La fusión entre religión y política ha sido analizada desde múltiples perspectivas a lo largo de la historia y no se puede limitar a una única mirada, sea crítica o apologética. Un punto de partida es reconocer la pluralidad de expresiones religiosas que tienen arraigo globalmente. Por lo tanto, es preciso pensar el lugar que en la coyuntura geopolítica actual tiene esta relación entre religión y política, que vincula temas como su relación con el Estado, la sociedad, el desarrollo del poder económico y del control político.En el inicio mismo de su proyección pública como jefe del nuevo Gobierno en Colombia, en los días previos a su posesión como presidente, De la Espriella afirmó que “Dios ocuparía un lugar central en las decisiones del nuevo Gobierno”. Puesto que la relación entre religión y poder político ha jugado un papel central, es mucho más crucial que, en estos momentos de la historia, el poder político necesite respaldo y validación religiosa. Este renovado giro en esa dinámica de interacción se expuso con mayor diafanidad en el acto de posesión presidencial, que fusionó la autoridad política con la validación espiritual. Si bien se abrió el espacio a la participación de tres expresiones religiosas, aparentemente diversas, que podría interpretarse como diversidad e inclusión, el contraste con el discurso de guerra y anuncio de cierre a cualquier posibilidad de diálogos y procesos de paz que dio el mandatario expuso la validación confesional bajo una luz preocupante. Los temores de una administración fundamentada en el autoritarismo parecen haberse confirmado tras conocerse las decisiones tomadas por el Gobierno en sus primeros días. Los énfasis anunciados recaen sobre las acciones militares y la seguridad nacional, la apuesta por el libre mercado y el privilegio al gran capital. Esto es, se busca la profundización del modelo ya asumido por varios gobernantes de la región, que privilegia la reducción de control fiscal a las empresas con la consigna de que el sector privado es el único motor real de riqueza y desarrollo.La idea de lo sagrado trae consigo la exigencia de sacrificio y de obediencia. El sacrificio que obliga a priorizar el beneficio económico de corporaciones por encima del bien común del conjunto de la población. El sacrificio significa literalmente que los seres humanos pueden “hacer sagradas” múltiples realidades. El sacrificio, además, implica renunciar voluntariamente a las cosas materiales, tangibles, históricas para alcanzar así un bien mayor de orden espiritual. El sacrificio usado como herramienta política de cohesión y control social contribuye al autoritarismo como dispositivo para la legitimación del poder. El relato que se impone hace del gobernante la encarnación del orden y la autoridad. La manipulación del discurso religioso puede canalizar el descontento de los pueblos, unificar la sociedad contra un enemigo común y utilizar la fuerza para recordar el costo de desobedecer las normas del Estado. Es decir, la retórica yy lassimbologías religiosas pueden justificar la necesidad del cultivo de la obediencia y la aceptación del sufrimiento como medio para alcanzar los objetivos que se traza el poder de turno. Obediencia y sufrimiento se interpretan como exigencias sagradas para alcanzar una vida mejor, así se den procesos de exclusión social.En tanto herramienta del discurso político-religioso, la obediencia, de otra parte, conlleva mecanismos de legitimación del poder y control social. Al exigir sumisión, se reviste de un deber moral que no se puede cuestionar, enfatiza la lealtad, a la vez que se descarta el pensamiento crítico. Un poder que reclama para sí superioridad moral de manera unilateral no permite el debate; desde esas alturas morales, el adversario político es visto como un enemigo.En cuanto al poder económico y político, el mercado ha desarrollado sus leyes para orientar sus objetivos en función del sistema de mercado neoliberal. Se ha convertido ya en un criterio de verdad que no permite la crítica, mucho menos cuando las alternativas provienen de los grandes sectores de la población que son sometidos a la exclusión y la muerte. Estos dos temas centrales, el retorno a la apuesta militar para resolver los conflictos y el modelo económico de acumulación del gran capital, vienen acompañados de un fuerte discurso religioso, anticipando así un talante de respuesta social y el previsible surgimiento de conflictos con las diferentes colectividades.En suma, a nombre de la religión no se puede justificar el sacrificio de seres humanos ni se puede aceptar el control político como forma de legitimar una vida que se distancia de la dignidad humana. En el diálogo de saberes sobre religión y política también reconocemos voces que desde su perspectiva de fe se han levantado para cuestionar las leyes del mercado, la construcción de acuerdos para alcanzar la paz, para el cuidado de la vida, la naturaleza y los bienes comunes de la humanidad.