Los rostros se han difuminado con los días, en la medida en que han ido aterrizando, poco a poco, en la verdad que es amanecer en América y caer de golpe en África. A bordo de un vuelo de ICE Air, que salió el 20 de agosto del aeropuerto de Alexandria, en Luisiana, había un hombre a quien, sin embargo, casi todos recordarán. “Es un cubano, sí, un cubano al que se le salían los mondongos por la barriga”, dice un joven colombiano que no sabe exactamente qué era aquello que vio. Un hondureño, en el mismo avión, también se fijó en la protuberancia que asomaba por la panza, “como si fuera el intestino, tenía todo eso abierto, la barriga salida”. Cuando ese hombre y cuatro personas más se negaron a bajarse del avión en Liberia y siguieron a Guinea Ecuatorial, a nadie le importó que estuviera enfermo y cayera, a empujones, de frente al pavimento.La madre de ese hombre, Caridad, está que no quiere comer en su casa de Lehigh Acres, en Florida. La hermana, Dorty Sánchez, está desesperada. Un día entraron a Facebook y prestaron atención a un video desde Guinea Ecuatorial. Uno de los deportados a ese país informaba que con él había alguien en pésimas condiciones de salud. “Decía que había un muchacho con la barriga abierta y que se llamaba Leonardo Sánchez. Y si tiene la barriga abierta y se llama Leonardo, ese es mi hermano, no hay otro”.Así supo la familia que Sánchez, quien hasta ahora permanecía detenido en Texas, estaba aún más lejos de todos ellos, a pesar de ser un residente permanente de los Estados Unidos. Lo habían detenido por tenencia de drogas, según cuenta la familia, y había estado cumpliendo con horas de trabajo comunitario. El año pasado, en una gasolinera, fue detenido por agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) y trasladado, en un primer momento, al centro de Alligator Alcatraz. Desde entonces, la madre y la hermana hicieron todo para sacarlo del encierro. “Le habíamos puesto un abogado de la firma Wannamaker y, supuestamente, había posibilidades por su condición médica”. Pero ese abogado, dicen, los estafó, y ahora Sánchez está en un sitio tan extraño, con el cuerpo adolorido, sin saber si va a poder hacerse la operación -la décima- que tiene prevista en el hospital Jackson Memorial. “No valgo un medio”, dice Sánchez, que se asoma a una videollamada con EL PAÍS desde un cuarto del hotel Bamy, en Malabo, la capital de Guinea Ecuatorial. El hotel es propiedad de la familia de Teodoro Obiang Nguema Mbasogo, el presidente que lleva casi medio siglo en el poder. Este mes, varios reportes denunciaron que algunas personas fueron amenazadas a punta de pistola en ese hotel, donde el Gobierno también estaba alojando a enfermos de ébola. Desde hace un tiempo, además, la instalación acoge a los deportados que han llegado a ese país como parte de un acuerdo de 7,5 millones de dólares con el Gobierno de Donald Trump.Sánchez se soba la barba, no ha podido afeitarse. No les han dado, siquiera, cepillo o pasta dental, ni ropa. Cuatro días después de su llegada, aún lleva puesto el mismo pantalón gris con que salió desde Estados Unidos en el vuelo de más de 36 horas junto a una veintena de deportados a quienes nunca se les informó que iban rumbo a África. Durante el recorrido les dieron sándwiches y agua que apenas podían llevarse a la boca, mientras permanecían esposados de pies y manos. A Sánchez, dice, nunca lo dejaron ir al baño en todo este tiempo. “Me oriné tres veces en los pantalones”, asegura. En cuanto llegó al hotel, lavó los pantalones y la faja, la única que tiene para soportar el bulto en la barriga. Sánchez se agarra todo el tiempo la panza, como alguien que se sostiene a sí mismo, evitando que el cuerpo se le vaya a desparramar. Hace casi 10 años, en Hialeah, se vio envuelto en problemas y le asestaron varias puñaladas. “Le afectó el intestino, estuvo 40 días en coma. La piel quedó abierta y tuvieron que hacerle un injerto y ponerle el colon por al lado”, cuenta su hermana. Después, cuando cayó en manos del ICE, se encontró a sus atacantes también detenidos, pero ellos fueron puestos en libertad. “Metieron al que me dio las puñaladas en la misma unidad mía y lo soltaron. Así se lo dije al juez”, cuenta él. Ese bulto que todos perciben en su barriga es una gran hernia ventral. Desde que la tiene, Sánchez nunca más ha podido cargar más de 20 libras de peso, apenas encuentra trabajo y padece dolores que le resultan insoportables. En el hotel, que se mantiene vigilado con personal armado, y del que no los dejan salir, le han dado paracetamol para aliviar la molestia. También lo llevaron a un hospital local.“Pero en el hospital dijeron que si no tenía documentos, los médicos no se hacían responsables por mí. Le preguntaron al oficial que me llevó si ellos eran responsables, y dijo que no, que a él solo lo habían mandado. La doctora dijo: “si ustedes no se hacen responsables, ¿cómo nos vamos a responsabilizar nosotros?”, cuenta Sánchez.En este punto, en que el Gobierno estadounidense ha firmado acuerdos de deportación con más de una decena de países africanos, no solo preocupa el peligro y el limbo legal en que se encuentran estas personas, sino la atención médica que reciben. Savi Arvey, directora de políticas para los derechos de los refugiados y los inmigrantes de Human Rights First, una organización de derechos humanos que ha rastreado estas deportaciones, asegura que están “profundamente preocupados” por la situación en Guinea Ecuatorial. “Las personas recluidas en el hotel se ven privadas de acceso a atención médica esencial y sometidas a condiciones que ponen aún más en riesgo su salud y su bienestar, al tiempo que sufren abusos físicos por parte de los guardias y se ven presionadas para regresar precisamente a los países de los que huyeron para escapar de la persecución o la tortura”, dice.En varias semanas hablando con migrantes de varias nacionalidades enviados a la República Centroafricana, a Liberia y a Guinea Ecuatorial, este diario pudo constatar que no solo no están recibiendo la atención médica adecuada, sino que apenas pueden comunicarse con los doctores en lugares donde casi todos hablan francés. Algunos, a causa del agua o la comida, han reportado tener problemas estomacales y alergias. Otros han presentado episodios de malaria. Pietro Lima, un brasileño de 56 años también deportado a Guinea Ecuatorial, necesita medicación luego de perder, a causa de unos balazos en su país, el 30% del intestino y un riñón. “El ICE tenía mi medicación a mano y hace cinco días no tengo medicación, y necesito tomarla. Hablé con las personas acá y no saben nada de eso”, asegura. Al ser cuestionados sobre la situación de salud de Sánchez y otros migrantes deportados a África, un portavoz del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos declaró a El PAÍS que “todos estos inmigrantes indocumentados fueron deportados a un tercer país seguro”. “Estamos aplicando la ley tal como está redactada. Si un juez determina que un inmigrante indocumentado no tiene derecho a permanecer en este país, procederemos a su expulsión. Punto. La Administración Trump está utilizando todas las opciones legales para llevar a cabo la mayor operación de deportación de la historia, tal como prometió el presidente Trump”, sostuvo el portavoz. El Departamento de Estado, por su parte, aún no ha respondido nuestras preguntas al respecto.“Esto es tráfico humano”El vuelo que salió de Luisiana el 20 de agosto hizo una escala en Dakar, Senegal, para reabastecer de gasolina a la aeronave. Luego siguió su recorrido a Monrovia, en Liberia, país que aceptó recibir migrantes tras un acuerdo de 5 millones de dólares con Washington. Pietro Lima, el brasileño, nunca pensó que iba a terminar en ese sitio. “Tres días antes, en el centro de detención, me intentaron obligar a firmar un papel diciendo si quería ir para Liberia y no lo firmé”, asegura.Ya en Liberia, algunos migrantes descendieron del avión, pero hubo un grupo que se negó a bajar. Pietro, y los cubanos Darwin Hernández, Emilio Destrade, Carlos Rodríguez y Leonardo Sánchez estaban dispuestos a todo, con tal de no salir a un territorio que desconocen. Por las ventanas del avión se divisaba un gran operativo policial. “Les dijimos que no nos sentíamos seguros, pero nos forzaron a bajar. A mí me cargaron entre cuatro, me golpearon mientras estaba esposado”, cuenta Rodríguez. A Leonardo Sánchez lo tiraron por la escalerilla del avión, y cayó en el pavimento con su hernia al aire. Los cubanos y el brasileño empezaron a protestar. “Nosotros no somos de África, somos de otra parte del mundo”, les dijo Rodríguez. A causa del alboroto, los devolvieron una vez más al avión, y los oficiales del ICE les dijeron que estuvieran tranquilos, que los llevarían de vuelta a Estados Unidos. La nave siguió otro rumbo y casi tres horas después estaban en Guinea Ecuatorial, un incidente sin precedentes, la primera vez que un grupo de deportados se niega a bajarse de un avión y termina en otro sitio. “¿Cómo un gobierno, en pocas horas, nos manda a otro país y ese país nos acepta?”, se pregunta Rodríguez. “Esto es tráfico humano, nos han traficado en un avión”, dice. El Gobierno de ese país africano, que recibe deportados desde finales de 2025, emitió un comunicado donde aseguraba que trataría “a cualquier nacional de un tercer país transferido por el Gobierno de los Estados Unidos de América a Guinea Ecuatorial de manera coherente con sus obligaciones jurídicas internacionales” y que no serían ”sometidos a persecución por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opinión política, ni a tortura”.Finalmente, los migrantes llegaron al Aeropuerto Internacional de Malabo pasadas las 8 de la noche. Según Lima, los bajaron por una parte trasera de la instalación, a oscuras, lejos de cualquier ojo público. “Para esconder de las personas lo que estaba pasando”, dice. “Cuando el avión aterrizó, nos preguntamos ¿qué lugar es este? Nadie nos dijo nada. Nos pidieron que bajáramos y tampoco aceptamos. Pero vimos que abajo tenían más de 30 policías encapuchados, con armas. Teníamos miedo”.En una van, aún con las esposas puestas, fueron trasladados al hotel Bamy, a solo tres kilómetros del aeropuerto, casi 10 minutos de camino. “Los únicos latinos que hay aquí somos nosotros”, dice Rodríguez. “Acá estamos presos. Si nosotros estamos libres, como ellos dicen, ¿por qué no podemos cocinar nuestra comida, o salir al mercado a comprarla?” Hasta hoy no tienen ninguna identificación, no cuentan con pasaportes o algún documento legal provisto por las autoridades liberianas o de Guinea Ecuatorial. No saben que va a pasar con ellos.Michael Flynn, director ejecutivo del Global Detention Project, una organización que investiga y documenta la detención de migrantes, solicitantes de asilo y refugiados en todo el mundo, aseguró a este diario que Guinea Ecuatorial “carece de un marco de asilo para tramitar adecuadamente las solicitudes de refugio”. “Los testimonios de los detenidos indican que no reciben alimentos seguros ni adecuados, que no se les proporciona el tratamiento médico necesario y que desconocen por completo qué les está sucediendo o cuál será su destino. La incertidumbre debe de ser verdaderamente angustiosa”, sostiene. “La detención de estas personas forma parte de una tendencia sumamente preocupante en la que se deporta a migrantes desde Estados Unidos a países con los que no tienen ningún vínculo significativo, para luego someterlos a detención, a menudo sin acceso —o con un acceso muy limitado— a asistencia jurídica o a recursos efectivos”.