La monarquía noruega es especialmente interesante porque se estatuyó mediante referéndum popular en 1905, cuando el país adquirió la independencia de Dinamarca. Su primer rey, Carlos de Dinamarca, que adoptó el nombre de Haakon VII, quiso instalarse en el trono del nuevo Estado solo con la anuencia del pueblo. Y lo logró. Su reinado fue dilatado (1905-1957) y se volvió a legitimar con su oposición militante y ejemplar contra la ocupación de Noruega por los nazis.

Su hijo, el rey Olav V (1903-1991), le sucedió en 1957 y lo hizo como un aclamado 'rey del pueblo' porque, como su padre, empuñó las armas contra el invasor y hasta la década de los noventa del siglo pasado llevó al país a una envidiable estabilidad. Y de esa estirpe ha sido su hijo, el fallecido rey Harald V (1937-2026), que asumió el trono en 1991 y que hasta su muerte ha sido el más longevo jefe de Estado en Europa, 35 años de mandato.

Harald rompió esquemas. Pese a su ascendencia de sangre real, emparentado con todas las familias reinantes en Europa, tomó una decisión inédita que abrió una nueva perspectiva en las monarquías del continente e, incluso, en Inglaterra. En 1968, después de un largo noviazgo mantenido muy discretamente, se casó con la 'plebeya' Sonia Haraldsen, un enlace morganático que requirió el permiso de las instituciones del Estado noruego, después de que el entonces heredero comunicase a su padre que renunciaría a la sucesión si no se le permitía el matrimonio con la hoy reina Sonia. Su familia siempre pensó que Sofía de Grecia, nacida en noviembre de 1938, hija de los reyes Pablo y Federica, resultaría la ideal para acompañar a su hijo en el trono noruego. La historia discurrió por otros vericuetos y la princesa helena se casó con el que luego fue rey de España, Juan Carlos I, unos años antes en Atenas, en 1962. El padre de Felipe VI es prácticamente coetáneo de Harald V porque nació en Roma el 5 de enero de 1938, apenas unos meses después que el rey noruego.