Dolly Parton, fallecida el pasado martes 25 de agosto, solía referirse a su éxito con una imagen muy gráfica de su infancia: “Siempre quise saber qué había más allá de las Grandes Montañas Humeantes”. Conocidas en inglés como Great Smoky Mountains, esta cadena montañosa hace frontera entre Carolina del Norte y Tennessesse, estado original de la cantante y compositora que nació en una cabaña a orillas de un río y lugar en el que decidió levantar Dollywood, el parque temático dedicado a su figura. Al igual que Johnny Cash, quien se pasó toda su vida reivindicando sus raíces en aquellos primeros años en la tierra de Arkansas, Parton siempre valoró su pasado, toda esa historia personal dentro de una familia de 12 hermanos en la que el padre era campesino y la madre una ama de casa que cantaba canciones antiguas de los Apalaches. De ahí, de esas canciones hogareñas, impulsadas por el banjo de su tío Bill Owens -no confundir con la estrella del country Buck Owens-, nació la pasión de la niña Dolly Rebecca Parton por cantar. De la música de los Apalaches. Las Grandes Montañas Humeantes, un espacio protegido por la Unesco convertido en uno de esos fabulosos parques nacionales estadounidenses, forman parte del sistema montañoso de los Apalaches. La música originada de ese territorio fue etiquetada por la industria en los años 30 del siglo pasado como hillbilly, con una connotación condescendiente hacia el mundo rural y albergando a toda esa población pobre y campesina que tocaba baladas, valses y piezas instrumentales traídas a Norteamérica por inmigrantes de origen anglocelta. Pronto, como en todo el fascinante y rápido desarrollo de la música popular estadounidense, aquellos inmigrantes rurales mezclaron sus saberes con las fuentes nativas afroamericanas e indígenas. La música de los Apalaches pasó a alumbrar, más que en ningún otro territorio en el vasto suelo norteamericano, lo que se terminó por conocer como country. Cuando se dice que Parton fue una de las grandes voces del country, es bueno recordar que, realmente, ella fue la gran voz femenina del hillbilly, el estilo primario que dio luego todo el género y fermentado durante décadas en el corazón de los Apalaches. Mientras el bluegrass requirió siempre de una formación de varios instrumentos -imprescindible el fiddle (violín)- y de velocidad en su interpretación, debido a ser el estilo preferido para fiestas del ganado o celebraciones comunitarias, el hillbilly era más íntimo y bastaba de un intérprete con su guitarra para poder cantarlo. Era una derivación del sonido campestre hacia aquellas historias y leyendas cantadas con melancolía bajo el espíritu de desarraigo de todos aquellos emigrantes que tuvieron que buscarse la vida lejos de su tierra. De esta forma, se puede entender que Hank Williams, con esas baladas de una tristeza imperecedera, se convirtiera en la gran voz del hillbilly, como Robert Johnson podía serlo del blues afroamericano. El timbre de Dolly Parton, fino y penetrante como la punta de un cuchillo recién afilado y que Björk calificó de “impecable”, pinchaba en lo profundo del alma en todas aquellas historias sacadas de su vida en las Grandes Montañas Humeantes. Asidua a las fiestas populares del campo y a las conocidas tertulias musicales, donde músicos como su tío hacían improvisaciones en los porches de las casas, Parton añadió el toque espiritual de la iglesia a la que tanto acudía con su madre y sus hermanos. Ella siempre decía que su necesidad de cantar y escribir vino también de la radio. Del transistor casero, le encantaban las historias radiofónicas del Llanero solitario, que escuchaba con sus hermanos en el salón de la cabaña. Aquella radio, tan crucial para convertir la música campestre blanca en la música popular predominante de todo Estados Unidos, no dejaba de sonar con las canciones de hillbilly de los primeros maestros y, entre todos ellos, había un llanero solitario: Hank Williams. Como él, ella debutaría joven y demostraría de primeras su gran talento hasta ser programada en el Grand Ole Opry, el ya legendario programa de radio del country que retransmitía las actuaciones con público del propio Williams, The Carter Family y tantos pioneros. La Dolly cantante y compositora profesional también venía de una Dolly niña que, como ella misma decía, creció con los cuentos de hadas que su madre le contaba para dormir. Parton, que le gustaba escribir en la cocina de su casa, quiso componer sus propios cuentos que, gracias a su conciencia y sensibilidad, acabaron por ser postales de hadas que soportaban demasiadas cargas, tanto en casa como en el trabajo. Porque las mujeres de sus canciones, como ella misma, estaban hechas a sí misma y tenían que demostrar mucho más que los hombres para que se las tomasen en serio. Desde su propia experiencia, esas canciones acabaron por ilustrar a la mujer trabajadora norteamericana. Fueron un auténtico éxito.En el country, a propósito del éxito nacional, siempre se dice que los artistas suelen tomar el tren del campo a la ciudad, en referencia a que muchos músicos de orígenes campesinos acaban grabando en Nashville, meca industrial del género desde los años 40 y verdadero lugar de peregrinaje cowboy. Convertida en una superventas y en una estrella de la televisión, Dolly Parton lo hizo y, por eso, su música salió de las Grandes Montañas Humeantes y vio más allá hasta dejarse conquistar por el countrypolitan, término con el que se conoce en Estados Unidos al country comercial que aceptó influencias de otros estilos y, especialmente, del pop. De ahí que fuera tan versionada y admirada por músicos de todos los géneros y hasta nuestros días. La última gran incorporación fue Miles Cyrus, quien la llamaba su “madrina”. Como en toda gran historia americana, Dolly Parton se hizo a sí misma o, en palabras de la crítica musical de The New Yorker Amanda Petrusich, “se inventó un mundo entero de la nada”. Decir Dolly Parton era decir una estrella del country, un rostro icónico por su trabajo en la televisión y el cine, una empresaria de éxito y una filántropa al viejo estilo norteamericano, tan alejado de los multimillonarios tecnócratas de ahora ejemplificados en Sillicon Valley. Nada puede ser más distinto a Sillicon Valley que el universo que se guardó siempre en las Grandes Montañas Humeantes, en el interior mismo de los Apalaches. La música de Dolly Parton se convirtió ya en el siglo XXI como un censo nacional, donde se reunían personas de diferentes razas, clases, orientaciones sexuales e incluso afiliaciones políticas. Una especie de milagro en un país tan dividido como Estados Unidos desde la llegada del trumpismo. Y, si era así, fue porque Dolly Rebecca Parton era una chica que nació y creció en una familia numerosa, pobre y rural de las Grandes Montañas Humeantes. Allí aprendió la importancia de la mezcla cultural y étnica para dar forma a un bien común social. Porque el country, fuera de toda propaganda nacionalista y apropiación comercial y simplista, siempre fue una mezcla de gentes rurales venidas de otras partes. Allí regresó Parton y desde allí, la cantante y compositora que tiene chapas con el lema “Dolly For President” por medio país, siempre reivindicó la fraternidad a través de sus canciones.
Dolly Parton: la fraternidad de los Apalaches
La cantante y compositora fue una de las grandes voces del ‘hillbilly’, un estilo campestre que dio forma al country y que recogía las experiencias e historias de comunidades rurales y pobres











