A Raúl Perrone no le interesa la queja entendida como mero ejercicio retórico. Cineasta rabiosamente independiente que trabaja hace casi cuarenta años al margen de los circuitos convencionales de producción y exhibición del cine argentino, asegura que mejor que decir es hacer. Su reacción personal frente al deterioro que vive hoy el cine argentino, con el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) prácticamente paralizado desde que asumió el gobierno de Javier Milei, es seguir filmando. A su manera, con los recursos que tiene a mano, apelando a la inventiva para sostener un sistema de producción mínimo. “Cuanto más caliente estoy con lo que pasa en el país, con el Presidente o con algo que dijo, más quiero salir a filmar”, asegura. Para Perrone, una película también puede ser una forma de protesta. En vez de quedarse lamentándose, prefiere salir a rodar.La postura encaja con una carrera extensa y coherente. Nacido en Ituzaingó en 1952, Perrone lleva más de tres décadas convirtiendo ese territorio del conurbano en lo que el crítico Roger Koza definió como “su propia Cinecittà”. Allí hizo la inmensa mayoría de sus más de 60 películas, transformando ese entorno con mucha imaginación cuando lo demandaron las circunstancias. Su método convirtió la escasez de recursos en una estética propia, reconocible, muchas veces caracterizada por la experimentación: sobreimpresiones, elipsis, discontinuidades narrativas, complejas capas sonoras. Cada película de Perrone es una exploración, una auténtica aventura. Este año recibió dos reconocimientos por su vasta trayectoria: uno en el Bafici, donde es el realizador argentino más programado de la historia del festival, y otra de Directores Argentinos Cinematográficos (DAC). Su obra, además, ha tenido retrospectivas y homenajes en la Viennale, el Festival de los Tres Continentes de Nantes, el MoMA y la Cineteca de México. También fue objeto de focos y estudios en la Universidad de Oxford. "La única enfermedad que tengo es hacer películas", dice Raúl PerroneGentilezaEl jueves 27 de agosto se estrenará en el cine Gaumont CIN3 FILI4, exhibida con entradas agotadas en la última edición del Bafici y protagonizada por Juan Gerlot, Francina Adeff y Francisco Bereny, tres jóvenes que se la pasan hablando de cine y de amor (la semana pasada, también en el Gaumont, se repuso P3nd3j05, film que Perrone estrenó en 2013). Por su estilo, CIN3 FILI4 parece dialogar abiertamente con la nouvelle vague, en especial con la obra temprana de Jean-Luc Godard, pero Perrone jura que sus referentes son otros, mencionados en esas largas conversaciones cinéfilas de su nuevo largometraje: Robert Bresson, John Cassavetes, Leonardo Favio…La película también condensa su manera de trabajar. Rostros anónimos del conurbano irrumpen en primer plano dentro del relato, lo interrumpen imprevistamente -un procedimiento que no es nuevo en su cine-, y el sonido ambiente aparece, desaparece o se transforma, como si también pudiera independizarse del relato principal. Perrone no busca explicar esos recursos ni adjudicarles un significado cerrado. Dice que los va descubriendo mientras hace la película. Esa libertad, afirma, es precisamente la que lo motiva a seguir haciendo películas. −CIN3 FILI4 habla mucho de cine y de una forma de cinefilia que parece estar desapareciendo. ¿De dónde surgió la idea de la película?−Me vinieron ganas de contar eso. Noté que se perdió un poco la charla, esa sinergia alrededor del cine. Antes terminabas una función y podías quedarte hasta las tres de la mañana hablando con los pibes que habían visto la película. Eso era muy lindo porque tenías la devolución en el momento. Igual, el cine es un pretexto. Básicamente, quería hacer una película de amor, en estos tiempos de mierda que estamos viviendo. También puse algunas opiniones mías sobre directores que me gustan y otros que no, pero lo que más me interesaba era contar una historia de amor.Raúl Perrone distinguido por su trayectoria en el Bafici nicolas astarita−Es curioso que la película reivindique esa conversación cinéfila cuando usted dice que prácticamente ya no va al cine.−Sí, yo hablo de cine, pero no voy al cine. Tengo un microcine acá en casa, me bajan películas y miro cosas mientras trabajo. Voy al cine cuando tengo que acompañar alguna película mía, sobre todo al principio. Antes sí me juntaba con la gente que trabajaba en las películas y después nos íbamos a un bar a charlar. Era lindo escuchar qué pensaban de tu película y hablar también de otras. Pero nunca fue mi motivación principal. La única enfermedad que tengo es hacer películas.−¿Y sigue viendo cine argentino contemporáneo?−Sé lo que se hace porque hoy la información te llega todo el tiempo, pero la verdad es que no veo algo que me vuele la cabeza. Veo películas que se parecen unas a otras. Están muy bien filmadas, son muy prolijas, pero muchas no me transmiten nada. No aparece alguien que yo diga: este tipo es distinto. Como lo era Favio, por ejemplo. Veo sus películas y me siguen emocionando. Sabía dirigir actores, sabía cómo tenían que decir las cosas y buscaba la emoción. −La película tiene referencias muy evidentes a la nouvelle vague y hasta la protagonista, Francina Adeff, recuerda físicamente a Anna Karina. Pero usted dice que Godard no le gusta.−No, a mí Godard no me gusta. Más que un homenaje, hay también una crítica. En cambio soy un enamorado de Cassavetes. Y lo de Anna Karina me lo dijeron después de haber empezado el rodaje, la verdad. Yo no elegí a la actriz por eso. La encontré, me gustó cómo se manejaba, cómo hablaba. Cuando empezamos a filmar me di cuenta de que tenía un aire a Anna Karina.P3ND3J05, su película anterior−¿Cómo eligió al elenco?−Uno de los chicos que venía al taller me habló de amigos a los que les gustaba mucho el cine. Pedí que me mandaran un video por WhatsApp contando quiénes eran, qué películas les gustaban. De unos treinta elegí a estos chicos que están en la película. Y entre ellos no se conocían, que es algo que también me gusta. No me interesa poner a dos personas que ya son amigas haciendo de amigos. Nos encontramos directamente para filmar. Me interesa buscar esa verdad, no que vengan con un texto aprendido como si tuvieran un machete.−¿Por eso trabaja tanto con la improvisación?−Sí. Hay algunas cosas guionadas, pero casi todo es improvisación. Les mandaba películas para que vieran y después trabajábamos sobre eso. La historia era simple: tres pibes a los que les gustaba el cine, que se juntaban a hablar. La manera en la que se relacionan la fui encontrando mientras hacía la película. Cuando digo que las películas “se van haciendo” mientras la voy rodando no es una frase hecha. Nunca sé cómo va a terminar una película que empiezo a filmar. Eso es lo maravilloso. Si supiera cómo empieza, cómo se desarrolla y cómo termina, no la haría. Me aburriría.−También trabaja de una manera muy particular con los actores: si una toma funciona, aunque haya un pequeño tropiezo o una imperfección, la conserva.−Siempre. Si no pasa algo muy grotesco, me quedo con la primera toma. Me parece la más creíble. Después, cuando hacés repetir, empieza a aparecer otra cosa. A veces los directores repiten por inseguridad. Si hacés diez tomas y después me las mostrás, yo por lo general sigo pensando que la primera es la mejor. La vida también tiene tropiezos. No pienso en la prolijidad. Yo busco la poesía."Lo que me preocupa es que muchos tienen la obsesión de que sin guita no pueden hacer una película", plantea −En la película el sonido tiene una presencia muy fuerte: ambientes que se cortan, irrupciones, silencios. ¿Cómo pensó ese aspecto de la película? −No lo pienso, lo hago. Algunas cosas puedo pensarlas antes, pero después ni siquiera sé si las voy a usar. Todo aparece en el montaje. Algo que pensé para el principio de una película puede terminar en el final. Es como un rompecabezas que voy acomodando mientras hago la película. Cuando edito es como hacer música: voy buscando matices. Trabajo mucho con el sonido y con el fuera de campo. Ahí va apareciendo la película.−¿El montaje es entonces el verdadero centro de su método?−Para mí es fundamental. Filmo una vez por semana, los viernes. Esta película la debo haber filmado en unos diez viernes, pero estuve editando durante mucho tiempo. Si pudiera editar sin filmar, no filmaría. Filmando la paso mal. Cuando estoy sentado solo editando, me vuelvo loco. Trabajar los sonidos, la música… Jugar con todo eso es lo que más me gusta y lo que me sigue dando ganas de hacer películas.−Después de más de sesenta películas, casi todas hechas en Ituzaingó, ¿ese territorio nunca terminó convirtiéndose en una limitación?−No, para nada. Al principio también tuvo que ver con la plata: yo no podía irme a filmar a cualquier lado. Entonces convertí esto en mi escenario, y quizás puse a Ituzaingó en el mapa del cine argentino. Pero el lugar no te limita. Después de tantos años sigo encontrando cosas que no había visto o vuelvo a mirar algo y me sugiere otra película. Y trato de que no sean copias unas de otras. Se puede identificar que son películas mías, pero siempre intento ir por caminos distintos.−Usted da un taller desde hace muchos años. ¿Qué ve hoy en los jóvenes que quieren hacer cine?−Vienen pibes muy jóvenes, muchos que estudian en universidades, y se entusiasman porque el taller es hacer: no hay teoría, hay práctica. Lo que me preocupa es que muchos tienen la obsesión de que sin guita no pueden hacer una película. Antes de tener algo en la cabeza ya están pensando en el catering, la grúa y todas esas boludeces. Yo pienso al revés: tengo una idea y trato de encontrar la manera de hacerla. −En pocos meses recibió dos premios a la trayectoria, en el Bafici y en DAC. ¿Qué significan a esta altura?−Está bueno recibir cariño, que reconozcan tu trabajo. Pero los disfruto en el momento y después sigo con lo mío. No me duermo pensando “mirá, me dieron un premio a la trayectoria”. Al otro día hay que pensar en hacer otra cosa y seguir para adelante. Soy bastante desprendido con eso.−También ha dicho que no se considera “cineasta”. ¿Qué le molesta de esa palabra?−Me gusta más decir que soy un tipo que hace películas. “Cineasta”, “director de cine”... Son títulos a los que no les doy demasiado valor.−Aunque usted siempre trabajó al margen de la industria, ¿cómo observa la situación actual del Incaa?−No me gusta hablar mucho de eso porque no es un mundo en el que me interese meterme. Por supuesto que estoy a favor de que exista una ley y de que la gente pueda filmar. Que debería haber una línea para los que hacemos películas con menos guita lo vengo diciendo desde hace treinta años. Sobre todo para los que hacemos películas todo el tiempo, no una cada cuatro años. Pero personalmente nunca me interesó ir a pedir créditos ni entrar en esa burocracia. Me emboló. Yo quiero hacer películas.−¿Cómo definiría el ambiente cultural argentino actual?−Está golpeado. Muchos dicen que volvimos a los noventa, pero estamos bastante lejos de eso. Los noventa fueron una década culturalmente explosiva: las revistas, los eventos, el cine en las plazas... Fue una época hermosa. Pero ahora también aparece una oportunidad de trabajar austeramente, de encontrar otra manera de hacer las cosas. En vez de quedarte en tu casa llorando o quejándote, andá y hacé. Esa es mi postura. Cuando más caliente estoy con lo que pasa en el país o con el Presidente, más ganas tengo de salir a filmar. Llamo al que hace cámara y le digo: “Dale, vamos”. Esa es mi manera de quejarme.Cine argentinoEntrevistasCine