Eduardo Palomo
Caminomorisco (Cáceres), 20 ago (EFE).- A Ángela la avisó un vecina. «Sal… está ardiendo la montaña», le dijo desde la entrada de su casa en Martilandrán, una alquería de unos cien habitantes en la que no queda nadie tras la orden de desalojo por el incendio de Pinofranqueado, al norte de la provincia de Cáceres.
Su descanso de media tarde fue interrumpido por los golpes dados con fuerza a la puerta de su casa por su vecina. Se asustó, tal como ha relatado a EFE, pues no sabía el motivo de ese ímpetu para que abriera la puerta.
El miedo de Ángela
Cuando abrió, salió y miró hacia las montañas comprobó la dimensión del incendio. Al instante, le entró el miedo. Luego empezaron a llegar vehículos de emergencias, bomberos… todo eso «asusta» y más aún en una alquería pequeña por la que solo se llega por una carretera comarcal.








