Llegan noticias desde la ciudad de Córdoba: buenas y luminosas en sí mismas y, en especial, dado el aciago tiempo en que vivimos. La adjetivación no es veleidosa. Tanto La noche está marchándose ya como Para hacer una película solo hace falta un arma son films que encienden el corazón de hombres y mujeres; tienen el fuego sagrado, el que se necesita para reconocer aún los lazos directos entre el cine y la vida, o el modo en que las películas ayudan tanto a imaginar otros destinos posibles para el mundo como, sin más, a creer en él y las personas. ¿Vivir y filmar son verbos transitivos? Al menos así es en la gramática en que están soñadas las películas mencionadas.El escenario central de La noche está marchándose ya es literalmente ese lugar donde se ha cimentado la cultura cinematográfica seminal para la mayoría de los cineastas cordobeses de este siglo. El Cineclub Municipal Hugo del Carril es el equivalente (y no es un juicio hiperbólico) a lo que pudo haber sido para los jóvenes miembros de la Nouvelle Vague la sala de la Cinemateca francesa: un hogar del cine y un espacio de entrenamiento de la sensibilidad y el pensamiento.Esta aseveración puede verificarse en varias escenas indelebles donde el personaje principal proyecta películas para él y sus amigos, moradores de la calle, que vienen en la noche y lo acompañan. Los recortes presupuestarios de la institución para la que trabaja el Pelu y la situación de un país hicieron del proyectorista un sereno. Uno de los placeres mayores de La noche está marchándose ya sucede en esa sala cuando el Pelu ve una película de Ozu u otra de McCarey o de L’Herbier. No importa el título en cuestión, en todas, el personaje repasa lo que sabe o aprende algo nuevo con las películas, y nunca está disociado de la propia realidad. A través del cine entiende el orden de las cosas y sueña con otra configuración de la vida en común.La noche... retoma el mismo procedimiento que Federico Veiroj empleó en La vida útil para investir de ficción un espacio real como la Cinemateca uruguaya imaginando también su capitulación. La precariedad económica siempre está presente o latente, tanto en Uruguay como en Argentina, pero la diferencia reside en que Uruguay nunca tuvo un gobierno que ataque al cine con semejante alevosía e ignorancia como el actual gobierno argentino. Lo que amenaza al cine y a cierta cultura de la fraternidad asociada a él (que los realizadores Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas vindican) no es conjetural: el contrapunto de este cuento de cine es la mismísima realidad argentina de 2026.Los 60 y 70La realidad argentina de las décadas de 1960 y 1970 es la materia prima de Para hacer una película solo hace falta un arma. Los materiales de la película son viejos rollos de películas hallados en algunos depósitos de lo que fue una cinemateca universitaria (casi desconocida) que dejó de existir en 1976. En Córdoba se filmaba mucho, no siempre se terminaban las películas, pero los fragmentos que han sobrevivido a la desidia estatal y a la sevicia de los perpetradores de la dictadura cívico-militar permiten intuir para aquel tiempo una efervescencia desconocida en materia cinematográfica.En un primer momento, la película de Santiago Sein luce como un documental que pone en marcha una titánica tarea genealógica por reconocer y clasificar decenas de películas cuya existencia, en ciertos casos, se ignoraba. A medida que avanza, los planos de tantas películas dispares (algunas experimentales, otras propias de retratos juveniles de la época, muchas militantes) empiezan a ordenarse imperceptiblemente cuando Sein “descubre” varios archivos de sonido de un sonidista que suele verse en varias secuencias de distintas películas.Es el momento en que Sein entiende que el mejor modo de honrar a esas películas (olvidadas, perdidas, inconclusas), a sus hacedores y a las personas retratadas pasa por extraer lo imaginado y deseado por quienes hoy, en su mayoría, son espectros (pero que vuelven a la vida en esas latas) ensamblando los signos dispersos de aquellas películas en un relato caleidoscópico en el cual se entreteje una promesa de emancipación colectiva con otra de mayor libertad en todos los órdenes de la existencia.La noche está marchándose ya y Para hacer una película solo hace falta un arma sintetizan el momento de mayor esplendor del cine cordobés. Ambas películas son la expresión más lúcida y lúdica de una larga experiencia colectiva y cinéfila que empezó a mediados del inicio de siglo y cuyo momento actual, pese a todo, es creativamente pujante y asombroso.*La noche está marchándose ya se presenta los sábados de junio, a las 20.15, en Malba Cine; y entre el 4 y el 11 de junio en la Sala Lugones (Corrientes 1530).*Para hacer una película solo hace falta un arma se presenta los viernes de junio, a las 19.30, en Malba Cine (Figueroa Alcorta 3415).PC