El 27 de agosto, el santoral católico conmemora la festividad de Santa Mónica de Hipona, una de las figuras más veneradas de la cristiandad universal. Nacida en Tagaste en el siglo IV, esta humilde y virtuosa mujer africana consagró su existencia a la conversión espiritual de su familia, convirtiéndose en el símbolo imperecedero de la maternidad cristiana y la oración incansable. Santa Mónica de Hipona y la incansable oración por la conversión de su hijo Casada con Patricio, un funcionario pagano de carácter violento, logró convertirlo antes de su muerte gracias a su bondad incondicional. Sin embargo, su mayor prueba espiritual fue su hijo Agustín, quien llevaba una vida descarriada y alejada de los dogmas de la Iglesia. Mónica ofreció constantes ayunos por la salvación del alma del joven intelectual. Durante más de catorce años, persiguió a su hijo por Cartago, Roma y Milán implorando el amparo divino. En la ciudad milanesa halló el consuelo de San Ambrosio, quien pronunció la famosa profecía que consolaría su atribulado corazón: es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas. Poco después, presenció el bautismo de su amado hijo.

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