Angelita García (Granada, 94 años) tiene la nevera llena de comida y la casa salpicada de muñecos y recuerdos de sus nietos. Es una típica casa de abuela, con años de historia de la familia colgados por todas las paredes. La levantó ella misma, junto a su marido, ladrillo a ladrillo y durante muchas noches, cuando Torre Baró crecía con las manos de migrantes andaluces que habían llegado hasta las laderas de Barcelona buscando un lugar donde vivir. Allí crió a sus hijos, envejeció y se convirtió en una de las vecinas que todavía conservan en la memoria del barrio que retrató la premiada película El 47. De esa casa no piensa marcharse nunca. “Si me ofrecen un piso en el centro de Barcelona, no me voy jamás”.El martes, sin embargo, Angelita tuvo que abandonarla de golpe durante más de cinco horas. Un incendio declarado a las 15.20 en el parque natural de Collserola avanzó por la montaña hasta acercarse a Torre Baró. El fuego quemaba entonces ya unas 35 hectáreas y obligó a desalojar preventivamente a 35 vecinos de edificios de las calles de Castellví y Lliçà, mientras el resto de Torre Baró y Ciutat Meridiana quedaron confinados. Angelita estaba entre quienes tuvieron que salir. “Mi hija llegó por la tarde a mi casa y nos fuimos a la casa de mi nieta”, recuerda.Cerca de 200 bomberos participaron en las tareas de extinción, que movilizó efectivos del Ayuntamiento de Barcelona y de la Generalitat, además de medios aéreos. Las llamas avanzaron por la ladera de Collserola hasta aproximarse a las viviendas de Torre Baró y Ciudad Meridiana. Los equipos de emergencia trabajaban para evitar, sobre todo, que el incendio alcanzara las zonas habitadas. Hasta esta tarde, el incendio ha quemado 54 hectáreas y el trabajo de los bomberos ha logrado estabilizarlo, a la espera de poder considerarlo controlado. Angelita pertenece a la generación de familias procedentes de Andalucía que llegaron a Barcelona y levantaron buena parte del barrio. “Fue un susto enorme. He construido esta casa con mis propias manos junto a mi marido. Si se quema o me tengo que ir, me muero”, afirma Angelita. En su caso, la familia desborda los apellidos y se amplía a gran parte de los vecinos. “Aquí se vive muy bien, no es cómo la gente comenta por ahí. Todos somos familia”Esa red vecinal volvió a funcionar el martes mientras el humo se extendía por Collserola y los vehículos de emergencias recorrían las cuestas del barrio. Protección Civil envió durante la tarde dos mensajes Es-Alert con la orden de confinamiento y la indicación de cerrar puertas y ventanas. A las 18.30, los servicios de emergencia ya habían recibido más de un millar de llamadas al 112. Sin embargo, varios vecinos de las dos calles desalojadas de Torre Baró aseguran que esos mensajes nunca llegaron a sus teléfonos. Izan, vecino y nieto de Angelita, cuenta: “Ni mi familia ni nadie que conozco lo ha recibido. Dos calles más abajo, sí”, denuncia. Buena parte de ellos se enteró de las instrucciones a través de los altavoces de los vehículos de la policía y de los bomberos que recorrían la zona. Janira Munhóz, de 20 años, estaba sola en casa cuando comenzó el incendio y fue la primera vecina en ser desalojadas. “Salí y empecé a recoger de la terraza todo lo que se podía quemar. Los bomberos ya habían saltado a mi tejado”, recuerda. “Todo el jaleo en la calle fue muy rápido. En muy poco tiempo, ya estaba desalojada y no me habían avisado de nada”. Mientras tanto, las carreteras de Horta a Collserola, del Cementerio y de Roquetes quedaron cortadas y los trenes de Rodalies de la línea R4 dejaron de parar en la estación. Para quienes viven allí desde hace décadas, el incendio dejó, sobre todo, un enorme susto. Los vecinos de Castellví y Lliçà vieron las llamas acercarse a unas casas donde la montaña empieza prácticamente al otro lado de la puerta. “Es que nunca me habían desalojado antes por un incendio”, cuenta Izan. La cercanía del bosque, sin embargo, no les hace plantearse salir de ahí. “Siempre hay incendios, sabemos que va a pasar todos los veranos. Es raro cuando no pasa”, afirma sin pensar dos veces. Este miércoles, en las dos calles desalojadas, la normalidad había regresado y los vecinos volvían a sus rutinas. El fuego se había alejado, pero permanecía una sensación antigua y conocida de seguir estando en uno de los extremos de Barcelona.