La melodía de la gaita charra y el tamboril abrirá las puertas de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, en La Alberca. Dulce y solemne, el sonido despertará la atención y la curiosidad de los que aguardan en el Solano. La atención de los vecinos, que de sobra conocen lo que anuncia la ancestral sonata. Y la curiosidad de los visitantes, no demasiados en comparación con el gentío que acude el Diagosto, la fiesta patronal, allá por mitad del mes de agosto. El próximo domingo 7 de junio se celebra el dia grande del Corpus Christi, la otra festividad grande del pueblo enclavado a los pies de la Peña de Francia.Visitar la localidad salmantina reconocida por su belleza —fue el primer pueblo de España declarado Conjunto Histórico Artístico, en 1940— es aconsejable en cualquier momento del año. Pero hacerlo en Corpus Christi es una suerte de viaje al pasado, asistir a una tradición medieval que ha llegado a nuestros días sin perder su fuerza y significado primigenios. Muestra del orgullo popular albercano, cuelgan de las fachadas de las casas lienzos y paños cubiertos por extraordinarios bordados familiares. A sus pies, las mujeres se pasean con su vistoso traje popular. Vivamos una experiencia que solo sucede este día.Tras el gorjeo de la flauta y el repique del tamboril, por la puerta del templo surge la procesión que subraya la festividad más querida por los vecinos. La celebración comienza a las doce con la misa solemne, aunque el Corpus lo ha hecho mucho antes. Desde primera hora, al despuntar el alba, las gentes ya están barriendo las calles y adornando el aire con colgaduras. Levantan altares que rebosan de estampas, exvotos y ofrendas sagradas. Se ha sembrado el achinarrado del suelo con un salpicón de flores cuyos nombres nada dicen al urbanita: andagallo, magarza, pata de gallina… Y lo más señalado: ventanas, fachadas y balcones se pulen, adornan, para entendernos, con paños, colchas, mantelerías y mantones desbordados de bordados antiguos, tejidos por las hábiles e incansables manos de generaciones de mujeres albercanas. Solo en este día surgen de los arcones los primorosos bordados serranos, maquilas ancestrales pulidas con el paso del tiempo, que visten de gala a La Alberca entera. Devota manifestación vecinal, es el reflejo de lo mucho que aquí se valora lo propio. Don Alfredo Fernández Gutiérrez, 13 años párroco del pueblo, lo sabe bien: “Ya tengo un cierto recorrido, y lo que veo es que para la gente del pueblo el Corpus es la fiesta más importante. Percibo cómo lo viven. La Asunción es una explosión de alegría, de jolgorio, de todo. Es más de cara al exterior, hacia la gente que viene de fuera, pero la fiesta que más quieren los albercanos es el Corpus. Yo me emociono mucho al verlo”, reconoceo. El alcalde Miguel Ángel Luengo coincide con el párroco en señalar el sentimiento íntimo del Corpus para sus convecinos: “Para nosotros, es una fiesta especial, la vivimos como ninguna otra. Es la celebración de nuestro patrimonio, el día que regresan al pueblo albercanos desde todas partes, para vivirla y celebrarla con orgullo”. Orgullo de orear la colcha que hiló la abuela María. Orgullo de Angelita al sacar del arcón sus trajes tradicionales para vestir a las mozas. Orgullo de Soledad al hacerle el peinado de rodete, prendido con las ancestrales horquillas de oro con forma de paloma, a una niña vestida para la ocasión. Orgullo de toda la vecindad de pulir balconadas, ventanas y fachadas con sus mejores bordados.Minuciosamente hilados en telas de lino con hebras de lana, estambre y seda, con los tradicionales rojo, verde, amarillo y azul, a los que en tiempos recientes se han sumado el malva, salmón, verde prado y azul cobalto. Las pacientes puntadas de las albercanas dan alma a colchas, mantelerías, paños, mantos, pañuelos y mantones. De temática zoomorfa y vegetal, sus hechuras distópicas conforman un universo simbólico. En el Corpus, leones, jabalíes y otros animales salen de los arcones; grifos y dragones descienden de los sobraos por las estrechas escaleras mataviejas hasta colgar de los balcones y las águilas bicéfalas abren sus alas en mitad de las fachadas. Cada animal, cada motivo, tiene un simbolismo propio. El león representa el poder y la fuerza viril del hombre; las pájaras, palomas, pollas y otras aves de una sola cabeza, a la mujer. El águila bicéfala, el matrimonio y la trucha, la fertilidad. Con frecuencia, el león ocupa el centro del paño, rodeado por una cenefa fitomorfa que desborda claveles, tulipanes, clavelinas, rosas, azucenas y otras flores y frutos como castañas y guindas. Declarados Bien de Interés Cultural, los bordados serranos muestran influencias egipcias y persas y en diferentes maquilas de México, Guatemala y otros países americanos aparecen dibujos y motivos similares, a buen seguro llevados al llamado Nuevo Mundo por los conquistadores que hace cinco siglos salieron de estas tierras.Un grupo de niños y niñas vestidos de blanco inmaculado y el palio encabezan la procesión. Junto al cura, los mayordomos y cofrades del Santísimo, severos dentro de sus recias capas y sobrecapas castellanas. La primera parada sucede ante el altar que se alza en la rinconada que lleva a las Espeñitas. Este altar es el último incluido en el ceremonial. Lo instaló hace un par de años Don Alfredo. “Era de recibo señalar la casa parroquial donde vivió Don Marino, que estuvo más de treinta años al frente de nuestra parroquia”, explica el cura.Los sones del pasacalles marcan el paso de la comitiva. Tras el palio, la vecindad en pleno. Los redobles de la porra contra la tripa del tamboril son los peldaños por los que asciende el gorjeo de la gaita charra, que brinca, hace filigranas y flota en el aire. Vecinas y vecinos portan los estandartes. Residentes y emigrantes, familiares y amigos, viejos y jóvenes. Todos juntos. Engarce de mística tradicional y maneras contemporáneas, los trajes tradicionales se entremezclan con camisetas y vaqueros rotos, los pañuelos a la cabeza anudados a la serrana junto a las pelambreras moradas y los cortes de pelo undercut, los pendientes charros herencia de la abuela al lado de orejas con media docena de piercings. La Esquina del Tornero, la Balsada, El Chorrito… calles enteras pulidas de paños y fervor vecinal. En uno de los altos, Don Alfredo eleva la Custodia rescatada del olvido. La encontró hace un par de años en un rincón de la sacristía. De plata, preciosas hechuras y casi un metro de alta, la han restaurado orfebres valencianos. Su brillo es orgullo de la parroquia. “Esta festividad engancha bastante a la gente. Y esto es una de las mejores cosas de los albercanos: que valoran mucho lo suyo, hasta los más jóvenes lo hacen. Y es garantía de que estas tradiciones van seguir mucho tiempo”, sostiene dichoso el clérigo.Igual que los trajes tradicionales que hoy lucen los albercanos. Excelsa expresión del alma charra, remiten más allá del siglo XVII. Austeros los masculinos, en ellos brilla la botonadura charra de plata, soberbios los que visten ellas. De media docena presumen. Entre todos, destaca el traje de vistas, una de las más ricas y hermosas vestimentas del acervo español. Complejo y barroco, inagotable en sus manteos, su asombro lo componen sayas, refajos, mandiles, bernios, jubones y encajes de bolillos, todo primorosamente hilado con los mismos bordados que cuelgan de las fachadas. Muestra de ostentación del poderío y la riqueza de las familias, el traje de vistas antaño se utilizaba en las bodas. Hoy las albercanas lo lucen el día del Corpus. La hermosura de este traje se completa con la collarada, conjunto de alhajas inigualable de la orfebrería popular española. Los collares de vuelta grande y media vuelta son las piezas principales, junto a la exclusiva brazalera, cadena de plata fijada al hombro. De ellos cuelga un cúmulo de piezas que expresan el sincretismo profano y cristiano que conforman las creencias serranas. Amuletos, medallones, patenas, relicarios, carretes, cruces, corazones, galápagos —colgantes articulados de forma geométrica con filigranas de inspiración lusa—, el rosario junto a la garra de tejón y la media luna, protectores del mal de ojo, enfermedades y la mala suerte. Destacan los robustos cilindros de coral rojo, protectores de la salud cuya procedencia hace mirar a Al-Andalus y al cercano Portugal. Se alternan con rotundas bollágaras, cuentas esféricas de plata inspiradas en las agallas de los robles que rodean el pueblo. Con un peso cercano a los 10 kilos, la collarada cubre todo el frente de la mujer y se prolonga hasta por debajo de las rodillas. Traje y alhajas no ocultan su ascendencia oriental, íbera, visigoda, islámica y judía. Junto con las arracadas, grandes pendientes de oro circulares cuajados de filigranas, vestidas con el traje de vista, las albercanas remiten a la figura ancestral de la Dama de Elche. Son herencia familiar, algunas desde hace más de un siglo. Se siguen fabricando. El orive Chema Méndez es uno de los artesanos que perpetúa estas joyas. Sus manos son capaces de hacer cualquier filigrana a la manera tradicional, incluida la alhajería entera que acompaña al traje de vistas. “En hacer una collarada completa se puede tardar un año”, relata Méndez, tercera generación de una familia de orfebres que abre tienda y taller en el pueblo. El precio, según el encargo, pero por encima de 20.000 euros la más sencilla. “De ahí en adelante, lo que se quiera”.Sigue su rumbo la comitiva hasta la plaza Mayor. En el crucero se ha erigido el más espectacular de los altares. Teorema de mística tradicional, bordados, ramos, estampas, amuletos, medallones y una talla del niño batueco, imagen del Niño Jesús, lo conforman. Las ofrendas se esparcen por el empedrado, tapizan el pilón y los polletes, trepan por las escaleras de la cruz y se continúan con los paños que tapizan las fachadas de la plaza. Ante el altar, bendice el cura a los niños, todos ellos vestidos con trajes tradicionales, sin que les falte un detalle, quietitos, las caras desbordadas de infantil expectación, un punto amedrentados los más chiquitos.En la calle Llanito se pasa ante la Casa del Guinda, personaje irrepetible del acervo albercano. Legendario tamborilero que fue alma de las fiestas serranas hasta su fallecimiento hace pocos años. Su dominio de la gaita —aseguran que tuvo una de caña de hueso de buitre— era tal que, si aparecía en un concurso, el resto de tamborileros abandonaba la competición. Una estatua le recuerda a la salida del pueblo. Han pasado dos horas y la procesión regresa al Solano Bajero. En el mismo sitio donde dentro de dos meses se representará La Loa, uno de los actos sacramentales más antiguos de España, el párroco da la bendición solemne a los fieles, mientras los críos lanzan las flores que han llevado pacientes en sus cestitos toda la mañana. La Custodia regresa al templo. El resto del día, hasta el rosario a la caída de la tarde, los albercanos la seguirán velando. Así llevan haciendo hace siglos.