Cuando en 2011 murió Otto de Habsburgo, la prensa recordó con sencillez algunos títulos: soberano de las tierras imperiales austriacas; rey apostólico de Hungría; rey de Bohemia; rey de Croacia y Eslavonia; gran duque de Cracovia y Transilvania; duque de Lorena, Salzburgo, Estiria, Carintia y Carniola; y rey de Jerusalén. Al leer la noticia, Guillermo exclamó: “Este Otto fue asegurado nuestro”. La empresa Unión y el Fénix, para la que había trabajado Guillermo, protegía contra incendios, robos y otras desgracias el chalé que el noble poseía en Benidorm, una ciudad que ahora dedica una calle al Archiduque Otto de Habsburgo. Sí, la que sale desde la avenida Severo Ochoa.Lo cierto es que Otto de Habsburgo había renunciado a sus aspiraciones de reeditar el imperio (y de encabezarlo, claro). Lo hizo en los años sesenta del siglo XX. Porque a pesar de vivir plácidamente en la España de Franco, su deseo más urgente era recuperar la nacionalidad austriaca. Para ello debía firmar solemnemente que jamás reclamaría un trono. Ni austríaco ni húngaro ni de Jerusalén. Así las cosas, la República de Austria le concedió la nacionalidad, pero Otto prefirió instalarse en la vecina Baviera (Alemania). El último heredero del Imperio Austrohúngaro había nacido en 1912 en Villa Wartholz, en Reichenau an der Rax (Baja Austria), un palacio donde su familia se retiraba a descansar después de meses de no hacer nada. Murió en 2011 en Pöcking (Baviera).Guillermo trabajó muchos años en seguros y contó la anécdota a su amigo Joan Benesiu, autor de una novela que desprende un sutil perfume austrohúngaro: Serem Atlàntida (editada por Periscopi en catalán y por Acantilado en castellano), y donde Otto aparece fugazmente.El periodista de Benidorm Juan Díaz Ortuño conoció personalmente al archiduque y lo visitó un par de veces en su chalé. Díaz explica que Otto era amigo íntimo del alcalde Pedro Zaragoza, famoso por haber conseguido de Franco permiso para poder autorizar el biquini en las playas de Benidorm. Era pecado sí, eso nadie podría discutirlo, pero atraería a las turistas extranjeras. Juan Díaz recuerda la sencillez del archiduque, su enorme cultura y su voz cálida. También su voracidad lectora: “Siempre recibía en el porche del chalet con un libro en la mano”. Conversaba con un castellano de acento “muy fuerte, pero se defendía bien”.Para que Otto fuera el aspirante al cetro imperial austríaco tuvieron que sucederse una serie de rocambolescas muertes. El candidato natural era Rodolfo, hijo del emperador Francisco José I y de Isabel de Baviera, la cosmopolita Sissi. Rodolfo apareció muerto en 1889 junto a su amante, Maria Vetsera, en unas circunstancias que continúan alimentando comentarios: suicidio doble, asesinato de Estado… El poco feminista sistema legal descartaba a las hermanas de Rodolfo como candidatas, y la responsabilidad recayó en el archiduque Francisco Fernando, mal visto desde que decidió casarse, por amor, con Sofia Chotek, que era duquesa, pero de una familia que no reinaba, una ordinariez que enfurecía al emperador. Este desorden lo resolvió Gavrilo Princip, de dos tiros, en junio de 1914 en Sarajevo. Pero Princip originó otro embrollo mayor: la Primera Guerra Mundial. Y en mitad de la guerra, en 1916, Francisco José murió de neumonía en el palacio de Schönbrunn de Viena (donde también había nacido). Tenía 86 años y la corona quedó en manos de su sobrino Carlos, el padre de Otto.El reinado de Carlos I fue breve: la victoria en 1918 de la llamada Triple Entente (Francia, Reino Unido y Rusia, como principales aliados) acabó con el imperio austrohúngaro. La familia de Otto marchó al exilio y residió en diferentes países, sin abandonar la esperanza de un renacimiento del imperio. En 1922, cuando se encontraba en la isla portuguesa de Madeira, Carlos murió y su hijo Otto se convirtió en el aspirante imperial.El nuevo heredero estudió en Bélgica y comenzó a pasar largas temporadas en España, inicialmente en Lekeitio (Vizcaya) y después en Madrid. En 1951 se casó con Regina de Saxe-Meiningen. En su luna de miel, la pareja visitó Benidorm e inició una relación continuada con la Costa Blanca.En Benidorm, según recuerda Juan Díaz, la gente de la calle se refería al archiduque austrohúngaro, cariñosamente, como Pototo. Quizá resultaba demasiado complicado decir Otto, y aún menos Otón, como preferían denominarle los realistas legitimistas. Más en concreto, Otón I de Austria, Otón II de Hungría, Otón I de Bohemia y Otón II de Croacia. El archiduque ha pasado a la historia como un sincero europeísta (fue eurodiputado por la Unión Social Cristiana de Baviera durante 20 años), pero pocos recuerdan su estrecha amistad con el dictador Francisco Franco. La historiadora Matilde Eiroa San Francisco, de la Universidad Carlos III de Madrid, publicó en 2007 un artículo donde se lee: “El ministro Alberto Martín Artajo fue uno de los grandes valedores de Otto, al que le unía su condición de católico practicante. Un acontecimiento clave fue el XXV Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Barcelona en 1952, que congregó a numerosos dirigentes de todo el mundo y supuso un punto de inflexión en las relaciones entre las autoridades españolas, Franco y el archiduque”. Y añade: “Hemos de subrayar su tendencia [de Otto] a anotar los contenidos de las conversaciones, a escribir sobre sus percepciones, sus escuchas, sus observaciones y los distintos análisis internacionales que tenía la oportunidad de compartir. Estas anotaciones, informes o simples resúmenes solían llevar la rúbrica muy confidencial y eran entregados a Franco para su uso particular. En este sentido, fue el personaje con más ascendiente político sobre el Caudillo, quien le escuchaba con atención, glosaba la información que le proporcionaba y la asumía como propia”.Matilde Eiroa cita como fuentes de su trabajo algunos documentos de la Fundación Francisco Franco (22597, 16597, 1042, 16354, 16596, 21913, 22491, 2198, 1043 y 23899, entre otros). Esta fundación, ahora en vías de ilegalización, en su afán por destacar las amistades del dictador, por supuesto siempre con la mejor intención, puede arruinar el pedigrí democrático de cualquiera, hasta de un aspirante a emperador. La realidad es que Otto y Franco compartían el anticomunismo y una versión ultraconservadora del catolicismo, pero el archiduque se opuso a Hitler (y en especial a su anexión de Austria) mientras Franco enviaba tropas a luchar al lado de los nazis. El dictador admiraba los tiempos en que los Habsburgo también reinaban en España, todo a partir del matrimonio de Juana, la hija un poco descentrada de los reyes católicos, con un Habsburgo muy atractivo.Ahora el cuerpo de Otto descansa en la Cripta de los Capuchinos de Viena. Un lugar que, pese a lo sugerente de su nombre, se asemeja arquitectónicamente a un gran aparcamiento donde están estacionadas las tumbas de más de 140 Habsburgo, desde la emperatriz María Teresa I hasta la misma Sissi, una de las pocas personas con cierto sentido común en aquel lugar tenebroso. Para Otto, quizá hubiera sido mejor un sencillo cementerio de la Costa Blanca. Con vistas al mar Mediterráneo. Una parcela, eso sí, bien asegurada por la Unión y el Fénix.