Siempre insistió, toda la vida, la suya y la mía, mi santa madre, que tenía que aprender inglés. Porque si patatín para el futuro, porque si patatán para un buen trabajo, porque hoy en día sin inglés no eres nadie, y todos esos miedos que le meten los lobbistas de las clases particulares a las madres para intentar sacarles las perras. Claro que la insistencia no siempre funciona y yo aprendí el inglés suficiente como para que académicamente me dejasen en paz, pero no tanto como para tener que explicarle, veinte años después, a un policía lo que me pasó la otra noche.

Estuve a punto de no salir, pero acabé con mi amigo Diego bebiéndonos un cuarto de una botella de vino blanco y media botella de un licor que se llama Nobel, que entra por el gaznate como cuenco de natillas y antes de darte cuenta estás borracho como un ancestro mirando a la nada. Estábamos frente al molino de mostaza justo al lado de casa, sentados en un banco, hablando sobre lo idiota que es la gente por aquí cuando quiere y, no obstante, lo majos que son todos cuando quieren algo de ti, al menos por un rato, y sobre lo peligroso que es darle a estos muchachos del norte de Europa la mano, porque te acaban cogiendo el brazo entero.