NoticiaEl mexicano compartió cómo es conseguir inversión en el cine independiente y convencer a actores de talla mundial a creer en sus proyectos.Director de cine Alonso Ruizpalacios Foto: Alejandra CarvajalPERIODISTA09.07.2026 11:14 Actualizado: 09.07.2026 11:14
Se ganó el premio Ariel a Mejor Dirección en 2015 y 2022, y el Oso de Plata al Mejor Guion en el Festival Internacional de Cine de Berlín en 2018. Ha dirigido y gestado cinco películas propias que han sido difíciles de parir, pero que, una vez ese "bebé" llega a manos del público —a veces masivo y otras veces reducido—, se convierte en una proeza cinematográfica digna de admirar. Alonso Ruizpalacios es un director mexicano que apunta a lo preciso para conquistar a lo grande. Al menos eso ha demostrado con La cocina (2024), protagonizada por Rooney Mara, que retrata la crudeza de la migración en blanco y negro desde los fogones de un restaurante; Güeros (2014); Museo (2018), en la que actúa Gael García Bernal; Una película de policías (2021), entre otras.Aunque esa es su gran carta de presentación, no deja a un lado el enorme grano de arena que puso en Andor, una de las series más aclamadas por la crítica dentro de la franquicia de Star Wars. De hecho, la mente de Ruizpalacios es la que moldeó y dirigió los tres episodios finales de la producción. En 2026 fue uno de los grandes invitados del Bogotá Audiovisual Market y, en el marco del evento, le contó a EL TIEMPO cómo fue realizar La cocina, su más reciente "bebé", los desafíos de filmarla y las adversidades que implica alejarse de las fórmulas hollywoodenses para contar historias más profundas. ¿Ha habido alguna película que haya estado a punto de no hacerse?Afortunadamente, hasta ahora no he tenido una película que haya quedado completamente en el camino. Soy muy necio en ese sentido. Pero sí puedo decir que La cocina, la última película que hice, estuvo muy cerca de convertirse en una de esas historias que nunca se concretan. Sacarla adelante fue un ejercicio de tenacidad, de necedad. Fue una película que se realizó muy a pesar de todo. Tenía una gran ambición y una escala importante, por la naturaleza de la historia, que transcurre en una cocina de Nueva York.Al mismo tiempo, no era una película fácil de vender. No era una comedia ni una historia comercial; era una película incisiva, crítica del capitalismo, de las políticas migratorias de Estados Unidos y de una serie de problemáticas sociales. Todo eso hacía que fuera un proyecto difícil de financiar.La cocina, película de Alonso Ruizpalacios, disponible en Max. Foto:MAXSin embargo, necesitábamos inversión estadounidense para hacerla. No era una película que pudiera realizarse únicamente con dinero latinoamericano, como había ocurrido con la mayoría de nuestros proyectos anteriores. Convencer a la industria norteamericana de invertir en un proyecto así fue uno de los mayores obstáculos y, al mismo tiempo, una de las grandes lecciones del proceso: entender cómo presentar la película y cómo lograr que apostaran por ella. En ese camino, contar con Rooney Mara fue fundamental, porque su participación ayudó a darle mayor dimensión al proyecto y generó confianza entre los productores.Y la apuesta por el blanco y el negro en la colorimetría del filme...Ese era el otro gran reto que se me había olvidado mencionar: hacer una película en blanco y negro.Tristemente, y de una manera un poco absurda, porque hoy en día todavía se hacen muchas películas en blanco y negro, los distribuidores y exhibidores siguen teniéndole mucho miedo a ese formato. Ven una película en blanco y negro y piensan: "Nadie va a querer ver esto". Entonces, desde el momento en que dices que una película será en blanco y negro, ya le estás sumando una dificultad adicional para conseguir que alguien apueste por ella. Para mí, sin embargo, era muy importante, porque siempre imaginé esta historia de esa manera.¿Qué tiene de especial?Cuando filmas en blanco y negro y le quitas el color a la imagen, haces partícipe al espectador. Es él quien termina de completar la imagen al interpretar los colores, aunque eso ocurra de forma completamente inconsciente. Además, el blanco y negro tiene la capacidad de transformar la realidad. Hace que lo conocido se vuelva nuevo, incluso extraño. Nosotros vemos el mundo en color; cuando le quitas ese elemento, todo adquiere una cualidad diferente. Eso obliga al espectador a mirar con mayor curiosidad y atención aquello que, en condiciones normales, le resultaría familiar. Al menos esa es la experiencia que yo tengo con el blanco y negro. Yo quería que esa historia estuviera enmarcada como una especie de fábula: que fuera profundamente realista, pero que al mismo tiempo tuviera algo de irreal, de simbólico. Y siento que el blanco y negro invita precisamente a esa lectura.¿Cómo le ha funcionado eso de vender sus películas o conseguir inversionistas?Es toda una odisea. No sé si soy la persona más indicada para responder esa pregunta, porque para mí cada película ha sido una batalla. Siempre espero que la siguiente sea un poco más amable en esa etapa de la distribución, pero la realidad es que el estreno y la exhibición de cada película terminan siendo una lucha. Lo que toca es rodearse de aliados, como ocurre en cualquier batalla. He tenido la suerte de trabajar con personas que realmente se entusiasman con las películas. En el caso de La cocina, por ejemplo, contamos con un agente de ventas inglés, HanWay Films, que se apasionó por el proyecto. Y esa pasión es fundamental para vender una película, para salir a decir: "Miren esto, véanla". Ellos hicieron un trabajo extraordinario en Europa y Asia, que eran los territorios que manejaban.La cocina, película de Alonso Ruizpalacios, disponible en Max. Foto:MAXEn América la historia fue muy distinta y, la verdad, mucho más difícil. Curiosamente, nos fue mejor fuera de casa. En Estados Unidos también fue complicado, porque es un momento en el que hay muy poca apertura hacia el cine que no es estadounidense, que no tiene una sensibilidad hollywoodense o que no pertenece al género de terror. Terminamos haciéndola con una compañía muy pequeña, llamada Willa, y prácticamente fue una distribución de boutique, casi puerta por puerta.Sí, la distribución es toda una odisea y, sin duda, es la parte que menos disfruto de hacer películas.Y en Museo actúa Gael García, ¿cómo hacer para que grandes talentos y actores confíen en la historia que imagina?Se trata de buscar a las personas adecuadas, de saber a quién acudir. Y te sorprendería la cantidad de actores que realmente están interesados en hacer buenas películas, más allá de la fama o el dinero. Ese fue el caso de Gael y también el de Rooney Mara, quien decidió apostar por una película mexicana, independiente y en blanco y negro. Claramente no estaba ahí por el dinero ni por la exposición; estaba porque quería hacer una gran película. Y eso fue precisamente lo que intentamos construir.También has participado en producciones como Andor, con presupuestos muy distintos a los de las historias que dirige. ¿Qué aprendizajes se ha llevado de esos proyectos y ha aplicado en su propio cine?No sé si haya muchas cosas que uno pueda trasladar directamente de una producción de ese tamaño a una película independiente. Creo que, al final, lo que se ejercita es el mismo músculo: el de resolver problemas, aunque sean problemas de escalas completamente distintas. Evidentemente, los desafíos que aparecen en Andor no tienen nada que ver con los que enfrentamos en La cocina. Pero sí hay habilidades que permanecen: mantener la calma, confiar en uno mismo, darse tiempo para pensar. Eso es muy importante.Más allá de eso, en términos de técnica o de lenguaje cinematográfico, siento que los objetivos son parecidos. Al final, siempre estás tratando de contar una historia de la mejor manera posible, de encontrar la claridad de una escena y de poner el énfasis en los lugares adecuados.Dicho eso, cada historia tiene exigencias muy particulares y requiere soluciones propias.¿Algún ejemplo?Creo que en Andor los problemas eran de otra naturaleza. A veces tenían que ver con cómo trabajar con actores de una trayectoria muy importante. Tuve la oportunidad de trabajar con intérpretes extraordinarios, con muchísima experiencia, pero que en algunos casos también podían ser complicados. En esas situaciones tienes que desarrollar una buena mano izquierda, como decimos en México, para lograr convencer al actor, generar una buena relación y, al final, conseguir que haga lo que tú necesitas para la película.Andor Foto:Lucasfilm Ltd™Otra cosa que también me sorprendió es que, incluso en las producciones más grandes, el tiempo siempre se acaba. Uno podría pensar que, por tener mucho dinero, hay tiempo ilimitado, pero no es así. Llega un momento en que simplemente te apagan el interruptor y te dicen: "Hasta aquí". En esos momentos tienes que resolver los problemas con la misma lógica práctica que aplicabas cuando hacías tus primeros cortometrajes. Recuerdo pensar: "Tenía planeados ocho planos para esta secuencia, pero solo me quedan dos horas para rodarla. ¿Cómo cuento esta escena en dos planos?". Ese es un músculo que nunca dejas de ejercitar.Eso mismo me pasó en Andor. Había momentos en los que me decían: "Alonso, te queda una hora para filmar esta secuencia". Y yo tenía un storyboard lleno de robots, efectos y un montón de elementos. Entonces tocaba preguntarse: "¿Cómo cuento todo esto en el menor número de planos posible?".Al final, ese tipo de decisiones ocurren tanto en una producción pequeña como en una superproducción.¿Qué cambia cuando dirige una historia propia frente a una serie o una película por encargo?Cuando se trata de una historia que yo mismo escribo, la relación es completamente distinta, porque también soy escritor. Las series que dirijo, en cambio, normalmente no las escribo yo. Es un trabajo más mercenario, si se quiere decir así. Es, además, el trabajo con el que mantengo a mi familia, porque, tristemente, no puedo vivir económicamente de mis películas.Cuando una película nace de mi propia autoría, todo cambia. Mis películas son proyectos profundamente míos: son historias que yo gesté, que yo escribí y que nacen de una necesidad personal. Por eso también hay mucho más en juego. Ahí uno se expone de una manera completamente distinta. Eso es lo que hace cualquier obra que aspire a llamarse una expresión artística. Y yo aspiro a eso, aunque no siempre lo consiga: a que mis películas sean una verdadera expresión artística. Pero eso implica una enorme fragilidad. Significa exponerte, mostrar quién eres, qué llevas por dentro y de qué estás hecho. Y eso, inevitablemente, siempre da miedo.¿Cómo ve el cine en Latinoamérica?Estamos en un punto de inflexión muy interesante. Siento que la industria puede avanzar o retroceder.Por un lado, puede consolidarse la colaboración entre los países de Latinoamérica. Me refiero tanto a la polinización cultural como a las coproducciones: que podamos seguir haciendo películas con actores chilenos, argentinos, colombianos o mexicanos, sin importar el país de origen del proyecto, y que también los recursos económicos se unan para hacer posibles esas películas.Tengo la impresión de que ese proceso apenas está comenzando y que estamos en un momento decisivo: o se fortalece y sigue creciendo o, por el contrario, cada país vuelve a aislarse y deja de avanzar. Me voy a escuchar muy bolivariano, pero creo que realmente hay algo de esa integración que empieza a suceder y que necesitamos impulsar mucho más.¿La gente sigue viendo cine?Ese es otro gran desafío: competir por la atención de la gente. Hoy el cine tiene que disputarse el tiempo del público con YouTube, TikTok, las plataformas de streaming y las redes sociales. En ese sentido, el cine se ha vuelto todavía más marginal de lo que ya era. Ese es un reto enorme. Tenemos que encontrar la manera de volver a captar la atención de un público que hoy está absorbido por las redes sociales y por las nuevas formas de consumo audiovisual. Es un desafío muy complejo, al que habrá que hacerle frente desde muchos frentes.Cine Foto:Imagen generada por IA.Ahora está trabajando en la adaptación del libro Aura, de Carlos Fuentes, al cine, ¿qué tal?Estoy muy emocionado de hacerlo, aunque ha sido un reto. Hasta ahora ha sido muy muy buena la colaboración, la verdad es que la gente Netflix ha sido muy respetuosa con mis ideas. Ahora estoy escribiendo la adaptación, el argumento y estoy en el medio del proceso del guión. Yo no era el más fan de esa novela y sin embargo no podía dejarla. La he aprendido a querer muchísimo. Aun así, soy muy creyente en que las adaptaciones hay que hacerlas, hay que faltarle el respeto amorosamente a la fuente, hay que pasarlas por tu sensibilidad, por la modernidad, por una serie de cosas y si no no tienen caso, para mí. María Jimena Delgado Díaz Periodista Cultural @Mariajimena_delgadod Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.







