El tomate vuelve a reinar en Buñol (Valencia) este último miércoles de agosto. “La Tomatina es tan divertida y tan loca…”, describen los visitantes de otros países. Desde que la celebración prendiese en la población a raíz de una pelea de unos jóvenes en 1945 que se saldó a tomatazos, miles de personas de todos los continentes se han acercado hasta este municipio del interior de la provincia de Valencia para vivir este frenesí tan curioso como divertido. Hoy, unos 22.000 participantes, la mayoría extranjeros, han convertido este municipio de 9.800 habitantes en un campo de batalla en el que la munición han sido 150 toneladas de este fruto que ha teñido todo y a todos de rojo. Cuatro personas han tenido que ser atendidas afectadas por gas pimienta, que ha lanzado alguien, según fuentes municipales. Sergio Galarza, concejal del Ayuntamiento de Buñol, explica, sobre todo a los novatos, cómo lanzar tomates adecuadamente: “Lo primero que hay que hacer es cogerlo, aplastarlo bien fuerte para que libere su jugo y lanzarlo al primero o a la primera que veas”. En esta edición han salido siete camiones con miles de kilos de este fruto bien madurado, no apto para el consumo humano, de la variedad pera y cultivado expresamente para arrojarse en esta fiesta en Don Benito, Badajoz. Ataviados con el kit de supervivencia -gafas de buceo o de esquí para proteger los ojos del ácido, ropa vieja porque terminará empapada de jugo, un calzado para no resbalar y, a ser posible, una muda seca-, miles de visitantes han calentado motores a las diez de la mañana y se han apiñado en torno al llamado Palo de Jabón, otra tradición del pueblo, que consiste en trepar por un tronco, embadurnado del ungüento resbaloso, y alcanzar el jamón que espera en lo alto. Miguel Ángel Luna, buñolense de nacimiento, es el representante de esta tradición y matiza que no tiene nada que ver con la Tomatina, en la que ha participado decenas de veces, cinco al menos dentro del camión que vuelca el fruto por las calles. Tiene 48 años y subió a estos vehículos por primera vez con 14. “Es impresionante. El ácido del tomate te limpia la piel; es un exfoliante natural. Y como lleves ropa de color rojo, te enfocan y te fríen los que están a pie de calle”, describe.La Tomatina, de gran atractivo para los visitantes internacionales, que pagan entrada —hay 15.000 plazas para los foráneos y el resto se reservan para los vecinos de Buñol— por acceder al tomatódromo, es muy apreciada no solo por los valencianos, sino también por australianos, indios —desde que Bollywood la sacó en una de sus populares producciones— o japoneses. Asuka Katayama, de una agencia de viajes japonesa, viene cada año a la Tomatina. En esta ocasión, lidera a un grupo de 60 ciudadanos nipones. “Es una locura porque es justo lo contrario de lo que ven en Japón. Allí hay festivales, pero tan divertido, tan loco y con tanta interacción, no”. El grupo coge el ritmo y se suelta con el lanzamiento de tomates. Otro grupo de cuatro amigos, llegado de Delhi (India), espera el camión cerca de la plaza del Ayuntamiento, totalmente empapados por el agua que los vecinos lanzan a cubos desde las ventanas de sus casas para refrescar la espera. Es su primera vez y alucinan porque en su país hay dos festivales: el de colores de Holi en primavera y el de las luces de Diwali en otoño. “Pero esto es más desenfrenado”, reconoce uno de ellos, de 38 años. Sonnal, de Bombay, grita junto a sum marido para imponerse al barullo que ha sido una experiencia “asombrosa”. “Me ha encantado”, apunta mientras pregunta dónde están las duchas o mangueras instaladas por todo el pueblo para que la gente se limpie el tomate.Les siguen dos jóvenes italianos, Luca y Valerio, de Matera, un pueblo al sur del país cerca de Palermo, que como manda la tradición han acabado embadurnados. “Es la primera vez pero no la última”, anuncian. “Nos gusta porque estamos todo sucios pero la gente es feliz, lo pasa muy bien y no pasa nada”, explican. Suena la carcasa que da inicio —y a las 13.00 horas pone punto final al festín tomatero— y desde la distancia ya se huele el olor a puré de tomate. Los locales viven la fiesta de modo diferente: “Si quieres, te metes en el lío y, si no, lo ves desde la barrera”, apunta una buñolera, Giovana, sentada a unos metros de donde está el fregao y acabando el almuerzo en una improvisada mesa que han sacado a la calle. “A los de fuera les cuesta al principio entrar, pero cuando están dentro, ya no los sacas”, añade otro compañero de mesa.Aurelio Palmer, vecino y portavoz socialista en el Ayuntamiento, explica lo que ya parece un ceremonial para los vecinos de Buñol. Las personas que van dentro del camión y empujan con el pie para que toda la carga llegue al suelo, van sujetas con cuerdas o arneses para no caer. Y abriendo paso a los camiones, hay otros vecinos que vigilan que, con tanta gente, alguien acabe bajo las ruedas. El concejal de la Tomatina, Sergio Galarza, asegura que el interés por esta fiesta no deja de crecer. Con el objetivo de que esta singular batalla, tan curiosa como divertida, siga traspasando fronteras, 45 medios nacionales e internacionales han dado cobertura a esta edición, que ha contado con más de 400 periodistas, cámaras, fotógrafos y creadores de contenido.El festival del tomate ha derribado barreras este año después de que el Ayuntamiento haya puesto en marcha un plan de accesibilidad, que incluye asistencia y acompañamiento personalizado para personas con discapacidad, un equipo reforzado de voluntariado y la incorporación de pictogramas en el recinto. “Al final, la Tomatina es una fiesta internacional mundialmente conocida y que abarca muchísimas personas, y las que tienen discapacidad o con algún tipo de necesidad también forman parte de ese porcentaje”, ha asegurado la activista y responsable del Departamento de Accesibilidad de Buñol, Regina Martínez.En esta edición, un instituto del municipio ha pedido solidaridad con los profesores de la educación pública. Los impulsores de la iniciativa han animado a los participantes de la Tomatina a lucir prendas de color verde, el representativo de la huelga educativa celebrada entre mayo y junio en la Comunidad Valenciana.