OpiniónNos hemos convertido en cuerpos presentes en mentes ausentes, dispersos en un flujo infinito de notificaciones y gratificaciones irrelevantes.23.08.2026 23:15 Actualizado: 23.08.2026 23:15 No sé cuántos de ustedes aún recuerden la rutina de descolgar el teléfono fijo de la casa, marcar un número que teníamos fijo en la memoria y esperar pacientemente a que una operadora contestara para pedirle un taxi. En realidad, no ha pasado tanto tiempo desde aquellos días, pero el vértigo de las transformaciones tecnológicas ha sido tan brutal que esa escena parece hoy un vestigio arqueológico de otra civilización. En cuestión un par de décadas no solo enterramos el teléfono de discar o los cables enrollados en la pared, sino que transformamos radicalmente la manera en que nos relacionamos, sentimos y convivimos con quienes tenemos al lado.Traigo este recuerdo a colación tras haber visto una película maravillosa en todos los sentidos: ‘La familia’ (‘La famiglia’), dirigida por el maestro italiano Ettore Scola y estrenada en 1987. La obra narra la historia de una estirpe a lo largo de 80 años dentro de un apartamento burgués en la Roma del siglo XX. Es fascinante porque transcurre precisamente durante ese siglo en el que comenzó a gestarse el poder abrumador de la técnica moderna, pero cuando los seres humanos todavía no estábamos hipnotizados, abducidos ni secuestrados por los dispositivos móviles.La película arranca con una fotografía familiar: el patriarca rodeado de sus hijos y nietos en la sala de la casa. Y concluye ocho décadas después con una escena casi idéntica, con nuevas generaciones ocupando el mismo espacio físico. Sin embargo, hay un objeto cuya ausencia me resultó notable durante todo el largometraje: el celular.Esa carencia me asaltó la cabeza en cada escena. Durante las comidas multitudinarias, las reuniones de domingo, los aniversarios o las tardes de lluvia, la gente hablaba sin filtros, discutía con vehemencia, se reía a carcajadas, se interrumpía, pero, por encima de todo, se miraba a los ojos. Había una fricción viva, un contacto visual permanente que le daba peso a cada palabra dicha o callada.Ese ritual tan potente del tejido social parece extinguido. Hagan el ejercicio de recordar su último encuentro familiar o una cena con amigos cercanos: cabezas inclinadas sobre pantallas iluminadas, silencios prolongados e incómodos, personas contando anécdotas al aire mientras los demás deslizan el dedo mecánicamente sobre una pantalla, fingiendo que escuchan. Nos hemos convertido en cuerpos presentes en mentes ausentes, dispersos en un flujo infinito de notificaciones y gratificaciones irrelevantes.En cuestión un par de décadas no solo enterramos el teléfono de discar o los cables enrollados en la pared, sino que transformamos radicalmente la manera en que nos relacionamos, sentimos y convivimos con quienes tenemos al ladoSoy culpable también. Caigo en la misma trampa a diario. Pero me alegra constatar que todavía siento culpa; me reconforta que una película como la de Scola logre atraparme, removerme las fibras y ponerme contra las cuerdas para cuestionar mi propia cotidianidad. Al fin y al cabo, seguimos siendo humanos y conservamos fogonazos de lucidez frente a la adicción que hemos normalizado.Hace unos años escribí sobre este asunto. Varios columnistas lo han hecho también. Dudo mucho que estos llamados de atención detengan el avance de un modelo diseñado para capturar cada instante de nuestra atención. Pero es fantástico que una obra de arte —sea un libro, un cuadro, una canción o una película— nos ponga frente al espejo y nos muestre la cruda realidad de cómo nos hemos ido desconectando de nuestros propios afectos.Más allá de insistirles de manera ingenua en que se impongan límites estrictos o apaguen el celular cuando estén en familia —recetas bienintencionadas que casi nadie cumple—, solo me queda recomendarles que busquen esta joya del cine italiano en Prime Video. No solo entró de inmediato en mi lista de películas predilectas, sino que ofrece una lección imprescindible: nos recuerda que la vida real no ocurre en una pantalla, sino en el rostro de quienes amamos antes de que sea demasiado tarde.DIEGO SANTOSAnalista digitalEn X: @DiegoASantos Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. 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