Resume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Durante la pandemia, en una tertulia sobre la situación del país, recuerdo que un dirigente gremial señaló que el empresariado es gobiernista. Su argumento era que este sector social depende en alto grado de decisiones del gobierno, razón por la cual casi siempre tiende a inclinarse hacia una visión concordante con la del Ejecutivo.Mucha agua ha corrido bajo el puente. El ‘gobiernismo’ fue notorio por su ausencia durante un cuatrienio de retórica confrontativa y políticas erráticas. Algunos observadores del gobierno Petro han destacado que, al final del día, no hubo una ruptura institucional, y el marco básico de derechos y obligaciones se mantuvo significativamente estable, pero no es menos cierto que hubo un clima de incertidumbre adverso a la inversión.La llegada del nuevo gobierno, en oposición al anterior, podría significar un retorno a “lo mismo de antes”. Los planteamientos del presidente del Grupo Diana y de la Junta de Dirección General de la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (ANDI), Jaime Murra, se salen de ese molde. Conviene tomar nota de ello.En el pasado congreso de la ANDI, Murra señaló que el sector privado apoyará las medidas que consideren acertadas, pero también mantendrá la independencia para hacer observaciones y reparos cuando sea necesario. Este cambio de tono lo acompañó de una visión mucho más profunda de la responsabilidad social de las empresas. Hace casi 75 años, cuando fue nominado al cargo de secretario de Defensa en el gobierno de Dwight Eisenhower, el presidente de la General Motors, Charles Erwin Wilson, dijo: “Durante años pensé que lo que era bueno para nuestro país era bueno para General Motors, y viceversa.” Murra ha pedido a los empresarios que no caigan en el automatismo de esta equivalencia, y se detengan a pensar, antes de tomar una decisión, qué sería mejor para Colombia, no solo para su empresa; también que tengan presente que el país en su conjunto es el activo más valioso que tienen.El núcleo central del análisis de Murra, en el cual se basa el anterior planteamiento, es el siguiente: “De la calidad de nuestras instituciones depende la confianza para invertir. De la seguridad depende la decisión de crecer. De la educación depende el talento que podremos incorporar a nuestras compañías. De la estabilidad jurídica depende el valor de nuestras inversiones”. En línea con estas ideas, es entendible que Murra le haya pedido al presidente de la República humildad y disposición a dialogar.Creo que este pedido le va a entrar al presidente por un oído y le va a salir por el otro. Si algo sabemos de los líderes carismáticos del tipo Abelardo de la Espriella y su némesis, Gustavo Petro, es que se consideran ungidos para hacer el cambio del cual se consideran portadores. Además, de acuerdo con una dinámica de refuerzo mutuo, quienes rodean al presidente magnifican su visión mesiánica. Su lugar se lo han ganado porque suscriben la misma actitud combativa y la rigidez ideológica evidentes en las primeras decisiones de política internacional y de atención al desastre causado por el terremoto.Desafortunadamente para Colombia, están ausentes las condiciones para un diálogo que nos permita salir del empantanamiento en que nos encontramos. Ya completamos una década de división política. En efecto, el resultado de las elecciones presidenciales se parece mucho al resultado del plebiscito que nos dejó divididos acerca de los Acuerdos de Paz entre el Gobierno nacional y las Farc. Lo que uno puede augurar son choques y más choques hasta que impere la cordura, y alguien les recuerde a nuestros políticos que, como lo dijera Thomas Babington Macaulay, “la esencia de la política es el compromiso” –una fórmula que repitió en 1883 Rafael Núñez, antes de ser presidente–.Mientras tanto, cabe hacerle al empresariado preguntas difíciles acerca de su visión del país. Como una muestra de solidaridad y compromiso en uno de los momentos más duros de nuestra nación, un grupo significativo de empresarios ha hecho cuantiosas donaciones para financiar las tareas de salvamento y reconstrucción. Uno querría saber si esas donaciones las van a computar como descuentos en la próxima declaración de impuestos. Si así fuera, lo que sale de un bolsillo, les entrará por el otro, de modo que el gesto no pasaría de ser un gran montaje de relaciones públicas.El presidente ha dicho que acabará con el impuesto al patrimonio, una medida que le pondría fin al esfuerzo redistributivo del gobierno anterior. En uno de los países más desiguales del mundo, donde el coeficiente de concentración del ingreso solía ser el mismo antes y después de impuestos, la propuesta del presidente invita a la confrontación, no a la construcción de cohesión social. ¿Qué van a decir los empresarios al respecto?Los combatientes de la “guerra cultural” del presidente tienen una entonación fundamentalista de diverso origen. Hay quienes están imbuidos de la llamada “teología de la prosperidad” y otros tantos del egoísmo secular de Ayn Rand, una pensadora radical que, de manera irónica, tuvo que recurrir a la red social de protección estatal al final de su vida. Este es un detalle que tiene sin cuidado a sus áulicos. Lo que uno no sabe es qué tanta difusión tienen ideas extremas de este tipo entre el empresariado.En Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, la participación de los representantes de los trabajadores en las juntas directivas de las grandes empresas se volvió rutina como parte de un esfuerzo más amplio y concertado de construir paz social. El gobierno anterior dio el paso de establecer esa participación en Ecopetrol, la empresa más grande del país. Esta podría ser una política a seguir en más áreas o una a la cual los empresarios le den la espalda. Ya veremos.Al amparo de la tradición colonial de que las comunidades religiosas regentaran la educación y ante el espectro de instituciones educativas politizadas, nuestra clase dirigente le dio su beneplácito a la fórmula de ampliar el acceso a la educación mediante instituciones privadas. Hoy por hoy, hay un buen número en las cuales la formación pedagógica está subordinada al ánimo de lucro, donde no se educa para investigar y crear, sino solo para repetir. En estas condiciones, la innovación productiva es casi un milagro. ¿Cuándo va a participar el empresariado en una gran conversación sobre la educación en Colombia?En la última década del siglo pasado, los heraldos de la ideología neoliberal se encargaron de asociar lo público con la corrupción, un ejercicio mistificador que sacaba convenientemente de la ecuación a los empresarios. El escándalo de Odebrecht mostró que la realidad es muy distinta. Lo fundamental es que ya todos sabemos que la corrupción es un sistema, y que son muchos los involucrados, incluidos empresarios que contribuyen con sus donaciones a que salgan elegidos políticos y supuestos antipolíticos que no tienen nada de honesto. Representantes de este tipo introducen luego en la legislación prebendas y privilegios particulares, que erosionan la confianza en el proceso legislativo. En la campaña presidencial de hace cuatro años y también en esta, la lucha contra la corrupción figuró de manera prominente en las plataformas de los candidatos que llegaron a segunda vuelta. Sin embargo, no hemos planteado todavía una gran conversación nacional sobre el tema, que fije metas y tareas comunes para superar este flagelo.Mi visión al respecto es que la corrupción es el principal problema que tiene Colombia. No hay modo de que enfrentemos la inseguridad, la desigualdad y las alteraciones causadas por el calentamiento global, mientras mantengamos intacto el sistema de la corrupción. Colombia podría dar un salto adelante en términos de seguridad, innovación y productividad, movilidad social e inclusión, y sostenibilidad, con sólidas instituciones. Quizá una visión poco usual del empresariado, y una disposición generosa a asumir preguntas difíciles puedan contribuir a ello.* Abogado, doctor en ciencia política, profesor asociado de la Universidad Nacional de Colombia, jggomeza@unal.edu.coConoce más
Una visión poco usual del papel del empresariado
“Si algo sabemos de los líderes carismáticos es que se consideran ungidos para el cambio del que son portadores”: Juan Gabriel Gómez









