CONTENIDO publicitarioLa recuperación de la Ciénaga de Mallorquín debate si el desarrollo urbano puede aliarse con ecosistemas históricamente degradados. Foto: Grupo Argos26.08.2026 17:00 Actualizado: 26.08.2026 17:00
El diagnóstico reciente del Ministerio de Ambiente confirma que todavía existen sectores con alta contaminación y manglares degradados, mientras la Corporación Autónoma Regional del Atlántico (CRA) adoptó desde 2022 un Plan de Manejo para orientar su protección y recuperación. En ese contexto, el urbanismo formal puede cumplir un papel relevante en la medida en que la planificación permite ordenar usos del suelo, garantizar infraestructura de servicios, establecer compensaciones y movilizar recursos para restaurar ecosistemas que ya venían deteriorándose. Ciudad Mallorquín permite observar esa relación. El proyecto fue concebido como un desarrollo urbano compacto y planificado y, de acuerdo con la documentación técnica del proyecto, se localiza en una zona definida como de expansión urbana por los instrumentos de ordenamiento, no interviene coberturas de manglar y se encuentra a más de medio kilómetro de la ciénaga. Pero el punto de fondo no es únicamente dónde se construye, sino qué obligaciones y oportunidades genera el desarrollo formal. El aprovechamiento forestal requerido para ejecutar el urbanismo estuvo acompañado de un plan de compensación autorizado por la autoridad ambiental, con acciones de restauración de manglar, conservación de bosque seco tropical, monitoreo ambiental y fortalecimiento de capacidades comunitarias. La ciudad formal puede ser medida, regulada, compensada y sometida a responsabilidades verificables. Uno de los ejemplos más visibles está en el propio Ecoparque Ciénaga de Mallorquín. Como parte de la estrategia de desarrollo urbano, Grupo Argos realizó la entrega anticipada de 30 hectáreas destinadas a conservación y que hicieron posible la primera fase del este Ecoparque. La cesión de estas hectáreas permitió habilitar un espacio que hoy acerca a los ciudadanos al manglar mediante senderos, educación ambiental y turismo de naturaleza. En otras palabras, una porción de suelo incorporada a un proceso urbano formal terminó convirtiéndose en infraestructura verde de uso público.La evolución reciente del ecosistema también aporta datos relevantes a esta discusión. Un estudio realizado por investigadores de la Universidad del Norte, basado en el análisis de la transformación de este territorio durante varias décadas, encontró que entre 2004 y 2024 aumentaron tanto la cobertura vegetal como el bosque bajo inundable asociado al manglar. En particular, la extensión de manglares en la Ciénaga de Mallorquín pasó de 35 a 48 hectáreas. El crecimiento se concentró al norte de la Vía de la Prosperidad, precisamente en el sector donde hoy se encuentra el Ecoparque, que no existía en 2004. El hallazgo aporta una perspectiva adicional frente a la percepción de una pérdida generalizada de cobertura vegetal y muestra que, durante un periodo en el que también avanzó el desarrollo urbano formal del sector, la extensión del manglar registró un crecimiento medible. La restauración del manglar es otro componente de esta apuesta. El plan ambiental asociado al desarrollo de Ciudad Mallorquín contempló acciones de restauración activa y pasiva de 60 hectáreas de manglar, además de procesos de siembra que se han ampliado con el tiempo. En 2025, por ejemplo, se adelantó una jornada de siembra 40.000 plántulas de mangle rojo en la Ciénaga, con la participación de comunidades y autoridades ambientales; para entonces, Grupo Argos reportaba más de 170.000 plántulas sembradas durante los tres años anteriores en ecosistemas de manglar del Atlántico. Estas acciones son especialmente relevantes porque el manglar no es simplemente vegetación costera, sino que funciona como refugio de biodiversidad, barrera frente a la erosión, soporte para cadenas alimentarias y reservorio de carbono azul. La recuperación ambiental, por tanto, empieza a convertirse en una infraestructura tan estratégica para la ciudad como una vía, un parque o una red de servicios. Uno de los elementos más interesantes del proceso alrededor de Mallorquín es la incorporación de las comunidades en la gestión del ecosistema. El proyecto ha promovido formación en viverismo, viveros comunitarios con capacidad para producir alrededor de 10.000 plantas de mangle al año y ejercicios de monitoreo participativo de la calidad del agua junto con organizaciones locales y aliados académicos. En desarrollos más recientes se reporta una red de 30 puntos de monitoreo en la ciénaga. El propio Ministerio de Ambiente ha identificado las iniciativas comunitarias de viverismo y restauración dentro de las acciones que se adelantan con la CRA, Conservación Internacional y Grupo Argos. La planificación también está llevando la naturaleza al interior de la nueva ciudad. En alianza con el Instituto Humboldt, en el desarrollo del proyecto Ciudad Mallorquín se incorporó Soluciones Basadas en la Naturaleza en el diseño de sus parques, utilizando vegetación nativa orientados a favorecer conectividad ecológica, confort térmico, biodiversidad y resiliencia climática. El Instituto Humboldt destaca este caso como un ejemplo de diseño urbano que busca construir espacios multifuncionales capaces de conectar la ciudad con los ecosistemas. El proceso de recuperación de la Ciénaga de Mallorquín es el resultado de una construcción que involucra autoridades, comunidades, academia, organizaciones ambientales y sector privado. Este caso demuestra cómo el urbanismo formal puede ser una herramienta de regeneración cuando incorpora al medio ambiente desde la planeación, destina suelo a conservación, compensa sus impactos, financia restauración y convierte a las comunidades en protagonistas del cuidado del territorio. Sigue toda la información de Más Contenido en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.






