Durante años, la industria del automóvil ha vendido el vehículo eléctrico como un coche prácticamente libre de mantenimiento. El argumento tiene una base sólida: un motor eléctrico apenas cuenta con una pieza móvil frente a los cientos de componentes de un propulsor de gasolina o diésel. Sin aceite de motor, sin embrague, sin correas de distribución, sin filtros de combustible ni escapes, las visitas al taller se reducen considerablemente.

Pero una cosa es que el mantenimiento sea menor y otra muy distinta que desaparezca. La realidad es que los coches eléctricos siguen necesitando revisiones periódicas y presentan necesidades específicas que muchos conductores desconocen. Además, la electrificación está obligando a transformar los talleres, donde el software, la electrónica y la alta tensión ganan protagonismo frente a la mecánica tradicional.

Un mantenimiento más barato... pero no inexistente

Los estudios del sector coinciden en que mantener un coche eléctrico resulta entre un 20% y un 40% más económico que hacerlo con un vehículo de combustión gracias a la reducción de piezas sometidas a desgaste. Sin embargo, existen componentes que siguen siendo críticos para garantizar la seguridad, la autonomía y la vida útil del vehículo.