En 2011, la Unesco declaró la cultura de los cafés vieneses patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. La descripción oficial decía: “Son lugares donde se consumen el tiempo y el espacio, pero en la cuenta solo aparece el café”. Ciertamente, por muy elevado que sea el precio de la factura, nunca llega a pagar la experiencia completa: el derecho a sentarse durante horas leyendo los periódicos, siempre presentes en los expositores de prensa de madera; el asiento de primera fila a la vida, a la gente y al modo de ser de una cultura; el ritual diario de la tarta y el café de media tarde; el poder escuchar la música de un piano o la orquesta que toca en vivo, el sol que se filtra por la ventana anunciando la primavera, la conversación espontánea con el de la mesa de al lado o la posibilidad de encontrar un amigo, un amor, un confidente. En una ocasión leí un libro sobre testimonios de supervivientes de los campos de exterminio nazis. Uno de ellos, francés, desvelaba su secreto para evadirse de aquel infierno. Varias horas al día, en su imaginación, dejaba el campo y se trasladaba a la terraza de un café parisino para tomarse un pastis.Los rituales tienen una función y sirven para anclarnos a una cultura, a un modo de vida, a las costumbres de una época que ya se fue. Los cafés de Viena conocen esta fórmula y la cumplen a rajatabla. El café llega en una pequeña bandeja de plata, siempre acompañado de un vaso de agua del grifo (que en la capital austriaca es excelente, ya que, según dicen, procede de manantiales en los Alpes de Baja Austria y Estiria) y con una cuchara boca abajo. El camarero, a quien uno deberá dirigirse como herr ober (señor jefe de sala), puede parecer poco cordial, pero no se trata de un mal servicio: es el wiener schmäh (humor vienés), una mezcla de ingenio mordaz y hosquedad teatral que forma parte del espectáculo.Quien piense que los cafés de Viena son simples cafeterías está muy equivocado. Fueron las oficinas de pensadores como Stefan Zweig, los cuarteles generales de artistas como Gustav Klimt; las cocinas de revoluciones, con chefs como León Trotski (que vivió en Viena de 1907 a 1914); también el consuelo de los solitarios, que formaban parte del mundo el tiempo que duraba un café, y el domicilio declarado de excéntricos, como el poeta Peter Altenberg, que recibía correspondencia en el Café Central de Viena.Hay que conocer ciertos códigos para evitar la mirada perpleja del camarero. Aquí no hay que pedir un café, a secas. Aquí hay que especificar. Un wiener melange, el café vienés por excelencia, es un expreso con leche caliente y espuma por encima. Básicamente, un capuchino. El einspänner es un café solo fuerte o un expreso doble, servido en un vaso de cristal con una generosa montaña de nata montada (originalmente diseñado para que los cocheros pudieran beberlo sin derramarlo). El großer brauner es un expreso doble servido con leche o nata aparte, para que cada uno añada la cantidad a su gusto. Y, por último, el franziskaner es una melange que utiliza nata montada en lugar de espuma de leche, llamado así por su similitud con el color del hábito de los franciscanos.En verano, a algunos de los cafés más emblemáticos de Viena se añade el encanto de sus terrazas. Estos son los que cuentan con las zonas exteriores más hermosas, pintorescas o escondidas de la capital austriaca. Café Landtmann (Universitätsring, 4)Al lado del Burgtheater, el teatro nacional de Austria, y delante del Ayuntamiento, este café fundado en 1873 por Franz Landtmann presume de ser el más elegante de la capital austriaca.Bienvenidos al universo de los desayunos largos y las comidas cortas de negocios, ya que cuenta con un menú del día a un precio bastante asequible (sopa y segundo por 16,90 euros o plato principal por 15). La cocina, aunque con buenos ingredientes, es algo aburrida, pero eso se subsana con los maravillosos postres, entre los que destaca el brazo de gitano (actualmente, con otros nombres) relleno de chocolate negro.Con un deslumbrante mobiliario y una exquisita atención al cliente, todavía continúa siendo un lugar de encuentro para las altas esferas políticas y económicas del país. Por aquí han pasado Peter Altenberg, Sigmund Freud, Gustav Mahler, Max Reinhardt, Marlene Dietrich, Romy Schneider, Burt Lancaster, Hillary Clinton o Paul McCartney. Su terraza, rodeada de una jardinera con flores, es de las más agradables en los meses de verano. Un mundo de exclusividad, pero también de vida urbana; ya que en Viena no solo los ricos van a estos cafés, sino también los jubiladas de clase media, los estudiantes y cualquiera que quiera aprovechar el sol del intenso, pero corto, verano.Café Schwarzenberg (Ringstraße Galerien. Kämtner Ring, 17)Como la mayoría de los cafés de la Ringstraße, dispone de un schanigarten; es decir, una terraza. Término que no debe confundirse con el gastgärten, esa especie de jardín privado que tienen algunos bares, pero que no forma parte de la acera o la calle. Como todos los cafés vieneses, el Schwarzenberg es un viaje en el tiempo a una estética muy precisa, a un servicio impecable y una bandeja con vasos de agua y azucarillos, aunque la terraza se asome ya más al siglo XXI, de manera irremediable. Además de eventos culturales (lecturas, exposiciones y veladas musicales), ofrece varios días a la semana música de piano y el jazz brunch, de 10.00 a 12.00. Durante la temporada de baile vienesa (entre noviembre y febrero), cuando la capital austriaca celebra más de 450 galas tradicionales —siendo su evento más emblemático el Baile de La Ópera—, este es uno de los pocos que ofrecen el llamado Katerfrühstück (literalmente, desayuno de resaca), en el que los asistentes al baile, al término de este (a eso de las cuatro de la madrugada), recuperan fuerzas con un pequeño goulash (un guiso de carne de ternera) y un seidl de cerveza. Su selección de tartas es casi patrimonio cultural. Café Museum (Operngasse, 7)Decorado por Adolf Loos, el establecimiento, que abrió sus puertas en 1899, pronto fue el cuartel general de artistas y escritores. Su decoración se distinguía de la de sus contemporáneos, más ornamentales, por su simplicidad y funcionalidad, que aún se observan en las sillas y mesas de la marca Thonet. A principios de los años treinta, el diseño fue cambiado considerablemente, pero la restauración de 2003 le devolvió su apariencia original. Se encuentra cerca del popular mercado callejero Naschmarkt, de la Karlsplatz y del Pabellón de la Secesión Vienesa, en la Ciudad Vieja de Viena.A principios del siglo XX, cuando no existían las zonas VIP y los artistas se mezclaban con el pueblo llano, el café contaba entre sus habituales a Gustav Klimt, Elias Canetti, Peter Altenberg, Hermann Broch, Otto Wagner, Robert Musil o Joseph Roth. Y todavía guarda una estrecha y amistosa relación con la literatura, y hay lecturas mensuales seguidas de coloquios y firmas de libros con entrada gratuita. La terraza del Museum recuerda a las parisinas, con dos filas de pequeñas mesas, donde en los meses de verano se puede degustar mil y una formas de desayunar, de tomar un menú del día o de honrar la vienesa tradición del café con tarta mientras se arregla el mundo. Café Sacher (Philharmoniker Str., 4)La terraza de este café y hotel está revestida de un aura de exclusividad a pie de calle, donde es fácil acabar hablando con el vecino de mesa al mismo tiempo que se tiene la total certeza de estar en un lugar importante. Con su moqueta roja y su decoración de candelabros, cuadros de época y mesas de mármol, ha salido en películas como La dama de oro (2015) y Tarta Sacher (2022).Esta especialidad dulce austriaca se puede degustar en cualquier café que se precie, pero quizás el nombre del lugar y el hecho de que aquí se sirve con crema batida sin azúcar, como manda la tradición, hace que mucha gente venga para pedir su café y su porción de tarta Sacher. Esta fue creada en 1832 por un joven de 16 años llamado Franz Sacher, que trabajaba en la cocina del príncipe Wenzel von Metternich como aprendiz. La historia cuenta que el príncipe había pedido a su jefe de cocina que preparara un postre para impresionar a unos invitados muy importantes, pero entonces el jefe cayó enfermo, dejando esta gran tarea al joven aprendiz, que creó un pastel de bizcocho con crema de albaricoque y chocolate.Este café presume también por su impecable selección de los expresos más preciados del mercado cafetero y por su catálogo de tés, procedentes de todos los rincones del mundo. En temporada alta se recomienda reservar con suficiente antelación para vivir esta experiencia.Café Rüdigerhof (Hamburgerstraße, 20)Para desayunar, comer, cenar o para tomar el tradicional café con tarta, su terraza ajardinada, alejada de las zonas turísticas de Viena, es perfecta en los días de verano. Está además ubicada en un edificio estilo Secesión de 1902 y guarda una decoración interior estilo años cuarenta, con su tapicería, sus muebles y lámparas art déco, y sus visillos que tapan media ventana para ver sin ser vistos. Bajo sus árboles, los locales y turistas despistados hacen una parada para retomar fuerzas. Y si la Sacher es el bocado dulce que hay que probar en Viena, el salado es el schnitzel, una especie de filete empanado de cerdo, ternera o pollo, que el Café Rüdigerhof borda a las mil maravillas y sirve con ensalada. Los desayunos, a la sombra de los árboles o al sol dependiendo de la climatología, cuando los clientes son todavía escasos, son muy agradables, mientras que las cenas congregan a una mayor y más ruidosa clientela.Café Prückel (Stubenring, 24)Este café, abierto en 1903 por Maxime Lurion, excampeón europeo de ciclismo, ha experimentado varias transformaciones en sus más de cien años de historia. Inicialmente conocido como Café Lurión, cambió su nombre a Café Miramonte antes de convertirse en el de hoy gracias a Wenzel Prückel, quien en 1906 logró obtener el permiso para colocar mesas en el exterior.Destaca por su decoración de los años cincuenta, con especial atención a los detalles, incluyendo muebles de caoba con incrustaciones y sillas tapizadas en moquette francés. La ubicación es también privilegiada, ya que se encuentra entre Stubenring y Dr. Karl-Luegen-Platz. Además de su música de piano en vivo, bajo el café se encuentra el Lucky Punch Comedy Club, un lugar donde disfrutar de monólogos cómicos.En el apartado de la gastronomía hay que destacar el café, que aquí es excelente, y el wiener melange. Otro punto fuerte es la prückel creme, una especialidad de la casa. Y, por supuesto, hay que probar el dulce por excelencia: el kaiserschmarrn, una especie de crêpe troceado y dulce que aquí es también todo un clásico.