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“Nací en una ciudad que ya no existe”.

Con la ausencia como punto de partida para la enunciación, la última película de Lina Rodríguez reconfigura territorios, heridas y afectos a través de los gestos de la ficción cinematográfica más rigurosa. La directora filma trazando líneas paralelas entre su historia familiar y la historia nacional, que no paran de confluir en una cronología de narraciones fragmentadas y discontinuas.

Puntos de fuga se mueve entre la correspondencia fílmica, el ensayo y la confesión. Dos voces, la de la madre y la de la hija, se funden, se interceptan, se corresponden como ecos que resuenan en un espacio liminal. En ocasiones cada una de estas voces habita una temporalidad, dolor o lugar propio, pero pronto la convergencia se sobrepone; más que relatos individuales se construye el testimonio de un universo filial compartido. Todo lo que se aleja converge, todo lo que se despide se encuentra. La película entera dirige hacia ese horizonte imposible que conecta pasado y presente, Colombia y Canadá, una generación y otra.