Si algo se detiene en el tiempo, entonces puede funcionar como una máquina del tiempo. Lugares de referencia mundial son evidencia de eso. El Obelisco, la Torre Eiffel, la Casa Blanca, el Teatro Colón o el Big Ben. Lugares que tienen ese perfume que no se huele en ningún otro lugar del mundo. Es una descripción que tranquilamente podría ir con el Pasaje Rivarola. Una ciudad como Buenos Aires ofrece una variedad de geografías que son de prestigio internacional. La posible gobernación de un virrey francés condujo a crear una cuadra típicamente parisina diseñada en espejo. El virrey finalmente no vino, pero sí quedó un pasaje que al día de la fecha brinda un encanto que ningún otro recorrido de Buenos Aires tiene. El tiempo pasa para todas las personas. Y si pasa para las personas, pasa también para las construcciones que el ser humano realizó. Pero, sin embargo, sigue siendo posible encontrar en una calle como el Pasaje Rivarola una cápsula del tiempo que sea testigo de lo que ya no está. Pero no solamente transporta en el tiempo, sino que además brinda la chance de viajar de Buenos Aires a París sin escala. Porque este rincón único conserva intacta su sofisticada arquitectura parisina en espejo, creando una ilusión óptica perfecta que transporta de inmediato a la capital francesa.
Magia de la simetría: una cápsula del tiempo en el centro de Buenos Aires
Construido en 1924, conserva sus fachadas de inspiración parisina a pocas cuadras de avenida Corrientes y avenida de Mayo. A 102 años de su proyecto inicial, nuevos cafés y galerías de arte buscan devolverle protagonismo.






