El mismo día en que un terremoto de magnitud 7,4 sacudió al occidente de Colombia, en el pueblo de Ortega (Tolima) las tierras se prendían en llamas. Mientras algunas familias revisaban los daños que había dejado el sismo en sus casas, en varios puntos de la zona rural aparecían conatos de incendio. Primero, en la madrugada, en la vereda Canali; horas después, en el sector de Playa Verde, aparentemente por un cortocircuito ocasionado por el terremoto. Con el paso de las horas, el fuego se propagó hacia la Mesa de Ortega y Balsillas, donde se lograron apagar después de dos semanas. “Para nosotros ha sido algo muy duro porque no habíamos salido del temblor cuando aparecieron los incendios”, dice Viviana Oyola, representante de los caficultores del sur del Tolima ante la Federación Nacional de Cafeteros.Como ocurrió en muchos lugares tras el sismo, el fuego produjo una reacción colectiva y solidaria. “En ese momento todos nos convertimos en brigadistas. La gente salió de sus casas para ayudar a apagar”, cuenta Kensy Rodríguez, líder de las brigadas forestales comunitarias de Ortega. Cuenta que muchos de los 36.000 habitantes de este municipio del sur del Tolima, al centro de Colombia, han aprendido a convivir con los incendios desde niños. Las conflagraciones no han sido raras en una zona seca, dice, pero han cambiado las condiciones en las que ocurren. Las temperaturas son cada vez más altas, los pastos permanecen secos durante más tiempo y una botella de vidrio puede causar un desastre.En 2024, estas brigadas, grupos de la sociedad civil encargados de la primera respuesta ante los incendios, registraron más de 400 incendios forestales en el municipio, según sus registros. Ahora, ante una oleada de fuegos en su departamento, los ortegunos se organizan rápidamente en grupos de entre 60 y 70 personas para atender las emergencias. No son bomberos profesionales, son campesinos, vecinos y voluntarios que conocen los caminos y trabajan en coordinación con los bomberos para detener el fuego.Esta vez, la dificultad ha aumentado por la falta de agua. Los niveles de los ríos están muy bajos y algunas quebradas están secas, lo que ha llevado a encontrar varios animales deshidratados. En las zonas más alejadas, el problema también ha sido poder llegar hasta allí. Hay sectores de la cordillera ubicados a varias horas del casco urbano donde el mal estado de las vías ha impedido que los bomberos puedan llegar y las ayudas han tenido que ser transportadas en tractores y a caballo. La secretaria de Gestión del Riesgo del Tolima, Erika Lozano, prevé que el fenómeno de El Niño, que comenzó hace un mes, tenga su pico más alto en septiembre, y lo considera como una de las principales causales de los incendios en los distintos municipios del departamento. Sin embargo, aclara que investigan la posibilidad de que algunas personas estén propiciando las conflagraciones, lo que sería un crimen ambiental. En todo caso, hay un patrón de incendios que se repite cada año en los mismos municipios tolimenses, como reconoce la comunidad: “Por esta época del año, los vientos de agosto hacen que proliferen más rápidamente”, señala la secretaria.Ortega, además de estar ubicado en uno de los departamentos más calurosos del país, según lo demuestran los mapas de calor del Ideam, es un municipio cafetero que produce especialidades de altísima calidad. En el casco urbano, los granos de café suelen cubrir las calles mientras los productores los secan al sol. Los jeeps Willys, que en Colombia son sinónimos del cultivo que disparó y sostuvo la economía durante el siglo XX, bajan desde la cordillera cargados con los bultos que llevan al pueblo.Sin embargo, según cuenta Oyola, el cambio climático ha desplazado la caficultura hacia arriba, hacia las partes más altas de la cordillera de los Andes. Oyola explica que la variabilidad climática está afectando a los productores de café. Los 610 municipios cafeteros que tiene Colombia en 23 departamentos han tenido que encontrar estrategias para transformar sus formas de producción frente al cambio climático, como asegura Hugo López, fundador de Innovakit, una empresa de tecnología que trabaja para llevar innovación social a los caficultores y cacaoteros del país. “Hace 20 años no se cultivaba café por encima de los 1.950 metros sobre el nivel del mar, una frontera agrícola que ha subido y ha llevado a que desaparezca el café en la parte baja de las montañas. Esto no solo fuerza los cultivos de café, sino otros como la papa y la zanahoria, lo que implica más presión en las partes altas en los ecosistemas”, asegura López basado en los datos recogidos por su empresa. En Ortega, la realidad de ese riesgo se ha escrito en cenizas. “Tenemos varias fincas cafeteras quemadas por completo y el sismo nos dejó también varios damnificados. Estamos a la espera de construir el censo de afectados”, cuenta Oyola.Hace aproximadamente dos décadas, el aumento de los potreros destinados a la ganadería comenzó a modificar drásticamente el paisaje del municipio, que tiene su caso urbano en pleno valle del río Magdalena, sobre las estribaciones de la cordillera central. Si bien esa zona del país ha sido tierra ganadera desde el siglo XIX, en los últimos años la tala de bosques para pastos y potreros en el departamento se multiplicó. Olga Luisa Alfonso, directora de la autoridad ambiental del departamento, Cortolima, lo señala como otro factor: “Existe una correlación directa entre los procesos de deforestación, los aumentos de temperatura y la variabilidad climática de la región. En este último fenómeno de El Niño, en promedio hemos aumentado 2,4 grados centígrados en temperatura”, dice. A esto se suman períodos de sequía que hacen que la vegetación sea cada vez más vulnerable al fuego. Hasta la mañana del martes se reportaban 27.000 hectáreas quemadas en el departamento, y 7.000 de ellas en Ortega. Eso, pese a que una lluvia caída durante la madrugada del sábado 22 de agosto dio un respiro en el pueblo. El agua que cayó hacia las seis de la mañana ayudó a disminuir la intensidad de algunos incendios. Pero incluso si paran, para los campesinos los cultivos y los potreros ya están quemados. Además del café, el limón, el maíz y la caña de azúcar hacen parte de la economía de las familias agricultoras de Ortega. En algunas fincas, los animales se quedaron sin alimento porque el fuego acabó con los pastizales, mientras que los bebederos y comederos del ganado también resultaron afectados.El exsecretario de Agricultura del municipio, Ronald Vélez, explica el tamaño del impacto: “Además de los cultivos, el fuego ha arrasado con gran parte de los bosques”. Las entregas de ayudas de emergencia, coordinadas por la Alcaldía, ya han llegado a algunas de las zonas más afectadas, pero los daños materiales serán compensados solo progresivamente. Su monto aún está por evaluarse, y solo crecen en la medida en la que los incendios no cesan e incluso aparecen unos nuevos.