El rastrillo cerraba el acceso principal y convertía cada intento de entrada en una operación lenta bajo el fuego de los defensores. Durante el asedio, solo el castillo de Stirling mantuvo la resistencia, de manera que toda la presión militar terminó concentrándose sobre aquella fortaleza.
Los atacantes dispusieron además de máquinas capaces de lanzar proyectiles pesados contra las defensas, una capacidad que podía abrir brechas y matar a cualquiera que quedara en su trayectoria. Resistir, con todo aquel poder, dejó así de depender únicamente de conservar las murallas, porque cada lanzamiento podía reducir las posibilidades de mantener la posición.
Un varón sufrió más de 160 roturas antes de morir
Los restos de un hombre hallados en el castillo de Stirling presentaban más de 160 fracturas producidas alrededor del momento de la muerte, según la bioarqueóloga Jo Buckberry, de la Universidad de Bradford. El esqueleto 150 pertenecía a un varón de entre 22 y 34 años y formaba parte de nueve individuos estudiados por el equipo. Buckberry presentó el análisis durante una reunión de la Paleopathology Association, donde planteó que podía tratarse del primer caso arqueológico conocido de una muerte causada por un trabuquete.











