Cartas desde el subsueloNos horroriza que una madre destruya aquello que deb�a protegerActualizado S�bado,
agosto
00:05Hace unos a�os supe de la existencia de Assia Wevill, la mujer por la que Ted Hughes abandon� a la poeta Sylvia Plath, y de la circunstancia tr�gica que acab� con su vida y la de su hija. Una ma�ana fr�a en Londres del a�o 1969, Assia se asegur� de que por la ventana de la cocina no se colase ni una sola mota de aire. Prepar� un c�ctel con whisky, bien cargado de somn�feros. Mont� una cama improvisada en el suelo y agarr� a su peque�a. Se tumb� junto a ella. Cerr� la puerta y abri� la llave del gas. Y as� murieron, la una pegada a la otra, en un sue�o brumoso.No he podido evitar estremecerme con tu caso y recordar a esta Ofelia maternal, de aura literaria, hermosa y joven, envuelta en una capa de locura suicida y depresi�n. Existe toda una mitolog�a alrededor de las mujeres en el arte que, yacidas en el nombre de la sinraz�n, de las hormonas y del �xtasis qu�mico, se vieron arrastradas por una espiral de ingresos en sanatorios y tratamientos inf�rtiles que las condujeron al exilio mental, al abandono. Al suicidio. En el magn�fico libro Hero�nas (2026), de Kate Zambreno, publicado recientemente por la editorial La U�a Rota, aparecen algunos chispazos de estas vidas sembradas en champ�n y esti�rcol.Pero haya o no un brote psic�tico de por medio, o una salud mental profundamente deteriorada, una madre matando a sus hijos nos produce un cortocircuito muy potente, porque derriba una expectativa biol�gica y cultural que cre�amos incuestionable. El m�s atroz de los actos, el m�s radicalmente antinatural: apretar con fuerza las manos hasta ahogarles con su cord�n umbilical. Nos horroriza que la persona de la que esperamos mayor protecci�n sea precisamente la que destruya aquello que deb�a proteger.Parece que, ante unos hechos tan brutalmente incomprensibles, la idea de maldad que flota alrededor de ti responde a una desafortunada combinaci�n psiqui�trica, de f�rmacos y circunstancias. Pero siempre quedar� la grieta de la duda ante una ecuaci�n de la que nadie puede extraer un resultado completamente fiable.Esto es una posibilidad, porque tan solo existen especulaciones, ya que, ante lo m�s il�gico, nuestro cerebro pone en marcha un dispositivo de evacuaci�n. Si algo resulta insoportable para nuestra raz�n, fabricamos una explicaci�n que permita integrarlo en nuestra cosmogon�a de valores; algo que nos convenza y que extirpe el horror maligno como un tumor fuera del cuerpo, llev�ndolo a un lugar a cierta distancia. Pero, aun as�, no siempre responde por s� mismo a un enigma tan grande y oscuro que, como un agujero negro, succiona todo lo que gravita alrededor, con el consiguiente riesgo de quedar enganchados en un true crime medi�tico que da vueltas y vueltas porque no soportamos que no se resuelva en una �nica tirada.La naturaleza humana, en su versi�n m�s dostoievskiana, no siempre es algo s�lido y predecible dentro de una maquinaria racional. Quiz� lo m�s perturbador es que, pese a reunir todas las piezas, quedar�n muchas preguntas dispersas, resultando imposible reconocer si tu mente dej� de ser ella misma, si dej� de serlo en alg�n momento. Pero ni siquiera una sentencia, sea este cual sea, podr� solucionar la inc�gnita. Y ese misterio ser� siempre irresoluble.Se despide una persona, humana, madre y mam�fera.














