27 de agosto, 2026 - 08h00En mi larga vida profesional colaboré como profesora de la Facultad de Jurisprudencia de la Católica durante 23 años. Mi materia pretendía poner las bases del buen decir y escribir de los futuros abogados, que yo recibía en gran número, pero que mis exigencias –convencida de que la universidad no puede tomarse a la ligera– filtraban hacia el meollo de la carrera. Yo aprendí más que mis alumnos porque me dediqué intensamente a las diversas caras del idioma, identifiqué los rasgos de la juventud de esos tiempos y se me hizo familiar el ambiente de las leyes.Me acabo de reunir con miembros de la promoción 1992 y he saboreado los recuerdos y he alimentado las reflexiones que el grupo me inspira. Creo que todo el país ha visto el deterioro de la imagen de esa profesión, a costa del gradual desapego de la observancia de la ley, manejos subterráneos y flagrantes incumplimientos, que se han instalado en la desconfianza generalizada con que se mira la actuación de los abogados. Recordé que en los pasillos de la universidad alguno me repitió aquello de “emitida la ley, creada la evasión” o algo así. Mi reencuentro fue feliz y me dio gusto conocer los derroteros de varios exalumnos: gente que ha probado el ejercicio dentro de los ámbitos privado y públicos, provistos de conocimiento y experiencia y que no se arrepienten de su elección profesional porque la saben necesaria. Lo mejor de estas reuniones es que cada uno de ellos tiene memoria de actos específicos en que sus profesores estuvimos involucrados y con madurez y benevolencia se ríen de ellas o las comprenden. Uno me recordó que aprobó mis dos materias en tercera matrícula y con la nota mínima. Con otro grupo tuve un estudiante que ingresó alcoholizado y cuando ya se engallaba, lo expulsé del salón y sus compañeros lo condujeron a la puerta. Anécdotas que nos hacen sonreír, pero que no son obstáculos para los recuerdos en serio. Los 60 alumnos que se convertían en 21 al graduarse habían abrevado su formación de verdaderos profesores, que cultivaban la cátedra por vocación (los honorarios por hora de clase eran irrisorios), que daban ejemplo con puntualidad, actitud y experiencia inmediata de sus quehaceres propios, que pasaban capítulos fotocopiados de libros inconseguibles para el alumnado, que iban creciendo con la emisión de nuevas leyes. Los seis maestros que estuvimos en la reunión escuchamos palabras de gratitud y alegría, de entendimiento y desenfado. Soy consciente de que no es esta una reacción generalizada, que hay por allí personas que confesaron que yo “les dañé la vida” porque reprobaron, que tuvieron que cambiar de carrera y alimentan resentimientos. En cambio, defiendo que el abordaje de las iniciales exigencias fortalece la personalidad y predispone para la compleja asunción de la vida. Cuando un profesional que ha pasado por mis aulas me dice que sabe escribir porque asimiló mis enseñanzas, que frecuenta la lectura, siento que cumplí una indispensable tarea. Sé que los desafíos educativos actuales –como la IA que escribe por los estudiantes– son mayores. A la universidad le corresponde transformar su metodología. (O)
Cecilia Ansaldo Briones: ‘Mis’ abogados | Columnistas | Opinión
Cuando un profesional me dice que sabe escribir porque asimiló mis enseñanzas, que frecuenta la lectura, siento que cumplí una indispensable tarea.








