Caminar 10.000 pasos, meter proteína en todas las ingestas, tomar creatina en ayunas los días que entrenas fuerza; mejor si la tomas todos los días, hacer fuerza al menos dos veces a la semana. No te olvides de hacer algo aeróbico; si puedes “vestirte” del deporte elegido, mejor. No descuides el look, la aerodinámica te necesita y las marcas deportivas lo confirman.Ayuna de vez en cuando o, mejor, hazlo tu forma de vida, haz dos ingestas diarias y, si puedes, ayuna durante días. Recuerda que el cuerpo necesita hacer un detox. Cuenta las horas sin comer para que tu cuerpo funcione mejor. Olvida que esto ya lo hacen de forma autónoma el hígado, los pulmones y la piel, y no dudes en invertir en batidos verdes llenos de espinacas y fruta tropical, que te dejarán sin energía, desplazarán alimentos necesarios de tu dieta y seguramente te harán bajar dos kilos de masa muscular. Es difícil de creer con semejantes precios que cuestan estos mejunjes, pero el coste que pagará tu metabolismo después y tu relación con la comida serán mucho más altos.Registra cada actividad que haces, no vaya a ser que hoy camines 8.000 pasos en lugar de 10.000 y tu Apple Watch no complete los círculos de actividad. Monitoriza tu sueño, usa aplicaciones que te recuerden cuándo parar, medita para “desconectar y volver a conectar” y haz journaling, agradece al universo capital tu día y tu alta productividad.La comida ya no es como la de antes, la que comían nuestros ancestros; ahora no nutre igual, así que me temo que deberías suplementarte. Me atrevo a decir que, al menos un omega-3, ya sabes que la grasa no hay que descuidarla, una vitamina C y, si peinas los treinta, te diría que empieces por un colágeno. Si ya has pasado la cuarentena, qué mínimo que un magnesio, porque seguro que no pegas ojo, una ashwagandha, que seguro que no tienes energía, proteína en polvo, porque, si no, ¿cómo vas a cubrir el mínimo de treinta gramos de proteína en cada ingesta? Y quizás no te sobre melatonina.No olvides usar el código de descuento de cada influencer. Para ti puede suponer solo unos pocos euros de ahorro, pero, para ellos, cada compra realizada con su código se traduce en una comisión. Y cuando están recomendándolo a miles de personas, esas pequeñas comisiones, una tras otra, pueden acabar generando un beneficio considerable. Un pequeño descuento, pero un gran negocio.Y a todo esto le estamos llamando salud.Hay un nicho nuevo de mercado: somos las mujeres de cuarenta. Antes ni siquiera nos nombraban porque ya éramos señoras; nuestra época fértil pasó o está a punto de pasar y no interesamos. Ahora puedes cruzar España saltando de experto en experto en mayores de 40 sobre actividad física, salud hormonal, nutrición… Es importantísimo que se nos dé visibilidad y que temas que antes eran motivo de burla y mofa, como la menopausia, se estudien y se atiendan de manera adecuada y científica. Pero, como siempre, surgen los aprovechados, porque total, prueba y, si no te funciona, la culpa es tuya…Cuidarse también cuesta dinero. Si cada suplemento ronda los treinta euros y tomamos al menos dos, ya son sesenta euros al mes que añadir al presupuesto personal. A eso hay que sumar la cuota del gimnasio, el reloj que mide tus pasos y tu sueño, las zapatillas para correr, las clases, el entrenador, el nutricionista, el análisis de turno o ese tratamiento que promete devolverle a tu cuerpo lo que, según los cánones estéticos, ha perdido con la edad. Hemos conseguido mezclar el cuidado de la salud con el privilegio de poder permitírselo. Porque quizás no se trate solo de querer cuidarse, también hay que poder pagar todo lo que ahora parece necesario para hacerlo.Pero el privilegio no es solo económico. También lo es tener tiempo. ¿Dónde cabe tanta tarea por y para la salud en la vida que llevamos? ¿Quién puede cumplir con todo eso sin desatender su vida laboral, familiar y personal? Y por no llegar a todo también se paga un precio. Porque, cuando cuidar la salud se convierte en una lista interminable de obligaciones, no cumplirlas genera malestar, culpa y la sensación de estar haciendo algo mal. Muchas de ellas, además, son innecesarias, contraproducentes o no tienen por qué aplicarse a todas las mujeres.Todas estas normas y mandatos en pos de la salud, de tu mejor versión, tienen un efecto mucho más perverso. Y es que, en un momento vulnerable, cuando el cuerpo cambia de manera natural, estar en esta perpetua vigilancia y control aumenta las conductas alimentarias de riesgo en mujeres. La vigilancia constante del cuerpo no es inocua. Quizá el problema esté precisamente ahí, en que, bajo la apariencia de una mayor preocupación por nuestra salud, estamos normalizando una vigilancia constante sobre nuestros cuerpos. En una etapa en la que nuestro cuerpo cambia, en la que aparece nueva sintomatología y necesitamos información y atención médica, también aparecen nuevas formas de decirnos qué tenemos que hacer, cómo tenemos que comer, cuánto tenemos que entrenar, qué tenemos que tomar y hasta cómo deberíamos envejecer.Y quizá tengamos que preguntarnos cuánto de este nuevo interés por nuestra salud responde realmente a una necesidad de cuidarnos y cuánto a la necesidad de que sigamos sintiendo que nuestro cuerpo necesita ser corregido y alimentando a la industria de la belleza y el wellness. Como afirma la filósofa Sandra Lee Bartky, “la mujer se convierte en un cuerpo disciplinado, un cuerpo cuya superficie está continuamente bajo escrutinio”.