OpiniónControlar los gremios no les ayuda a los gobiernos. No elimina el conflicto ni le asegura su permanencia en el poder.PROFESOR TITULAR DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL26.08.2026 22:01 Actualizado: 26.08.2026 22:01 En las democracias, las tensiones entre los gobiernos y los gremios son normales. Una cosa es eso, y otra —muy distinta— es que el gobierno de turno suba el tono de la molestia para preguntarse si se trata de una “torpeza gremial o un mensaje de confrontación consciente”, cuando un gremio decide “elegir apresuradamente a una persona sin cercanía alguna con el gobierno”. El problema está en que no es la primera señal que el nuevo gobierno emite sobre su deseo de cambiar a los dirigentes gremiales que no sean “cercanos” al gobierno.¿Para qué le sirve a un gobierno controlar un gremio? En los regímenes no democráticos, la respuesta es simple: el poder político e institucional que llegan a tener los empresarios se puede convertir en una fuerza definitiva para sostener a los gobiernos o para propiciar su salida. Es lo que pasó en la caída de Allende en Chile (1973), Marcos en Filipinas (1986), Suharto en Indonesia (1998), o incluso en Corea del Sur (1987) o Polonia (1989), donde fueron actores en el fin de esos regímenes.Pero en las democracias consolidadas o incluso en los países con instituciones frágiles, como Colombia, la respuesta es otra. Para entender el problema, Phillipe Schmitter propone dos tipos de sociedades: 1) Las regidas por el “corporativismo societal”, donde los intereses de los grupos se organizan bajo distintas formas asociativas, compiten entre sí por los recursos y negocian con el Estado como interlocutores bien diferenciados; 2) las dirigidas por un “corporativismo estatal”, en donde el Estado, a través de autorizaciones, regulaciones y supervisión, controla a las organizaciones que dicen representar a la sociedad civil.Colombia es un caso de “corporativismo societal”. Aquí los gremios no son extensiones políticas de los Estados, o los partidos, ni siquiera de los propios poderes empresariales, como en el pasado. Son estructuras reales de poder asociado. Las 1.700 afiliadas a la Andi contribuyen con el 52 % del PIB y generan cerca de 2 millones de empleos; los 19.000 afiliados de Fenalco generan el 23,1 % del PIB, y las 250 empresas asociadas en Colfecar movilizan el 80 % de la carga del país y generan 1’800.000 empleos, para solo citar algunos casos. Y quiérase o no, los gremios son la instancia privilegiada a través de la cual los empresarios pueden participar en la vida política e institucional del país. El problema está en que los gremios creen que su papel es el de “agregar y trasladar las demandas sectoriales de los empresarios a los centros de poder de los gobiernos”. Que son simples mandaderos. Pero no.En las democracias, los gremios deben verse como lo que son: estructuras asociadas de poder con patrimonio institucional, capacidad de coordinación y de movilización política, económica y social. Su papel como interlocutores de los gobiernos de turno sobre los recursos que asignan o las políticas que se definen, los convierte en contrapesos cruciales para reafirmar los límites del poder de los gobiernos. Ellos mismos son la expresión sustantiva y concreta de la democracia representativa.El problema está en que los gremios creen que su papel es el de ‘agregar y trasladar las demandas sectoriales de los empresarios a los centros de poder de los gobiernos’.La arquitectura institucional que rige el Consejo Gremial Nacional es la mejor prueba de ese propósito. Se trata de una forma asociativa propia de lo que Elinor Ostrom llama “gobernanza policéntrica”, en la que varios centros autónomos de decisión deliberan, se coordinan, cooperan, compiten por recursos y recurren (incluso) a mecanismos de resolución de conflictos, bajo unas reglas de juego definidas, sin quedar sometidos a un poder central que pueda ser “capturado” por el gobierno de turno. Es el gran interlocutor (otra cosa es que no lo asuma).En las sociedades regidas por el corporativismo estatal, el control de los gremios se volvió una pesadilla. No solo porque el control del Estado ha burocratizado la función representativa de esas formas asociativas (dinamitando su pluralismo), sino porque las decisiones empresariales van a la informalidad, buscando eludir los controles que los gobiernos imponen.La lección es dura: controlar los gremios no les ayuda a los gobiernos. No elimina el conflicto ni le asegura su permanencia en el poder. Al contrario, los “informaliza”, convirtiéndolos en un enemigo clandestino que no puede controlar.*Profesor titular, Facultad de Ingeniería, Universidad Nacional Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. 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