrás. Todos le reían las gracias mientras el viento soplaba a favor. En cambio, muy pocos quisieron arrimar el hombro cuando su cuenta corriente empezó a flojear.