El bi�logo hizo una predicci�n incorrecta sobre una posible crisis de sobrepoblaci�n debido a su desprecio a la iniciativa y capacidad econ�mica de las personas, al igual que Thomas Robert Malthus en el a�o 1798.El pasado 13 de marzo muri� Paul Ehrlich, el bi�logo estadounidense y profesor de Stanford que tuvo un gran �xito equivoc�ndose a prop�sito de la grave e inminente amenaza que representaba la sobrepoblaci�n del planeta.En 1968, Ehrlich public� con su esposa Anne el libro The Population Bomb. Los augurios del apocalipsis suelen tener �xito, y el libro lo tuvo, con un c�lebre comienzo: "La batalla para alimentar a la humanidad ha terminado" y un terrible pron�stico: "En los a�os 1970 cientos de millones de personas morir�n de hambre". La �nica soluci�n ante la explosi�n demogr�fica era el control artificial de la natalidad.Volv�a el espectro maltusiano, solo que el reverendo Thomas Robert Malthus, que tambi�n tuvo un gran �xito augurando una cat�strofe demogr�fica en 1798, no aprobaba el control artificial de los nacimientos sino lo que llam� "restricci�n moral", es decir, la demora en los matrimonios, como, por cierto, hizo �l mismo, que se cas� tarde, tuvo tres hijos y ning�n nieto.El mensaje alarmista de Malthus fue ampliamente compartido. De hecho, solo un economista destacado se atrevi� a refutarlo. Fue su amigo Nassau William Senior, que observ� que los seres humanos pod�an cambiar el n�mero de hijos que ten�an conforme evolucionaban su riqueza y educaci�n, y que la hip�tesis fundamental de Malthus, a saber, que la productividad de la agricultura no pod�a crecer como la de la industria, no era v�lida. Acert� en las dos observaciones.Otro economista, Julian Simon, profesor de la Universidad de Maryland, se atrevi� a desafiar a Ehrlich con una c�lebre apuesta. Argument� que, si la poblaci�n explotaba, entonces la presi�n sobre las materias primas har�a aumentar sus precios. Le dijo a Ehrich en 1980 que eligiera cinco metales y Simon le apost� a que sus precios iban a caer en los siguientes diez a�os, porque no iba a haber ninguna calamidad demogr�fica, porque para Simon la gente no era un peligro sino un recurso, el recurso definitivo, como titul� su libro de 1984.Ehrlich acept� la apuesta y la perdi�. Como apunt� Gale Pooley en un reciente documento del Institute of Economic Affairs, los cinco metales elegidos por el bi�logo -cobre, cromo, n�quel, esta�o y tungsteno- "con precios ajustados a la inflaci�n hab�an ca�do un 36 por ciento en 1990". Ehrlich pag� la apuesta, pero jam�s acept� que estaba equivocado.Record� sus declaraciones de 2004 Daniel Rodr�guez Herrera en Libertad Digital: "Algunas de mis predicciones no se han cumplido. Por ejemplo, las hambrunas han sido menores. Pero sigue siendo horrible, con cerca de 600 millones de personas hambrientas y miles de millones con problemas de malnutrici�n". Lo que no dijo fue que las cifras no hab�an hecho sino mejorar desde hac�a d�cadas.La apuesta que perdi� Ehrlich era en realidad sobre la libertad humana y los mercados, en los que Simon cre�a, y pensaba que la gente, ese ultimate resource, se las ingeniar�a para hacer frente a la escasez. Editorializ� The Wall Street Journal: "Hoy las naciones como China que practicaron con gran entusiasmo el control de la poblaci�n est�n muy preocupadas por la falta de nacimientos. La vida de Ehrlich es una lecci�n sobre c�mo hombres brillantes pueden caer cautivos de malas ideas que se convierten en modas intelectuales y causan un enorme da�o. Pero al menos pag� la apuesta".Seg�n los c�lculos de Pooley, no fue la suerte la que le dio la espalda a Ehrlich sino su desprecio a la iniciativa econ�mica y tecnol�gica de las personas.Marian L. Tupy, del Instituto Cato de Washingon, y coautor con Pooley del notable libro Superabundancia escribi� en The Dispatch: "La mente maltusiana no percibe la capacidad humana para cooperar, intercambiar, descubrir, inventar y adaptarse. �Por qu� se equivoc� Malthus? En parte porque el pensamiento maltusiano, que Ehrlich comparte, reduce a los seres humanos a sus apetitos. Ve m�s bocas y est�magos, pero no m�s manos y mentes".