La Argentina está a las puertas de una transformación radical que la pondrá entre los países ganadores en un complejo contexto mundial. Sin embargo, mientras llegue el aluvión de dólares, no se reactiva el consumo por desconfianza en la continuidad del programa. Y así como los dueños de una textil que debió cerrar arengaron a sus empleados “piensen la próxima vez que voten”, el titular de una famosa heladería que visitó el ministro Luis Caputo lo incomodó al pedirle: “Reactive un poco más la economía. A su vez, los mismos votantes de Milei se preguntan “¿cuándo llegará la baja de impuestos, cargas y burocracia para la competitividad de las Pyme que impulsarán el empleo y la generación de riqueza?”.No es el punto débil del programa, sino de la realidad argentina. Está fuera del control de Caputo lograr lo que pide el heladero, aunque el consumo se le derrita como un cono de pistacho en los dedos. Ni siquiera la dura admonición del fabricante de indumentaria puede alterar esa imposibilidad fáctica. Pues no depende de circulares, resoluciones o decretos, sino de la política. O sea, de las volátiles ideas y creencias de los argentinos. De los mismos argentinos que anularon los contratos petroleros en 1963, aplaudieron a Leopoldo Fortunato Galtieri por la invasión de las Islas Malvinas en 1982 y cuyos representantes votaron celebrando de pie el default de 2002. Y, al hacerlo, sumaron su aporte a la demolición de la credibilidad de nuestras instituciones y de la existencia de nuestra moneda sin imaginar que hipotecarían su futuro hasta 2026. ¿O más?El problema es que no se comprende el significado último de carecer de moneda. Todos los países que tomamos como ejemplo tienen moneda y en ellos el público piensa en pesos, quetzales o reales ignorando la cotización diaria del dólar. Y les parece normal mantener sus ahorros en la denominación que coincide con sus ingresos regulares. Si hay inflación buscarán mecanismos de ajuste, pero no saldrán corriendo a retirar sus dineros del banco, como ocurrió aquí cuando los bancos debieron ser rodeados con rejas para que sus puertas no fueran derribadas.Un costo elevadísimo de tantos desaciertos ha sido eliminar las herramientas fiscales y monetarias para inducir el consumo y expandir el crédito como lo proponía lord Keynes. Nada pueden hacer el ministro de Economía ni ningún otro que lo suceda, a menos que la gran mayoría de los 47 millones apoye la transformación y garantice un horizonte de estabilidad a las reformas. Quien ocupe el 5º. piso de Hipólito Yrigoyen 250 estará sujeto a una causalidad newtoniana cuyo rigor no es posible evitar hasta que ese horizonte no se perciba. Como un cinturón de castidad, la única forma de contener cualquier desborde inflacionario y recrear el peso es mediante un rígido equilibrio fiscal. Parece sencillo, pero no lo es, ya que todos son reclamos y críticas.Las universidades reivindican su autonomía y otros denuncian el desvío a rentas generales de fondos específicos o de fideicomisos variados. Ni qué hablar de los jubilados ni de la reducción de subsidios a la energía de las zonas frías, calientes o del boleto del transporte. Ni de las quejas de productores por la paralización de obras en provincias y municipios.La mayor parte de los gastos que debe atender la tesorería nacional o la Anses son derechos adquiridos o se destinan a situaciones que, por ahora, son irreversibles, como la tan tremenda como nefasta carga heredada del kirchnerismo, que acostumbró a gran parte de la población a vivir con tarifas subsidiadas, colectivos y trenes casi gratuitos, empleo estatal sin exigencias, pensiones de favor y jubilaciones sin aportes. La economía cerrada permitió la subsistencia de industrias no competitivas que podían trasladar a los precios costos propios y de terceros insostenibles, incluyendo los sindicales. Como no se ha inventado el movimiento perpetuo, esas distorsiones provocaron crisis cambiarias seguidas de devaluaciones y ajustes. Desde 1973 se registran cinco con quiebres institucionales (1975, 1982, 1989, 1990 y 2001) y cuatro muy profundas (1995, 2009, 2018 y 2023). Para no repetir esas tristes historias no queda otra alternativa más que intentar ajustar donde se pueda, licuar un poco de allí y otro de allá y sobre todo, impedir que esa bola de nieve crezca. A cualquier costo político.Tan habituados estamos a los parches y remiendos que nos parece normal alguna flexibilidad que permita cubrir desajustes fiscales con emisión monetaria, como era habitual en el pasado. No se advierte que ello impactaría de inmediato sobre el nivel de precios y enseguida sobre la cotización del dólar, madre del borrego. Para evitar que se desmorone la estantería, el Banco Central debe aumentar la tasa de interés como el año pasado, enfriando el nivel de actividad y profundizando las causas del reclamo del heladero, del textil y de tantos otros que no llegan a fin de mes. Un círculo vicioso que solo será superado cuando los argentinos comiencen a querer sus pesos.Por primera vez en 80 años, la regla fiscal es estricta. Antes de incurrir en un nuevo gasto se debe contar con recursos genuinos. Y, si no los hay, se atrasarán pagos, se desviarán fondos específicos o se dirá no a gobernadores. Se debe evitar cualquier parpadeo fiscal que haga caer la demanda de dinero y se reavive la inflación. Pues no tener moneda impone el costo de demorar la reactivación tan ansiada.Hasta que las dos Argentinas converjan y la entrada de dólares se refleje también en la actividad económica de las grandes urbes, hay un tránsito que la desconfianza prolonga, más de lo deseado. Pero, así como está fuera del alcance del ministro de Economía disponer aumentos de salarios, líneas de crédito blandas, reducir cargas sociales o bajar la tasa del IVA, también es cierto que está a su alcance ganar la comprensión de los afectados, con buenas explicaciones y mejores modales. Los dueños de las empresas quejosas, quienes merecerían sus filípicas, son pocos con relación a la multitud de personas que tienen sus vidas ligadas a aquellas, como proveedores o contratistas. Y, dada la capilaridad del entramado productivo, son aún muchos más quienes brindan servicios o tienen comercios cuyos destinos están relacionados con los quehaceres locales.A ellos no les cabe, ni lo entenderían nunca, que se los señale como responsables del atraso tecnológico o de la falta de inversión que caracteriza a quienes sufren ante la apertura arancelaria cargando, además, con los elevados costos acumulados en el pasado. A esos millones de personas, padres y madres de familia que se levantan temprano para ir a trabajar debe hablárseles de otra manera para que comprendan. Bien decía el ex presidente Fernando Henrique Cardoso: “Gobernar es explicar”.