0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialEl arranque del curso político debería proyectar la mirada más allá de una agenda polarizada obsoleta porque la línea de conflicto acerca de cómo nos relacionamos con el poder ya no es ideológica (derecha-izquierda) sino existencial (humano-máquina). El poder para operar en el mundo no lo gestiona territorial y soberanamente el Estado porque la técnica lo ha remplazado. Esta ejerce sobre la humanidad un poder virtual, despolitizado y privatizado a través de la info­esfera. Algo que hace que la Revolución Francesa esté tan obsoleta como las consecuencias que liberó su producto: la revolución industrial. Es urgente pensar las prioridades de la política desde la ontología asociada a la defensa de una condición humana cuestionada por el impacto que sobre ella proyecta una inteligencia artificial (IA) diseñada para modificarla con arreglo a las prioridades utilitarias que se esconden detrás de los algoritmos que la monitorizan.El mayor reto que tiene la política hoy en día es acertar en cómo puede, primero, preservar la autenticidad de la esencia humana ante el impacto que para todos tiene una digitalización radicalizada y acelerada por la IA y, segundo, redefinir el propósito de esta para hacer que esa autenticidad aumente y evolucione en libertad y dentro de un ecosistema de justicia global que sea accesible al conjunto de la humanidad. Martí GelabertUn desafío existencial que exige un tipo de política centrada en los dilemas que comprometen la condición humana, tal como la definió Hannah Arendt cuando la asociaba a las dimensiones de lo que llamó la vita activa. Que es lo que se vislumbra de la mano de una IA convertida en la principal protagonista de nuestro tiempo. Entre otras cosas porque desestabiliza el eje sobre el que ha gravitado la capacitación profesional que habilita para el empleo de la inteligencia que se aplica al desarrollo del mundo del trabajo: la universidad.Si la máquina de vapor fue el motor del capitalismo industrial que hizo que la universidad decimonónica formase de manera especializada a los profesionales que otorgaron a la humanidad la hegemonía intelectual sobre el trabajo que nacía de la colaboración humano-máquina, hoy, la IA, al ser el motor del nuevo capitalismo cognitivo, exige de la universidad un cambio de paradigma radical. Al menos si quiere que el ser humano aporte valor y sentido personal a la interacción con aquella.La IA arrebata al profesional que trabaja con ella la hegemonía del uso de la inteligenciaPor eso, la universidad es tan importante en estos momentos y su reforma el campo de batalla más trascendental políticamente si queremos preservar al ser humano como la medida de todas las cosas dentro de la revolución digital. Sobre todo, porque la IA arrebata al profesional que trabaja con ella la hegemonía del uso de la inteligencia. Primero, porque le quita su plusvalía tecnológica. Y segundo, porque lo aliena dentro de un proceso de cosificación que lo margina progresivamente mientras escala la IA en su subjetivación. Un fenómeno complejo de minoración de la capacidad humana cognitiva, salarial y existencial que lleva a las universidades a tener que repensar profundamente su papel a partir del fundamento humanista que impulsó su nacimiento. Algo, por cierto, que tendrán que hacer ellas, probablemente, por su cuenta y riesgo. Sin contar con la política ni el Estado debido a la obsolescencia de la primera para entender de qué estamos hablado y a la falta de soberanía real del segundo a la hora de gestionar sus capacidades­, también educativas, en el siglo­ XXI.Combatir la barbarie y transmitir la cultura fueron los ejes de la misión que Ortega vislumbró para la universidad cuando la rebelión de las masas agitaba la Europa de los años treinta del siglo pasado. Casi cien años después, esa misión de la universidad sigue siendo necesaria si queremos neutralizar el impacto masivo de una IA. Eso, o convertirla en un museo. Por primera vez desde su nacimiento medieval, la universidad se enfrenta a un dilema que tiene que ver con el riesgo de su cancelación práctica. Si sigue ofreciendo, como hasta ahora, conocimientos especializados asociados a una empleabilidad que se hará cada vez más precaria por el avance acelerado del poder de la IA, o cambiar el paradigma y formar a profesionales para imaginar críticamente el futuro.