En los poemas homéricos, La ilíada, La odisea, la vida de los seres humanos está completamente traspasada por la acción de los dioses. Estos, por lo demás, lejos de perfecciones y omnipotencias, se parecen bastante a la gente del común: se enfadan, sienten celos, se enamoran, conspiran y toman partido en las disputas humanas. El ser humano no era autónomo, estaba en constante conexión con una exterioridad sobrenatural que podía explicar algunos misterios de su existencia: desde la influencia del azar hasta los cambios en la conducta, pasando por el balance de las guerras o el resultado de las cosechas. Si un héroe adoptaba una postura valerosa o ideaba una argucia, se podía imaginar a la diosa Atenea infundiendo el valor o susurrando soluciones. Conozco unas cuantas versiones contemporáneas donde la acción de los dioses ha sido eliminada del relato o reducida al mínimo: el libro Homero, Ilíada (Anagrama, 2004), de Alessandro Baricco, o las películas Troya (Wolfgang Petersen, 2004) y La odisea (Cristopher Nolan, 2026). En la versión de Nolan la superestrella Zendaya encarna nada menos que a la diosa Atenea, pero aun así su papel es testimonial. El ser moderno no necesita de dioses para explicar su comportamiento (fruto de su personalidad y psicología) ni los azares del mundo (que intenta explicar la ciencia). Hemos metido a los dioses dentro de nosotros y externalizado sus servicios a nuestras teorías. Ahora estamos solos. Quizás por eso muchas personas, perdidas en esa soledad civilizatoria, cansadas del “desencantamiento del mundo”, vuelven a las creencias religiosas, espirituales o supersticiosas que, en realidad, nunca se fueron del todo.Los poemas homéricos forman parte del fundamento de la cultura occidental (si es que podemos hablar de tal cosa) y el universo de Juego de tronos, creado por George R. R. Martin, es un producto de fantasía medieval con fines comerciales aunque, aun así, bebe de la tradición, de Homero a Shakespeare. Hay dioses en Juego de tronos pero, como ficción contemporánea, no tienen tanta importancia. El motor de estas tramas, en cambio, sí es sobrenatural: los dragones, que en la primera serie son un mcGuffin que hace avanzar la historia y que tarda en materializarse pero que en la reciente serie La casa del dragón (HBO Max), ambientada en una época anterior, adquieren un papel protagonista.No hay dioses comparables a Zeus, Hera, Atena o Apolo en La casa del dragón, pero vuelan dragones terroríficos y majestuosos bautizados como Vhagar, Vermax o Caraxes. Sus jinetes son pequeños humanos que a duras penas pueden mantenerse cabalgando unas bestias furiosas e indomables. Seguimos estando solos, pero tratando de dominar a grandes animales mitológicos que son un correlato de las pesadillas que nosotros mismos hemos creado y que difícilmente podemos controlar: las bombas atómicas, el cambio climático, la inteligencia artificial. Esos son nuestros dragones, y no tenemos dioses que nos ayuden.
Menos dioses, más dragones
Hemos guardado dentro de nosotros a las divinidades de los poemas homéricos; en series como ‘La casa del dragón’ lo sobrenatural son esas bestias mitológicas que encarnan los horrores contemporáneos










