Más contenidoMicrorredes solares y nuevas soluciones energéticas buscan impulsar la productividad y el valor agregado del campo costeño.La transición energética rural busca ir más allá de llevar electricidad: convertirla en producción, conservación y mayor valor para el campo. Foto: iStock.26.08.2026 09:28 Actualizado: 26.08.2026 09:28

El desafío ya no es solamente llevar electricidad al territorio, sino utilizarla para producir, conservar y transformar. A lo largo de muchos años, llevar electricidad a las zonas rurales del Caribe colombiano fue, fundamentalmente, una discusión de cobertura. Ahora aparece una segunda pregunta, mucho más económica: ¿qué puede hacer el campo con esa energía cuando llega?La respuesta puede estar en las microrredes solares. No solamente para iluminar viviendas, sino para mover bombas de agua, alimentar sistemas de riego, mantener refrigerados productos perecederos, operar centros de acopio y permitir que parte de la transformación de las materias primas ocurra cerca de donde se producen.Al presentar la reglamentación de Colombia Solar, el entonces ministro Edwin Palma resumió el propósito de la política: “Con Colombia Solar estamos transformando el subsidio en autonomía energética, llevándole energía limpia y barata a los hogares que históricamente han pagado las tarifas más altas, sobre todo en la costa Caribe”.La pregunta para el campo es si esa autonomía puede dar el siguiente paso: pasar del consumo doméstico a la infraestructura productiva. La experiencia de La Guajira ofrece una primera señal. En Uribia, el IPSE estructuró una microrred con generación fotovoltaica y baterías de almacenamiento para energizar 1.323 usuarios, entre ellos 935 familias, 323 unidades comunitarias de atención a primera infancia y 65 instituciones etnoeducativas. El sistema fue concebido para operar las 24 horas.Pero el dato más importante para la discusión económica está en la explicación que dio Javier Campillo, entonces director del IPSE: “No solamente se da la opción a las comunidades de acceder a un servicio de energía por 24 horas, sino que puedan tener la capacidad de vincular proyectos productivos que les generen riqueza en el territorio”.Ahí está el salto conceptual. Una microrred que atiende iluminación y electrodomésticos resuelve una necesidad social. Una que además mueve una bomba de riego, una cámara frigorífica o una pequeña planta de transformación comienza a convertirse en infraestructura económica.El Ministerio de Agricultura contempla esa integración en su Plan Nacional de Riego y Drenaje para la Economía Campesina, que incluye soluciones que combinan fuentes hídricas con energía solar, eólica y otras alternativas para ampliar el acceso al riego.La conexión entre energía y agua es especialmente relevante en el Caribe Seco. La UPRA identifica que 71,3 por ciento del área cultivada de maíz está localizada en zonas con baja sostenibilidad hídrica y advierte que la infraestructura de riego y drenaje es insuficiente e inadecuada. El organismo estima, además, una huella hídrica azul del cultivo de aproximadamente 20,7 millones de metros cúbicos. Entre las acciones propuestas está modernizar los sistemas de riego y drenaje para mejorar productividad, competitividad y sostenibilidad.La ecuación puede ser, entonces, más amplia que instalar paneles: energía solar para bombear agua; agua para aumentar la productividad; producción para alimentar centros de acopio; y energía para conservar y transformar lo cosechado.Agricultura y energía: a compartir territorioUna señal todavía más reciente aparece en Baranoa, Atlántico. En mayo de 2026, la empresa Cannabis Medical Company puso en funcionamiento una granja solar destinada a abastecer sus propios procesos de producción de cannabis medicinal. El Ministerio de Minas y Energía presentó el proyecto como un ejemplo de integración entre agricultura y generación de energía limpia.El caso es puntual y no permite extrapolar sus resultados a todo el sector agropecuario, pero sí muestra hacia dónde puede desplazarse la discusión: de la energía como servicio a la energía como factor de competitividad agroindustrial.Y allí aparece la cadena de frío. Para un productor de frutas, hortalizas, pescado, lácteos o carne, producir no necesariamente significa poder vender en mejores condiciones. Sin refrigeración y almacenamiento, el tiempo juega en su contra y puede obligarlo a comercializar rápidamente.Una microrred podría alimentar un pequeño nodo productivo compuesto por generación solar, baterías, refrigeración y almacenamiento. El objetivo no sería solamente reducir el consumo eléctrico, sino evitar que el productor pierda capacidad de negociación por no contar con infraestructura de conservación.El programa Caribe Cambia Tu Energía muestra la dimensión que tiene la eficiencia energética en la región. Fenoge contempla dentro del programa la sustitución de 20.000 equipos de refrigeración, en conjunto con Air-e y Afinia, durante 2026. La oportunidad pendiente es llevar esa lógica desde hogares y comercios hasta la infraestructura productiva rural.A su vez, el Nuevo Mercado de Sincelejo ofrece otro ejemplo. En junio de 2026, el Ministerio de Minas y Energía entregó sistemas solares a 58 comerciantes, con reducciones estimadas de entre 50 y 70 por ciento en sus costos de energía.Ese tipo de experiencias permite entender por qué la generación distribuida puede tener un papel económico en el Caribe: allí donde el costo energético pesa sobre la operación, producir parte de la electricidad en el propio lugar de consumo puede liberar recursos para otras actividades.El reto es trasladar esa lógica a unidades rurales de menor escala: fincas, asociaciones de productores, centros de acopio, cooperativas pesqueras o pequeñas plantas de procesamiento. Sigue toda la información de Más Contenido en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.