Hay unos 20 kilómetros, más de 80 años y poco menos que un mundo entre Locust Ridge y Dollywood. A Locust Ridge no se le puede llamar ni aldea: una casucha aquí, un granero allá, una carretera de un carril que zigzaguea tímida entre un bosque que algún día se la tragará por completo. Si se alcanza la capilla blanca, se está cerca; casi se ha llegado cuando el asfalto se convierta en gravilla y se tope una cerca de madera alta que impide el paso y la vista, a orillas de un arroyo. La calle no tiene nombre, la casa no tiene número y el punto no aparece en los mapas. Ahí justo es: la cabaña de madera de una habitación sin agua y sin luz donde nació la reina de las Smoky Mountains. A Dollywood es más fácil llegar. Es un parque de atracciones muy grande precedido por un aparcamiento inmenso en el pueblo-resort de Pigeon Forge. Aparece en todos los mapas y las guías turísticas. Antes de llegar, se cruzarán muchos carteles con la cara de la rubia platino que lo fundó a su imagen y semejanza, y con toda una industria que ha crecido a su calor: otros parques de atracciones de marca blanca, restaurantes familiares, moteles, tiendas de souvenirs. Quizá uno piense que este valle tan verde en el espinazo montañoso de Tennessee es un lugar un tanto extraño para esta suerte de Disneyland de clase obrera. En el camino entre Locust Ridge y Dollywood caben el nacimiento un 19 de enero de 1946, la vida, y la muerte, este martes a los 80 años, de Dolly Parton. En los buenos días de antes, cuando los tiempos eran malos —cantaba—, Dolly Parton vino al mundo como la cuarta de 12 hermanos, hija de un matrimonio de granjeros sin tierra que alquilaban el campo que labraban y vestían a su prole con retazos cosidos de telas recicladas. Su padre pagó al médico que asistió el nacimiento de Dolly con un saco de harina de maíz a falta de otra moneda. Su madre cantaba viejas baladas y góspel en casa. Todo son datos biográficos —dizque— y más tarde letras de canciones que auparon a la niña de campo más allá de las fronteras de las Smoky, hasta la gran ciudad de Nashville: la capital mundial del country. El pueblo más pueblo cerca de aquella cabaña aislada era Sevierville, vecino de Pigeon Forge, bajo la loma de Locust Ridge —los tres vértices de un triángulo en el mapa de vida de Dolly. A Sevierville bajaban los Parton —poco— cuando a alguno de los 12 le entraba un dolor de muelas, tocaba visita al juzgado para resolver asuntos de papeles o apremiaba la necesidad de ver el horizonte más allá del bosque, caras más allá de la familia. En sus entrevistas, Dolly recordaba cómo aprovechaba esas escasas visitas para caminar las calles y mirar alrededor. Así descubrió a la mujer más guapa que había visto nunca: pelo rubio, labios rojos, uñas rojas, tacones altos transparentes con pequeños peces de plástico que flotaban en el tacón a su paso. Decía Dolly que cada vez que mencionaba a aquella mujer delante de otras mujeres, le respondían: “No es más que basura”. Así que Dolly decidió que eso es lo que quería ser de mayor: basura. Lo contaba con acidez sureña cada vez que un entrevistador la preguntaba, y se reía: “Es la idea de glamour que tiene una chica de campo”. Muchos años después, cuando su nombre ya era una institución, le dedicó a aquella pionera con peces en el tacón su canción Backwoods Barbie. Así, entre el aislamiento de las Smoky y el asombro ante sus pobladores, creció Dolly. Con un poco de lo que era y un poco de lo que quería ser, dio el salto a Nashville. En el 67 colocó en el Top 40 de las listas de country su primer éxito, en el que ya traía impresas sus melodías, el sonido de los Apalaches que la vieron nacer y su capacidad para reírse de sí misma: Dumb Blonde (Rubia Tonta). Vendrían en los años siguientes My Tennessee Mountain Home, en la que cantaba su infancia; Jolene, dicen los que saben que es la canción de amor desesperado más bella jamás escrita —esa en la que la Dolly ruega, por favor, “no te lleves a mi hombre”—; o I Will Always Love You, que ella escribió y Whitney Houston masificó, para beneficio del bolsillo de Dolly y del medio Tennessee, al que empleó con las ganancias. Ganó una decena de Grammys de una cincuentena de nominaciones, fue inducida en el salón de la fama del Country y el Rock, actuó en una docena de películas, hizo varios cientos de millones de dólares. Compró la cabaña de madera aislada de Locust Ridge y la tierra de alrededor, que sus padres solo podían alquilar. En 1986 rescató un viejo y pequeño parque de atracciones, le puso su nombre, Dollywood, y lo convirtió en una atracción turística que atrae cuatro millones de turistas al año a un pueblo de poco más de 6.500 habitantes. Cuando le preguntaban, decía que era para crear trabajo, devolverle a su tierra. En el interior, construyó una réplica exacta de la cabaña en la que nació. —¿Has estado en el parque y has visto la réplica de aquella casa en la que creció? ¿La pequeña cabaña? Bueno, yo también crecí en una casa así.Mary Sloop nació dos años antes que Dolly Parton y creció, también, en una granja, con un padre que criaba ganado y una madre que cuidaba un huerto, 50 kilómetros al norte de Charlotte, en Carolina del Norte. Cuando en verano las mariposas empezaban a asomar por el rancho, Mary y sus hermanos se quitaban los zapatos y pasaban la estación descalzos. —Entonces se te endurecían muchísimo las plantas de los pies, hasta volverse casi como cuero. Y así era como vivíamos y crecíamos. Lo que Mary Sloop quiere decir con esto es que tiene pedigrí, “auténticas raíces de campo”. Debe llevar al menos un tercio de sus 82 años, calcula, peregrinando a Dollywood. Ahora vive en Horseshoe, otro de esos lugares algo remotos y aislados del campo estadounidense a los que no se les puede llamar ni aldea, con su marido, Wayne, que posa para las fotos con una gran sonrisa y una gorra roja que pide la reelección de Trump para 2028. —Y Dolly: ella era auténtica. Otra auténtica chica de campo que trabajó muy, muy duro para conseguir lo que tenía. Muy, muy talentosa, y utilizó su talento para dar a los demás. Con los años y los millones, Dolly Parton se convirtió en toda una institución de esas que gustan tanto a los estadounidenses: el pobre hecho a sí mismo, la recompensa al esfuerzo, el mito del sueño americano encarnado en el cuerpo de una mujer rubia de cadera fina y escote grueso. A base de cirugía plástica se moldeó una nueva figura tan reconocible como su voz, siguiendo el molde de aquella mujer tan guapa que una vez vio en las calles de Sevierville, el glamour de las chicas de campo. Ella, máquina de aforismos, solía presumir: “Cuesta mucho dinero parecer tan barata”. A veces añadía: “Pero esto no es todo lo que soy. Ni siquiera es la mayor parte de lo que soy. Espero que la gente pueda mirar más allá del pelo y saber que hay un cerebro; más allá de las tetas y saber que hay un corazón; y detrás de todo lo demás, saber que hay talento”.De todo el dinero que ganó, donó un buen puñado a los hospitales y colegios de su tierra. La hija de padres analfabetos dedicó una pequeña fortuna a comprar 300 millones de libros para los niños de Tennessee. Fue tanto heroína de la clase trabajadora blanca que visita masivamente Dollywood como aliada de la comunidad trans, gay, lesbiana, y todas las siglas que les siguen —toda esa gente a la que Dolly quería parecerse, a la que las mujeres de su pueblo llamaban basura. Wes Woolf, 43 años, se gana la vida vendiendo equipo industrial y ha venido desde Decatur, Alabama, con sus dos hijos. Una de ellas lleva unas botas de vaquero rosas y una camiseta que dice Dolly y le cosió su madre. “No recuerdo la primera vez que escuché a Dolly Parton. Te diré una cosa: Ella es una de esas personas como Elvis, ¿sabes lo que quiero decir? Es alguien de quien has oído hablar desde que eres niño”, dice Woolf. “Todo el mundo la conoce y la quiere. La recuerdo presente durante toda mi vida”. En Sevierville le dieron el homenaje más noble que se les ocurrió: una escultura de bronce de la Parton abrazada a una guitarra a las puertas del juzgado del condado. Ahí, este miércoles, todavía llegaban los vecinos, dejaban flores y globos, hacían fotos y se quedaban un rato: en silencio mirando su figura, o conversando con el de al lado, recordando a Dolly. En esta tierra montañosa y verde, cuna del rock and roll, el Tennessee whiskey, el country de Nashville, nada une más que la reina de las Smoky.